En este tiempo de las redes sociales y el consumo frenético de las cofradías pasamos por alto algunas historias que merecen ser contadas. Sobre todo, porque son un ejemplo para el cofrade, aunque, más que por encima de este, para el ser humano. Nos perdemos con marchas en la Campana, izquierdazos y ceses de capataces, obviando otras figuras que, estas sí, son imprescindibles para conocer cómo la Semana Santa ha llegado a ser lo que es.
Personas que no entran en polémicas, que son amantes de la ciudad y de sus tradiciones, y que han dado ejemplo de buen cristiano –término que se nos olvida cada vez más y tan imprescindible para caminar en el universo cofradiero–. Un ejemplo bien puede ser el de Maruja Vilches. Una mujer que abrió camino en un mundo protagonizado por hombres. Y que, como tal, ha sufrido el machismo imperante. Basta con un ejemplo. ¿Cuántas hermandades han decidido poner en la calle la cruz de guía y, a continuación, ha caído la más grande? Tantos ejemplos que se nos vienen a la cabeza que son decenas. Pero, por desgracia, ahí están algunos cuando sucede algo similar, recordando aquel Martes Santo, véase la caterva de engorilados del foro. ¿Y por qué? Por el hecho de ser mujer.
Maruja es mucho más, aunque haya a quien le duela. Porque estamos en la capital de la ojana. Ni qué decir tiene el ejemplo que ella da a toda la sociedad cada día. El proyecto Fraternitas no se entendía sin Maruja, ni Los Javieres sin su presencia, pero más que todo, la Semana Santa se entiende mejor con personas como ella.
Cuando hace un par de semanas fue entrevistada en Al Cielo por Curro Bono, descubrimos el otro mal que nos acecha. Nos mueve la polémica, los clickbaits. Estamos deseosos de salseo. Y cuando esto sucede, no hay más que ver cómo las redes sociales se echan encima. Llega Maruja, da una entrevista para escucharla una y otra vez, porque el contenido es un compendio de lecciones que no dejan de enseñarnos, y pocos aparecen para agradecer que este tipo de contenidos nos reconcilian con el ser humano. Se comprueba que ese microcosmos de la ayuda al prójimo solo pueden paladearlo aquellos que pausadamente encuentran sosiego en medio de tanto desbarajuste. Aquellos rincones que son como el regreso de El Silencio por San Andrés o la vuelta de La Hiniesta por los callejones. Solo unos pocos pueden reconocer su grandeza.
Maruja Vilches recibió la Medalla de Oro el día de San Fernando. Hasta la fecha, son cientos de personas las que cuentan con esta distinción. El lector recordará algunas de ellas. Echará en falta aquellas que no se concedieron, pensará que hay a quienes el reconocimiento le queda grande. La de Maruja es, sin duda, una medalla que se queda pequeña para alguien que tanto nos ha enseñado.





