El capirote | El reconocimiento de Sevilla a la Virgen del Patrocinio

Nuestra Madre y Señora del Patrocinio, 50 años después de su hechura, salió en procesión extraordinaria. Sí, otra más, en una carrusel de cultos externos donde la Semana Santa comienza a expandirse rozando el adviento. Pero si algo tuvo la procesión de hoy fue un gusto exquisito. ¡Qué repertorio! ¡Qué andar el de los hijos del Patrocinio!

El Viernes Santo no puede recrearse la hermandad tanto como le gustase, sobre todo porque la O va pisándole los talones. Por eso poder contemplar un palio con un andar medido —y no cualquier palio—, ha sido un deleite para los sentidos. El patrimonio textil, la orfebrería y sobre todo la imagen, la de la madre que no llora lágrimas porque ya no le queda ninguna, en el momento exacto en el que su Hijo encomienda su espíritu al padre.

La procesión extraordinaria ha tenido instantes llenos de luz. Hemos visto la visita de la Señorita de Triana a la Esperanza, en una capilla de los Marineros donde no cabía un alma más. Y el repicar de Santa Ana donde el Cachorro acudía en estación de penitencia antes de cruzar el puente, cuando el viejo arrabal era la tierra de los gitanos de la Cava y no la sangrante realidad de hoy, con pisos y apartamentos turísticos por doquier. Ni una calle se libra de tener unos cuantos, porque el dinero vale más que la historia.

Pero todavía hay enclaves que nos recuerdan lo que fue. En Alfarería veíamos una fotografía de gran tamaño con la Virgen que se quemó. Es un corral de vecinos que sobrevive en medio de la especulación urbanística. Y qué maravilla la lluvia de pétalos en ese mismo lugar. Rojo y blanco para un palio que instantes antes se había encontrado con la Virgen de la Estrella mientras otra lluvia de flores caía desde las alturas.

Pero a pesar del blancor de los claveles, también hubo sombras. Frente a frente Patrocinio y Estrella. Y una saeta rompía el instante. Ni el público se calló ni el saetero continuó. Quizá porque nadie lo esperaba. O no era el momento. Los parones fueron inevitables durante todo el recorrido. Al cortejo se le vieron amplios claros entre algunos componentes. Huecos que nadie entendía —a no ser que fuera Semana Santa y la cofradía llevase 200 nazarenos—.

Si continuamos abordando a los asistentes, no podíamos echar en falta al público. Porque aquí hay más tela que cortar, pero solo bastan unos apuntes. Los móviles al alza, con nuevas variantes, como las llamadas a los familiares para que vean la procesión. Y tú, sin comerlo ni beberlo observando que ante ti emerge un móvil al alza con todo el árbol genealógico al otro lado de la pantalla. Una sensación de extrañeza similar a la que descubres cuando Telegram te informa de que el albañil que te cambió los azulejos del baño hace dos veranos se acaba de unir a la plataforma de mensajería.

Y por si fuera poco llegaron los vaper. El incienso desbancado por un almibarado olor, tan dulce y ñoño como quienes lo portan. En inferioridad también aquellos que se santiguan frente a los que con el móvil sacan vídeos y móviles. Es la sociedad de quererlo todo… menos lo fundamental. Se creen que serán testigos de algo histórico, cuando esto no es más que un invento de la posmodernidad.

Optemos por sacar las mejores conclusiones y quedémonos con los sublime. Sevilla reconoció a la Madre del Patrocinio, que dejó de ser la Virgen del Cachorro para, con nombre propio, dar una lección a toda la ciudad. Y lo hizo desde el trianero barrio que hoy se inundó de la elegancia de aquella que hace 50 años se quedó para vivir por siempre cerca de la Ronda de los Tejares.