El candelabro | A quienes nos enseñaron a querer a nuestras cofradías

Noviembre siempre tiene algo especial. Es un mes que nos invita a mirar al cielo, a recordar a quienes se marcharon y a tener presentes a tantas personas que dejaron una huella imborrable en nuestras vidas. También en nuestras cofradías.

Es habitual contemplar durante estos días a nuestras Vírgenes vestidas de luto, de negro o de morado. Una estampa que nos recuerda que la muerte forma parte de nuestra existencia, pero que también nos invita a pensar en aquellos hermanos que un día estuvieron a nuestro lado y que hoy ya no pueden acompañarnos.

Y yo, en estas fechas, quiero encender este candelabro por ellos. Por los cofrades que nos precedieron, por los que entregaron buena parte de su vida a sus hermandades y por los que, sin hacer demasiado ruido, consiguieron que nuestras cofradías llegaran hasta nuestros días.

Porque a veces tenemos la memoria demasiado corta. Nos acostumbramos a ver nuestras hermandades en la calle, a disfrutar de sus cultos, de sus estaciones de penitencia, de sus estrenos y de sus proyectos, pero pocas veces nos paramos a pensar en quiénes hicieron posible todo eso. Detrás de cada patrimonio, de cada tradición y de cada historia hay personas que dedicaron horas, esfuerzos, ilusiones y hasta sacrificios personales para mantener viva la llama de sus hermandades.

Y qué injusto sería que todo aquello quedara reducido a una fotografía antigua o a un nombre escrito en una esquela.

Hoy quiero acordarme de tantos cofrades de Córdoba. De aquellos que ocuparon cargos de responsabilidad y de quienes nunca necesitaron uno para demostrar su compromiso. De los que estuvieron al frente de una junta de gobierno, de los que abrieron y cerraron iglesias, de los que montaban cultos, preparaban pasos, cuidaban enseres o simplemente estaban siempre disponibles cuando su hermandad los necesitaba.

Me acuerdo de tantos nombres propios que forman parte de la historia sentimental de nuestras cofradías. Personas que, seguramente, si hoy pudieran asomarse a nuestras casas de hermandad, tendrían mucho que contarnos. Quizás también alguna que otra cosa que reprocharnos. Porque estoy convencido de que algunos de ellos se llevarían las manos a la cabeza al contemplar determinadas cosas que suceden hoy.

Pero entre esos recuerdos quiero detenerme especialmente en Enrique León, Cofrade de Gracia, y Fermín Pérez, del Nazareno fallecidos el pasado año. Gente como Rafael Serrano Elías, José María Guti, Antonio Esplá, los hermanos Castelló. Me acuerdo de el Cani, que lo mismo te tocaba los platillos, que te montaba una tómbola o se vestía de payaso. De Rafael Muñoz viéndolo mandar el palio de la Paz, cómo si lo estuviera viendo ahora mismo. Cofrades que, gracias a ellos, su hermandades sobrevivieron a los años difíciles. Maestros de soportar la carga del cargo como Andrés Valverde en el Nazareno o Juan Rodríguez y Pepe Campos en la Paz.
Gente que se dejó la piel como Manolo Muñoz en el Huerto, o como Fernando Guillaume en la Caridad. Cofrades que estuvieron siempre ahí a lo que necesitase su hermandad como Lucio Gómez en Pasión o Andrés Gracia en los Dolores. A todos ellos, y muchos más, que lucharon por su cofradías, hoy dedico este Candelabro.

Las cofradías no olvidan ni deben de olvidar nunca a los suyos. Gracias a todos ellos por lo que nos dejaron.

Todos estos y muchos más cofrades que entendieron que esto no consiste únicamente en querer a una imagen o trabajar por una hermandad, sino también en comprometerse con el conjunto de nuestras cofradías y con la historia que entre todos estamos llamados a conservar.

Su ausencia es una de esas pérdidas que nos recuerdan que el mundo cofrade cordobés está construido sobre muchas vidas entregadas, sobre personas que, desde distintas responsabilidades y maneras de entender el compromiso, hicieron mucho por lo que hoy disfrutamos.

Y es que las cofradías no se construyen solamente con grandes proyectos, importantes estrenos o titulares en los medios de comunicación. Se construyen con personas. Con hombres y mujeres que, muchas veces sin esperar reconocimiento alguno, dejaron una parte de su vida en ellas.

Por eso creo que tenemos una responsabilidad: no olvidar. No basta con acordarnos de nuestros difuntos cuando llega noviembre, ni con publicar una fotografía acompañada de unas palabras de recuerdo. La mejor manera de honrarlos es mantener vivo aquello por lo que tanto trabajaron. Cuidar sus hermandades, respetar sus historias, conservar sus tradiciones y entender que no somos propietarios de ellas, sino depositarios de un legado que algún día tendremos que entregar a quienes vengan detrás.

Hoy este Candelabro no tiene un único nombre. Tiene muchos. Algunos conocidos por todos, otros quizás olvidados por el paso del tiempo. Cofrades de todas las generaciones, de todas las hermandades y de todas las formas de vivir nuestra Semana Santa.

A todos ellos, gracias. Gracias por vuestro tiempo, por vuestro esfuerzo, por vuestras horas robadas a la familia, por vuestras ilusiones y por tantas cosas que seguramente nunca llegaremos a conocer.

Porque las cofradías tienen memoria, o al menos deberían tenerla. Y porque, aunque algunos ya no puedan acompañarnos por las calles de Córdoba, siguen estando presentes en cada rincón de esas hermandades que tanto quisieron.

Este noviembre, cuando contemplemos a nuestras Vírgenes vestidas de luto, acordémonos también de ellos. De los que nos enseñaron a quererlas y, sobre todo, a querer nuestras cofradías.

Que nunca nos falte memoria para recordar de dónde venimos ni humildad para reconocer a quienes hicieron posible que hoy estemos aquí.

Hasta la próxima.

Mientras tanto, seguiremos mirando nuestras cofradías desde la luz de la Cera.