Las crónicas antiguas hablan de que llegado el mes de julio había cuatro festividades importantes en Sevilla. Tan lejanas que hunden sus raíces en tiempos de la llegada de Fernando III el Santo. Por orden cronológico, se comenzaba con las santas Justa y Rufina, se proseguía con santa Marina. Días después, era la fiesta de María Magdalena y por último se saltaba del centro de la ciudad a la otra orilla del río para terminar ante las plantas de santa Ana.
A las copatronas de la ciudad y la devoción a santa Ana impulsada por Alfonso X el Sabio se sumaban las traídas por los nuevos repobladores como santa Marina o la apóstol de los apóstoles. Retomando las crónicas, la de la collación de la Magdalena era una celebración que se extendía durante días, que continuó incluso cuando la parroquia fue destruida y la imagen titular llevada al antiguo convento de San Pablo. Allí aguardaba la Virgen del Amparo, una de las imágenes marianas de mayor devoción, que tantas y tantas veces ha sido consuelo de miles de sevillanos.
Desde que la Iglesia la declarara apóstol de los apóstoles el día de su onomástica se ha convertido en una fecha marcada en rojo en el calendario. Ella fue la primera que vio a Cristo tras la resurrección, a quien reconoció cuando escuchó sus palabras. Por eso ayer, cuando por la mañana numerosos fieles se acercaron a la parroquia que lleva su nombre, se sorprendieron de que tan solo permaneciera abierta la capilla sacramental, donde se expone el Santísimo, estos días coincidiendo con el Jubileo de las XL horas. Más allá no podía accederse al interior del templo.
Un día importante no ya dentro de la historia de la ciudad sino de la propia Iglesia. Y la céntrica parroquia con unos actos que se reducen al triduo a la santa y donde por la mañana no podía uno acercarse ni al altar mayor. No muy lejos de allí, el Santo Ángel. Desde la llegada de Juan Dobado han aumentado las misas, las confesiones son prácticamente intermitente y en el presbiterio nos recordaba este día la imagen de la santa de Magdala que acabó convirtiéndose a Cristo. Allí, la santa que pudimos ver a los pies del crucificado de los Desamparados la pasada Cuaresma durante los cultos a una obra cumbre de Montañés se mostraba como ejemplo de conversión. Y no eran pocos quienes caían en la cuenta de que su presencia era un recordatorio al amor tan grande de Cristo. Fue, sin duda, todo un regalo poder admirar de cerca a quien tantos favores ha concedido a sus devotos.
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