Una auténtica declaración de amor es la que Nuria Barrera, de quien no me canso de enunciar maravillas pese a que a veces de la sensación de que los adjetivos se agotan en mi torpe verbo, le regaló a Sevilla. Una Sevilla que cayó rendida a sus pies, conquistada, porque era imposible no quedar completamente embelesado y desarmado, ante la maravillosa metáfora planteada por el arte ilimitado que emana de la magia de su pincel, convertida en ofrenda perpetua para la memoria colectiva, cristalina e imperecedera, que se alimenta de los sueños de miles de sevillanos que han forjado en la fragua de los tiempos esa «escena mil veces imaginada y jamás creada hasta este preciso instante, envuelta en esa luz única que solo habita en su universo».Porque «El Alma de Sevilla» es mucho más que una pintura maravillosamente costumbrista nacida de un talento incalculable. Es una profunda alegoría, la expresión latente de una filosofía de vida, de una forma de sentir y de ser que habita en las entrañas más profundas de quienes se enorgullecen de la riqueza que brota incontrolable del venero de la fantasía del que bebe el legado de generaciones enteras. Es el armario de los sueños, el que todos quisiéramos tener, preñado de objetos que forman parte de la esencia más íntima de Nuria, permitánme que la llame sólo Nuria. Su túnica y su capirote, su caja de flamenca, «el almanaque que guarda las cosas importantes», la música, esencial y eterna…Una escena que trasciende a la mera imagen para convertirse en sentimientos y vivencias, en recuerdos y añoranzas, en emoción y en vida, y al mismo tiempo en una reivindicación de la Sevilla eterna, la que sobrevive poderosa a todo y a todos. Es el alma de Nuria en la que toda Sevilla se ha visto reflejada como se refleja la Giralda en el espejo del armario, que es el espejo de nuestra propia esencia, porque toda Sevilla está grabada en su interior, la Sevilla que enamora y engancha, la que se eleva al cielo hasta convertirse en la Gloria, la Sevilla apasionada, orgullosa de sí misma y tantas veces maltratada… esa reina infinita de quien Nuria ha querido traer al recuerdo su esencia, su valía y su hermosura.El Alma de Sevilla está cargada de dulzura, en los pliegues de la capa, en la caída del mantón, en la luz que atraviesa la estancia para acariciar cada milímetro… en ella todo, absolutamente todo, está dispuesto con un mimo sublime, aún sin parecer premeditado, evidenciando que quien ha colocado cada detalle, lo ha hecho considerando un tesoro insustituible cada uno de ellos. Pero al mismo tiempo, refleja la disciplina y la dedicación de una artista con mayúsculas, consciente de la responsabilidad que emana de cada encargo que afronta, en la medición perfecta de cada elemento que lo configura. Nuria me dijo una vez que su pintura «depende mucho de la inspiración pero requiere de mucho trabajo; como bien dijo Picasso, que la inspiración te pille siempre trabajando». Y esta disciplina se aprecia en los detalles del alma desnuda, del boceto que originó el cartel perfecto, en el que prácticamente todo se encontraba donde finalmente se encontró, certificando ese mimo del que les hablaba… «no imaginas el cariño de cada pincelada…», palabras de Nuria…La misma que cuenta que cuando ahora mira su cartel siente añoranza porque «ya no lo tiene, ya no es suyo sino de Sevilla» al mismo tiempo que una profunda felicidad, porque «pasará la vida, no estaré y algo de mi tendrá Sevilla para siempre». Esa es la condena y a mismo tiempo la fortuna del artista, que sabe y asume que su obra deja de pertenecerle en el preciso instante en que atraviesa el cancel del templo de los sueños en el que fluye su creatividad para mimetizarse con el pueblo al que conquista y emociona y alcanzar la simbiosis perfecta con los sentimientos que logra despertar por obra y gracia de cada trazo… para convertirse en inmortal.

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