El capirote | Y vuelta la burra al trigo

No hace falta que venga nadie a decirnos que somos los mejores. Porque no los creemos y ponemos en valor hasta la más insignificante construcción que exista en la ciudad, aunque sea un pipicán. Y puede que hasta sea positivo defender lo propio. El problema llega cuando salimos fuera y descubrimos todo lo que nos estamos perdiendo.

Esta misma semana observé un rifirrafe en Youtube donde se enfrascaban varios usuarios a cuenta de las declaraciones de uno de ellos, quien llegaba a afirmar que la capital tenía la mejor cabalgata de Reyes y la mejor Semana Santa. Opiniones respetables, como las de cualquier otro. Sin embargo, el problema llega cuando más que defender lo propio se rivaliza con elementos semejantes. Y allí acabó estallando una guerra que no es más que lo que estamos acostumbrados, desgraciadamente, a padecer.

Recuerdo las palabras de Antonio Burgos en uno de sus recuadros, cuando abordaba las palabras de Celia Villalobos, quien manifestó que la Semana Santa de Málaga había superado a la de Sevilla en muchos aspectos. Hay quien pudiera pensar que el periodista sacó en aquella ocasión toda la artillería para rebatir tal afirmación. Sin embargo, con suma elegancia, se limitó a expresar: «¿Pero esto que es, señora Villalobos de Arriola? ¿La conmemoración de la Pasión y Muerte de Cristo según nuestras tradiciones o la Copa de Europa? Nadie tiene que superar a nadie. No hay un marcador de Semanas Santas. Cada cual hace y vive la Semana Santa según su modelo y sus tradiciones. No hay una Liga Santander de las Semanas Santas de España, buena señora». Y a continuación, recalcó que «nadie viendo en Málaga a los legionarios con su Cristo de la Buena Muerte se acuerda de Sevilla. Ni nadie, viendo el tintineo de las mariquillas en el pecherín de la Virgen de la Esperanza se acuerda de los tronos de Málaga». Y así se zanjaba una polémica en la que Antonio Burgos llevaba más razón que un santo.

A pesar de ello, aquí seguimos con ganas de fiesta y repetimos como papagayos una y otra vez la misma cantaleta. Dejando a un margen la cabalgata, cada vez más cercana a una discoteca portátil donde los niños, auténticos protagonistas, cada vez tienen menos presencia, lo de la Semana Santa merece una profunda reflexión. Y es que, cuando las afirmaciones categóricas, son tan manidas uno deja de caer en lo verdaderamente importante: cuidar la tradición. Y se evapora cualquier juicio crítico, cualquier duda que nos haga replantearnos como seguir creciendo. Y así nos van privatizando la Semana Santa, que desde hace mucho tiempo dejó de pertenecerle al pueblo.

Me vienen a la mente las palabras de Daroal, afirmando que la Semana Santa de Sevilla está estéticamente congelada. Echamos mano de proyectos para rescatar enseres del pasado, pero somos incapaces de innovar. Los palios cada vez se mueven menos y no hay margen de maniobra en las juntas de gobierno. Costaleros convertidos en grupos de presión, el pánico a que llegue una banda de fuera… ¿Qué pensaría la Sevilla de hoy si llegara Montañés o Mesa? ¿Acaso dejarían las puertas de la muralla abiertas?

Bien sirven para recordar lo que es Sevilla las palabras que en una entrevista concedida a El Mundo dejó dichas Alejandro Rojas Marcos, ex alcalde de la capital. Solo el titular daba pie a una triste realidad: «Sevilla es hoy una ciudad vulgar y decadente. Y la culpa es de todos». Manifestaba que la región había crecido en tiempos pasados cuando miraba hacia afuera. Hoy lo hace hacia sus adentros, condenándose a un profundo letargo. Nuestra red de metro es ínfima si comparamos tal infraestructura con las de la ciudad de Valencia, sanidad y educación van cuesta abajo -en analfabetismo estamos por encima de la media-. El tejido industrial hace aguas, tenemos tres de los barrios más pobres de España. Y un sinfín de problemas que, de enumerarlos, estaríamos aquí hasta mañana.

No somos más que ovejas en un redil bien orquestado. Quieren hacernos creer que tenemos algo, cuando no nos pertenece nada. El centro de la ciudad está vendido al turismo. Al sevillano que tiene pisos turísticos le da igual. Se da golpes en el pecho mientras gana cuatro duros. Ciudad impostada, de pastiche, que en vez de ser baluarte de la ciudad andaluza se ha acabado vendiendo al españolismo más rancio.

Sevilla será muy bonita para quienes nos visitan. En mi calle pronto habrá kilos de naranjas, cada vez es más complicado aparcar y asisto al éxodo de mis amigos porque no pueden permitirse aquí un alquiler. Desde arriba ponen en valor las fiestas, mientras que por detrás roban a manos llenas y convertimos esta urbe en sede de uno de los casos de corrupción más graves de toda Europa. La verdadera Sevilla está en los pucheros de la periferia, en las familias que en los años setenta fueron expulsadas de Triana. ¿Qué le queda al viejo arrabal desde entonces? ¿Dónde están sus gitanos?

Sigamos divirtiéndonos con nuestras fiestas, poniéndolas en valor. A ver para cuándo lo hacemos con Bécquer o Machado, y aprendemos un poco hacia dónde nos quieren llevar. Porque, aunque no lo creamos, ni feria, ni cabalgatas, ni Semana Santa nos van a salvar de trasiego diario que supone poder vivir aquí con unos servicios públicos que se van desmoronando. Creamos lo que nos cuentan a pies juntillas. Matémonos entre nosotros con debates absurdos, que es lo que siempre ha beneficiado a aquellos que mantenemos.