La vara del pertiguero, Opinión

El camino de la Cruz

Con el cercano recuerdo del pasado Via Crucis del Señor del Calvario aún en mente, por no hablar de otros tantos ya acaecidos, podemos afirmar inequívocamente que la Cuaresma ya está con nosotros. Es el tiempo de la reflexión y del discernimiento, una etapa en que damos preferencia sobre todo a lo espiritual. La Cuaresma con sus cuarenta días, como los que pasó Israel con Moisés en el desierto o Cristo cuando fue tentado por el demonio, es a su vez una larga analogía que se puede relacionar con ese camino a la Pasión que todos, más tarde o más temprano, hemos de realizar de forma privada.

Algunos no saben la historia que hay detrás del Via Crucis. Sus orígenes se remontan a los primeros siglos del cristianismo y se afirma que el precedente lo creó la propia Virgen María, quien recorría tácitamente aquellos lugares en los que su hijo padeció. Después de esto, nos adentramos ya en la Edad Media y los acontecimientos que rodearon Tierra Santa durante toda aquella época. Sin embargo, España puede vanagloriarse de la práctica devota del Via Crucis en la figura del dominico Álvaro de Córdoba, quien estableció varios oratorios en aquel desierto frondoso de Sierra Morena para su rezo. De hecho, se considera que esta práctica se extiendo por toda Europa gracias al ejemplo que dio.

El Via Crucis es una oración dinámica y contemplativa. A través de ella reflexionamos sobre cada uno de los momentos más importantes de la historia de la Salvación e intentamos alcanzar a comprender su significado. Podríamos decir incluso que el Via Crucis es en sí otro precursor de nuestras procesiones, pues recreaba en origen lo que hoy vivimos en cada una de las calles de nuestra Andalucía. Por tanto, su valor es incalculable y la deuda que tenemos con él resulta ser inconmensurable.

Hay tantos motivos para estimar esta oración que, en las pocas líneas que dispongo, no caben. El problema que presenta es el mismo que cualquier otro: su práctica asidua entre los hermanos cofrades. En otros tiempos, quizás menos ricos en lo material, pero sí más dichosos en lo espiritual, el rezo del Via Crucis era una práctica cofradiera muy importante, pues nuestros ancestros entendían su magnífica utilidad. Actualmente no es necesario lamentarnos por su decaimiento, pues gracias a Dios se lleva a cabo por parte de muchísimas hermandades y a él asisten sus hermanos. Sin embargo, como siempre ocurre, son pocos los que van en comparación con los que asisten al día de la Estación de Penitencia.

Por tanto, y como resumen del artículo, planteo la misma pregunta de siempre: ¿tenemos fe o simplemente ganas de fiesta? La cuestión es complicada e irresoluble de manera general, pues la individualidad humana se sobrepone a toda consideración holística. Sin embargo, el enjuiciamiento particular que a cada uno nos corresponde realizar es impostergable. Con la mano en el corazón, deberíamos aprovechar esta primera Cuaresma post-pandémica y preguntarnos, de camino ya a nuestro propio Gólgota, si en verdad merece la pena tanto esfuerzo o si es solo impostura.