La historia evoluciona y, mientras la Semana Santa es el motor inmóvil de una celebración milenaria, las cofradías -desde su irrupción- han sido la clave evolutiva de la misma. Desde el siglo XVI hasta la fecha, los cambios, que empezaron por matices, no se han detenido.
Su tiempo ha caminado deprisa, especialmente durante las últimas décadas cuando han surgido fenómenos como los de los costaleros, las bandas y ahora el de los capataces. Algo que, a quienes temen a los cambios, valga la redundancia de que los asusta y, en consecuencia, el sistema defensivo no es guardar la raíz tradición, sino la crítica.
Las magnas, que hace mucho que se celebran, no escapan a ese ataque. Y, aunque los motivos para afear su proliferación sobran, no es menos cierto que dejan alguna lección valiosa. En el caso de la de Córdoba, ese aprendizaje pasa por los recorridos que servirán de probatura y, probablemente, de muestra de que hay enclaves plausibles.
Uno de ellos será el paso por Fleming. Un espacio que, desde algunas cofradías, fue denostado sin derecho a réplica por algunas hermandades de la ciudad cuando se produjo el cambio de carrera oficial a la Catedral. Cerca de allí, como desembocadura lógica, Amador de los Ríos se erigirá como un banco de pruebas para la necesaria reforma del itinerario común.
Y, para finalizar, la salida hacia Deanes y Cardenal González a la vuelta de la Magna demostrará esa necesidad y que, de algún modo, es posible. La evolución es constante, negarla es dar la espalda al tiempo.





