La Semana Santa ya no es lo que era. Se ha escuchado tanto tal afirmación que ha perdido el poder de atraparnos. Aunque, en resumidas cuentas, nunca ha sido la misma. No hay época que no haya adolecido de problemas que han amenazado con cargarse la celebración. A pesar de ello, las cofradías han salido airosas. Si echamos la vista atrás nos encontramos con épocas de crisis en las que no salían las imágenes durante décadas, por ejemplo.
Hoy, la bonanza económica está más que asegurada. Pero no es el único factor que forma parte de esta tradición tantas veces centenaria. Aparte del crecimiento de nazarenos, preocupa también el comportamiento del público. Habrá quien afirme que antes el nazareno entraba en las tabernas y se quitaba el antifaz o que acudían borrachos a formar parte del cortejo. Y que no pasaba nada. Lo de hoy es más grave.
Si analizamos las crónicas de los periódicos de las primeras décadas del siglo XX asistiremos a noticias donde los incidentes eran escasos. Y ninguno de ellos aborda acampadas en las calles o la negativa de algunos a dejar pasar a otros por la vía pública. Una mala educación que va a más. Uno recuerda desde pequeño numeroso público apostado en las aceras en la calle Pureza durante la Madrugada, acompañados de fiambreras y hasta neveras de playa. Ahora, ese comportamiento parece extenderse al resto de la ciudad.
Quien sale a ver cofradías no lo hace para buscar los pasos, como normalmente solía hacerse en una celebración donde la movilidad era requisito indispensable. Aquel que acudía al centro de la ciudad lo hacía sabiendo que volvería con un horroroso dolor de pies. Y entonces se lo pensaba dos veces antes de ponerse en la calle. Pero ahora lo hace sabiendo que volverá a casa descansado, porque podrá tirarse a la bartola en una acera impidiendo el paso y no sucederá nada. Antes era impensable salir y esperar horas. La aparición de los móviles lo ha cambiado todo.
El comportamiento viene siendo abordado desde hace años. Y quizá la laxitud por parte de las fuerzas de seguridad tiene algo que ver. O que las multas sean irrisorias. ¿Cuántas sillitas hemos visto durante la pasada Semana Santa? ¿Y acampadas? Habrán actuado, pero la falta de contundencia ha provocado que se haya ido a más. Solo en la plaza del Triunfo llegué a contabilizar más de cuarenta la noche más hermosa del año.
La falta de modales, el escaso respeto y las groserías son diarias en la sociedad. La Semana Santa no iba a estar exenta de ello. Tenemos la impresión de que se ha acentuado y probablemente estemos en lo cierto. Entre los factores, la falta de transmisión de valores, donde los progenitores priorizan la supervivencia económica, el estrés laboral o la comodidad a enseñar valores como la empatía o respetar los límites ajenos. Si a ello sumamos la influencia de las redes sociales y la tecnología, con el fomento de interacciones anónimas, derivamos en tomar hábitos del mundo digital y lo aplicamos a la realidad. Por si fuera poco, ese mundo irreal ha acabado potenciando el individualismo extremo y el narcisismo. Factores que acaban siendo todo lo opuesto a lo que debería primar en Semana Santa, donde debería estar por encima el respeto, la cooperación y el compromiso que significa asistir a ver cofradías.
Da como resultado un panorama desolador. Hay quien, ante tal tesitura, prefiere quedarse en casa y encender la televisión, o el que se marcha de la capital en busca de una Semana Santa con menor público y, por tanto, con menos presencia de faltas de respeto. Lo peor de todo es que no hay fórmula magistral que acabe con semejante panda de garrulos que, al fin y al cabo, es lo que son.





