Ante este inusitado Risorgimiento cofradiero, me vienen a la mente los siguientes versos de Lope de Vega: «Pastor que con tus silbos amorosos | me despertaste del profundo sueño» (Rimas Sacras, XIV, vv. 1-2). En verdad, con todas estas salidas extraordinarias cabría pensar en una auténtica conversión social hacia la fe, pues día sí y día también contemplamos los pasos en las calles al modo de una Pre-Semana Santa. Ya hablé algo del tema de la conversión y no me quiero exceder en el discurso ni abusar de vuestra paciencia. Sin embargo, es necesario continuar el argumento hacia otras perspectivas concomitantes, esto es, la vivencia de esa conversión.
Así, pues, comencemos con una pregunta: ¿por qué procesionamos? Quizás no haya una respuesta única, ya que cada uno podría argüir la suya con sensatez. Pese a esta posible circunstancia, un debate acerca de ellas sería muy interesante y enriquecedor. Recojamos por ahora la respuesta típica que damos en lo referente a nuestra historia y tradición: las procesiones son manifestaciones públicas de fe que, desde hace siglos, pretenden catequizar a la población.
Hasta aquí, todo correcto. No obstante, ¿realmente estamos catequizando? Decir «no» es demasiado, pero sin duda estaríamos más cerca de esa postura que de otra. Generalizando la situación, la realidad parece revelarnos un interés más estético que fervoroso por parte de la mayoría de la población. Cuantificar este hecho, que se perfila como juicio a priori, aunque sustentado en datos objetivos (testimonios, opiniones…), ayudaría a sopesar el impacto real de las procesiones y determinar certeramente si estas cumplen con su finalidad principal. De no ser así, habría que hallar las causas y presentar soluciones apropiadas para subsanar el problema.
Más allá de lo anterior, y aceptando que exista tal problema, podríamos hipotetizar una de aquellas razones que motivarían el hecho. En artículos anteriores, además de lo ya escrito por otros compañeros en este medio, se ha evidenciado una falta de asistencia sintomática a las parroquias y a los cultos cotidianos, incluida obviamente la celebración de la misa. Asimismo, dentro de las cofradías presenciamos una desidia generalizada en cuanto a la relación fraternal y a la celebración de aquellos otros actos que no se enmarcan en lo procesional. En pocas palabras, la vida interior de las cofradías es ínfima, lo cual lleva a preguntarnos lo siguiente: ¿es buena la salud de nuestras hermandades?
Diré como opinión particular, a la cual seguramente otros tantos podrían unirse, que todo aquello que se aleje de las fuentes propias de la fe gozará de muy mal futuro. Nosotros no somos ajenos a unas creencias y a unos principios morales, así como a determinadas formas de convivencia y culto. Abandonar las raíces mismas del misterio, argumentando cuestiones emotivas o estéticas, puede producir un colapso en los cimientos del edificio (es decir, la Iglesia y por extensión las cofradías como miembros menores de un todo superior) que propiciaría un desarraigo entre la expresión de una doctrina y su sustancia misma. En palabras llanas, acabaríamos celebrando algo que no tendría sentido porque este, al obviarlo, quedaría separado de su esencia fundamental.
Ocurriría lo mismo que con un rosal al que le arrancásemos sus flores. Si todos los años nos contentáramos con recoger en primavera las rosas para adornar nuestras casas, pero durante el año no nos preocupásemos del cuidado de la planta para que, pasado el tiempo correspondiente, volviese a florecer, terminaríamos arruinando el arbusto y secándolo. También ocurre esto mismo con el arte, el cual percibimos en su forma acabada, pero no comprendemos la dificultad técnica y teórica que se esconde tras de sí. La creatividad misma no es suficiente para tallar una pieza de gran relevancia, por ejemplo, como el Gran Poder; es preciso un conocimiento importante de otras disciplinas que, junto con la creatividad, lleven a la consecución de tal fin. El rosal se cuida y el arte se enseña. Del mismo modo, la fe se debe cuidar y se debe enseñar para que tengan sentido en este caso nuestras procesiones.
Decía González-Carvajal (1993, p. 187) que la primera experiencia con Dios es la conversión, mientras que la experiencia continua con él es la oración. Gracias a ella mantenemos el contacto y profundizamos en la espiritualidad. La oración presenta diversos tipos, entre los que destacan la misa, los cultos de las cofradías, las formaciones cristianas, etc. Solo tras ello, esto es, mediante la convivencia y la labor intramuros de nuestras hermandades, estamos preparados para afrontar otro tipo de oración pública y abierta a todos: la procesión o estación de penitencia. Asimismo, en virtud de dicha profundización la procesión se manifiesta como una protestación pública de fe que conduce, por su propia naturaleza, a la enseñanza de los demás.
En resumen, procesionar consiste en presentar pública y brevemente un sentimiento y una convicción profunda, vivida y meditada. Esa presentación se puede adornar con imágenes, insignias, hábitos, cirios, incienso y un largo etcétera de elementos estéticos y simbólicos. No obstante, perderá su fuerza si los símbolos no simbolizan nada concreto y profundo, del mismo modo que lo estético dejará de emocionar si no está ligado a una vivencia real y transcendente. En consecuencia, todo será superficial y, como dice el autor de La Imitación de Cristo (Kempis, 1996), todo será vanidad. Es decir, todo será muy humano y tendrá poco de divino.
González-Carvajal Santabárbara, Luis (1993): Ideas y creencias del hombre actual, 3.a. Santander, Sal Terrae.
Kempis, Tomás de (1996): La Imitación de Cristo, Madrid, San Pablo.
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