La constante evolución, los períodos de esplendor y decadencia, las desapariciones y tal vez posteriores reorganizaciones con sus consiguientes reformas estatutarias son solo algunos de los factores que, a lo largo del tiempo, han ejercido su influencia sobre las hermandades de nuestra ciudad hasta modificar su situación en momentos puntuales de sus, a menudo, extensas historias en las que también con frecuencia han tratado de aferrarse a sus tradiciones y singularidades más significativas.
La larga trayectoria de la cofradía del sereno Nazareno es un perfecto ejemplo de todo lo descrito anteriormente, arrastrándonos consigo, inevitablemente, hasta años remotos, allá por el siglo XVI, cuando tan solo la nobleza podía pasar a engrosar el número de miembros de la hermandad.
Su historia contemporánea, sin embargo, nos conduce a la fundación más reciente de la silenciosa corporación en el año 1971, hecho que se produjo con el hermano mayor, Fernando Álvarez Blancas a la cabeza, quien, acompañado de un conjunto de entusiastas cofrades, fue capaz de conseguir la aprobación de José María Cirarda Lachiondo en 1972 para, a raíz de ello, poder sumarse a las procesiones de la jornada del Martes Santo cordobés.
No obstante, para comprender mejor la historia reciente de la Hermandad del Nazareno es necesario conocer los momentos claves de su pasado. Un pasado marcado en un primer momento por las reglas más antiguas que se han podido conocer, las cuales están fechadas en 1579 y, desde aquel entonces, la cofradía fue sobreviviendo enfrentándose a las zancadillas que las distintas circunstancias fueron poniéndole para dar testimonio de la devoción y el espíritu de superación que hicieron de motor para que las generaciones más recientes hayamos podido conocerla y disfrutar de ella.
Las experiencias cofrades más recientes vividas en la ciudad califal ha propiciado que la antigua corporación, íntimamente vinculada al hospital de su mismo nombre, acudiera al incomparable marco dibujado por las múltiples columnas y arcos, recordándonos con ello anteriores y bellas ocasiones en las que el Nazareno incluía en su siempre místico y reflexivo itinerario la estación de penitencia por las naves de la Catedral, por la que transitaba en una madrugada del Viernes Santo que aún contaba con la presencia en las calles de la entusiasta Hermandad de la Merced.
Hablamos, por supuesto, de los primeros años de la década de los 90. Por aquellos entonces, el imperturbable Nazareno todavía era portado sobre su antiguo paso de caoba y plata tal y como podemos comprobar por las fotografías conservadas, como la que abre este artículo, tomada en 1992. Aunque la instantánea presente las características necesarias para haber comenzado a formar parte de ese álbum cargado de historia que tanta curiosidad suscita, lo cierto es que aquel instante puede considerarse especialmente significativo, pues aunque la imagen excluyese ese detalle, aquella Semana Santa de hace algo más de dos décadas nos trae asimismo al recuerdo la antigua talla de San Juan procesionaba entre los pasos del Nazareno y la hermosísima Nazarena.
La imagen del amado y joven discípulo seguía los pasos del titular cristífero sobre unas humildes parihuelas, como la materialización de un fuerte deseo de los hermanos de la cofradía, quienes deseaban con este gesto recuperar las costumbres perdidas con el transcurso de los años, devolviendo a un tiempo a la hermandad una buena parte de su sello y personalidad de siglos pretéritos, en los que, como ya comentábamos en anteriores publicaciones, lo natural era que las cofradías cordobesas sobrepasasen con creces los hoy clásicos dos pasos de Cristo y Virgen respectivamente.
Así pues, en sus primeros años de historia, la prestigiosa Hermandad del Nazareno incluía en su cortejo la efigie de San Juan que, además, era precedida en su camino por los pasos de María Magdalena y la Santa Mujer Verónica aunque recorriesen las calles a través de la madrugada con una discreción mucho mayor que el Nazareno y la Santísima Virgen, en quienes se concentraban las miradas del pueblo cordobés.
Aquella primitiva talla de San Juan fue reemplazada poco después por la que conocemos, ya que el esplendoroso siglo XVII de la hermandad permitió que esta encargase la nueva imagen del discípulo tal y como confirman los documentos de pago a los imagineros, los cuales están fechados entre los años 1626 y 1628 que, igualmente, sirvieron para solicitar la hechura de otra Magdalena y Verónica, hecho que se justifica con el avanzado estado de deterioro de las originales y que dio como resultado a una bella figura de San Juan que consiguió complacer en grande a la corporación del Hospital de Jesús Nazareno, que posteriormente, ya en el siglo XVIII, quedó enriquecida al lucir una meritoria túnica y manto.

El siglo XIX, como se pudo descubrir, vino a poner de manifiesto acontecimientos como el de madrugada del Viernes Santo 2 de abril de 1858, fecha en la que la Cofradía de Jesús Nazareno y San Bartolomé salía a las cinco y media de una noche llena de profunda religiosidad, emprendiendo el camino hacia la Catedral con una comitiva conformada por Jesús Nazareno, Nuestra Señora de la Soledad, San Juan, Magdalena y Verónica.
Tras los altibajos conocidos, la Hermandad del Nazareno reaparecía en el siglo XX, primero en 1938 bajo el interesante título de Ilustre, Fervorosa y Piadosa Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno, Nuestra Señora de la Amargura y San Juan Evangelista, popularmente conocida como la Cofradía del Silencio que, como podemos ver, no dudaba en dotar de importancia a la figura de San Juan Evangelista.
Para volver a tener las oportunas referencias, debemos dar otro salto en el tiempo que nos sitúa directamente en 1990, momento en que la cofradía del actual Jueves Santo volvería a pisar el suelo catedralicio como parte indispensable de esas inolvidables madrugadas que tantas personas todavía recuerdan y extrañan, recuperando la también antigua tradición que exigía la presencia de San Juan tras el paso del Señor, llevado sobre las parihuelas realizadas en caoba y plata. A pesar del orgullo de la corporación al recuperar sus viejos hábitos, algunos aseguran que este hecho provocó las críticas de una parte de la comunidad cofrade así como de la prensa, quienes consideraban que la estética que rodeaba al discípulo no era la propia y estaba fuera de lugar tanto dentro del nuevo contexto de la Semana Santa y como en el de la propia Hermandad del Nazareno.





