Lo decía hace tan sólo unos días. Las vacas flacas han llegado. Y se multiplican las señales que lo atestiguan. Es cierto que las cifras de hermanos vistiendo la túnica nazarena parecen haber experimentado un repunte que la inoportuna climatología padecida la pasada Semana Santa nos ha impedido contrastar en las calles. Pero, ¿y el compromiso? No hablemos ya de la participación en los cultos internos, eso lo dejamos para los hermanos de matrícula de honor. Limítense a constatar las cifras de asistencia a cabildos generales de hermanos, el órgano de decisión, máximo, democrático y fundamental, en el seno de nuestras hermandades y comprobarán que la frialdad de los números es desoladora. Y no se trata de un problema únicamente circunscrito a asambleas más o menos trascendentes, aunque resulta inquietante y lamentable no concederle la máxima importancia a aprobar unas cuentas anuales o un presupuesto -cuestiones que deberían tener una importancia capital, porque determina el funcionamiento de una hermandad a lo largo de todo un año-.
Ocurre incluso cuando se trata de asambleas que abordan cuestiones esenciales, como la que tuvo lugar en una hermandad, hace tan sólo unos días, con la celebración de una importante efemérides en el horizonte, que tuvo una jugosa propuesta y una asistencia manifiestamente mejorable, o la participación en cabildos de elecciones que, por regla general, presentan cifras preocupantes e incluso bochornosas, si me permiten la expresión, incluso las vacas sagradas que me regalan insultos por redes sociales. Piropos que agradezco, dicho sea de paso. Me comentaban hace unas horas que cuando alguien te insulta por lo que escribes es que “en el fondo te admira”, “que tu trabajo tiene valor, porque le ha removido por dentro” y que “algo estarás haciendo bien”. Y. en cierto modo, estoy de acuerdo con estas apreciaciones. Por eso no puedo dejar que agradecerle a mis haters (antaño relevantes y hoy intrascendentes) el interés que demuestran por lo que digo y escribo. De verdad, no merezco tanto cariño.
Pero volvamos al asunto del que les hablaba, que me disperso. Por ejemplificar: que una hermandad de la categoría de la Misericordia solamente sea capaz de convocar a 57 hermanos para decidir algo tan esencial como quién ha de ser la persona encargada de guiar los designios de la corporación los próximos cuatro años, -para elegir su hermano mayor- debería hacer recapacitar a más de uno. Cierto es que, por supuesto, esto no ocurre solo en la Misericordia, pero como esto sucedió hace tan sólo unas horas, sirve para poner de manifiesto un problema recurrente que pocos se atreven a intentar solucionar. Demuestra que existe un grave problema social en el seno de la hermandad, que se puede enmascarar de muy diversas formas, casi todas fallidas. ¿Cuántos hermanos tiene la Misericordia? ¿Qué porcentaje de hermanos acudieron a votar? ¿De verdad a sus dirigentes les parece suficiente? Es verdad que algunos de los supervivientes que pululan por San Pedro y sus orillas, desde que el mundo es mundo, son auténticos expertos en sobrevalorar determinados detalles, más o menos importantes, para ocultar las graves carencias que arrastran y provocan esas cifras bochornosas para una hermandad de tal importancia.
Pero, en mi opinión, lo primero que debería hacer quien ahora coge las riendas es analizar por qué la mayor parte de los hermanos pasan olímpicamente de la hermandad, más allá de salir de nazareno. Algo a lo que algunos le otorgan una importancia capital, con toda la razón del mundo –a mí no me duele en prenda aplaudir ciertas opiniones aunque vengan de quien me regala cariñosos calificativos, más fruto de su actual irrelevancia que de otra cosa-, pero que resulta a todas luces insuficiente cuando los hermanos no tienen el menor interés en el día a día de la hermandad y les importa un pimiento hasta quién es el hermano mayor. Tal vez haya que detenerse a estudiar y determinar dónde está el problema, en lugar de limitarse a la habitual autocomplacencia, al autobombo y al reparto onanista de incienso.
Para resolver las carencias hay que detectar los problemas y ponerlos encima de la mesa para analizarlos de modo que puedan ser resueltos. Lo contrario es actuar como asegura el mito que hacen los avestruces –mito con poca veracidad científica, atribuido al pensador romano Plinio el Viejo (23-79 d.C.), que escribió que estos animales imaginan que cuando han escondido su cabeza y su cuello dentro de un arbusto, todo su cuerpo está oculto y que cuando detectan una amenaza obran de este modo- ignorando los problemas autoengañándose y propiciando que se perpetúen y agudicen con el paso de años de inmovilismo y pasividad. Unos problemas que, si no se abordan y resuelven, pueden ser la antesala de un letargo, que muchas hermandades han experimentado a lo largo de los siglos, y que, en ocasiones han terminado en un indeseable y patético Ocaso.
A nadie escapa que algunos siempre preferirán un club cada vez más pequeñito en el que poder seguir campando a sus anchas por los siglos de los siglos. En el pecado de su irresponsabilidad llevarán la penitencia. No hace tanto que este letargo provocó una fusión “inducida y prácticamente obligada” que ahora algunos se dedican a ensalzar hasta el hartazgo, como si hubiera sido un épico episodio de la intrahistoria de la hermandad, cuando en realidad no fue más que la consecuencia de la lamentable gestión de unos, las inexplicables e imperdonables acciones de otros y la ausencia de casi todos. Una solución de emergencia ante la nada más absoluta. Quiera Dios que quien coge ahora el testigo tenga la grandeza de no dejarse engatusar por el halago engolado de los de siempre y sea capaz de comprender que existe un problema profundo que necesita una solución urgente, en forma de sanación de fracturas, de dinamización y de crecimiento en lo que más importa: la presencia de los hermanos en la vida de la hermandad para evitar que la historia se repita.





