El capirote | Un pregón infumable

Si Paco Vélez acertó con la designación de José Antonio Rodríguez como pregonero de la Semana Santa de este año, según lo visto y oído no parece que haya sido una buena elección, según el pueblo sevillano, la de Moisés Ruz para las Glorias. Así pude comprobarlo de primera mano el pasado viernes.  

Las Glorias, ese mundo que pasa desapercibido en ocasiones y que tiene una historia riquísima, merecen pregoneros de altura, perfiles de impacto que glosen un tiempo que es toda una delicia. El de Ruz fue tan olvidable que por recordar solo me viene a la memoria la tediosa intervención de Alés, quien ya pudiera introducir a los elegidos de un modo más breve, porque llama a las masas a la desconexión ante sus minipregones.  

Todavía sigo preguntándome por qué los pregoneros de las Glorias siguen el patrón que llevan a rajatabla quienes se suben al atril del Maestranza. No son el mismo tiempo, pero se afanan en seguir las mismas directrices. El pregón taurino nada tiene que ver con ningún otro, pero aquí, las Glorias buscan el mismo efecto que el que llama a las puertas de la Semana Santa. Ruz volvió a hacerlo durante las casi dos horas que intentó deleitarnos, lo que propició algún que otro resoplido e incluso el abandono de un sector del público que veía cómo se prolongaba en exceso.

Los ripios volvieron a ser protagonistas. Erramos cuando consideramos que un periodista tiene que ser por obligatoriedad un buen pregonero. Hemos tenido a hombres del costal o a sacerdotes que han hecho todo un homenaje a nuestras tradiciones de manera mayúscula. Y, del mismo modo, periodistas se han afanado en darlo lo mejor posible y solo se ha quedado en pretensión. Ahí está el de Antonio Burgos, que nos trajo un recopilatorio de sus textos, o el de Charo Padilla, uno de los más funados en la historia de las redes sociales. Es la falsedad de esta ciudad, que da la palmada en la espalda y por detrás larga lo más grande. Si yo contara lo que en realidad pensaron ciertos periodistas del de Charo…

Volviendo a los ripios. Moisés nos dejó auténticas perlas ya desde el principio, como alegría / María; Rocío / río, para entregarnos la gran perla de todas: «Ya hay toros en Sevilla y Morante en una silla ha trazado con banderillas». Francisco Vélez no cabía en sí de gozo, a quien el pregonero también se dirigió, como ya hizo José Antonio Rodríguez. ¿Va a convertirse tristemente en una tradición dedicarle toda una sarta de elogios a quien te ha designado? Los agradecimientos justos y cortos, decían antes.

Volví a escuchar poco después Hermandad / verdad, ¿cuántas veces hemos escuchado esta rima a lo largo del historial pregoneril? Uno pierde la cuenta cuando le asalta escrito / bendito. Son tantas las rimas de tal calibre que debemos dar gracias a que no estuvieran presentes los auténticos poetas que moran en esta ciudad de la gracia, porque habrían acabado arañándose la cara. ¿Por qué los medios más reconocidos de la capital siempre preguntan a los amigos del designado por lo que les ha parecido su pregón? ¿Por qué no lo hacen con poetas que nada tienen que ver con el mundo de las cofradías para medir realmente la valía de sus composiciones?

Durante el acto sorprendieron varios instantes. El final de las intervenciones, Ruz, para hacerlo más intenso, alzaba la voz, pero se acercaba tanto al micro que el sonido era ensordecedor. ¿Cómo es posible que un periodista tan formado y preparado como este no caiga en la cuenta de que hay que alejarse si se va a elevar el tono? Y otra duda que me asalta, ¿por qué, él, que como andaluz, que aspira la s como hacemos el resto del sur de España, la marca de un modo sonrojante cuando declama en verso? No es baladí tal aspecto si lleva repitiéndose en exceso durante los últimos años. Antes de intentar dar con la respuesta, mis oídos reciben un «Entérate bien Sevilla, que en esa bendita orilla» y los aplausos hacen temblar todo el Salvador.

Casi dos horas. Por fin Moisés levantaba la mirada del texto. Uno salió del Salvador pensando que ya vivió este momento. Y no puede evitar preguntarse: ¿Por qué los pregones han dejado de interesar a los jóvenes? ¿Puede ser porque todos parecen lo mismo? Esa declamación, ese movimiento de manos, los giros, la búsqueda del aplauso fácil. A la salida, todo eran palmadas en la espalda y las crónicas… ahí las tienen. Ya saben lo que pasa en esta ciudad.