El cirineo | A ver si en la catedral de todos dejan de tratarnos como a ganado

No hay nada como un bonito acto de religiosidad popular —pongamos, por ejemplo, la llegada del bendito Simpecado del Rocío de Córdoba a su Catedral para recibir la bendición del nuevo obispo, Jesús Fernández— para comprobar, una vez más, que el sentido común es el menos común de los sentidos. Y en la Mezquita-Catedral, donde el incienso se mezcla con el walkie-talkie y la devoción con la cinta de seguridad, uno termina por preguntarse si el templo es la casa de Dios o la finca particular del cabildo y ciertos cancerberos con pinganillo.

Y cuando hablo de cancerberos, me refiero, claro está, a algunos de ellos, porque afortunadamente no todos comparten esta falta de sensibilidad. De hecho, muchos miembros del servicio de seguridad cumplen con un trato exquisito, atento y respetuoso, haciendo honor a la responsabilidad que conlleva custodiar un lugar sagrado y al mismo tiempo ser servidores de quienes acudimos a él. Pero, desgraciadamente, la deplorable y chulesca actitud de unos cuantos impresentables empaña la excelente labor del resto.

El pasado jueves, mientras los rocieros llegaban exhaustos —algunos, literalmente cocidos—, hubo quien pensó que era una gran idea impedir la entrada de los niños al interior del templo para que no se refugiaran del calor, porque el obispo aún no estaba en la puerta. Se necesitaron insistencias, súplicas y un poco de vehemencia bien medida (y que el prelado estuviera en su sitio) para que se les permitiera pasar. Porque hay que ser muy garrulo, para no entender que niños pequeños con la cara roja como un tomate y la camisa empapada no son una amenaza terrorista, sino fieles de los de toda la vida, que simplemente acompañaban a la Virgen.

Pero si los niños ya molestaban, lo mejor vino después: en un alarde de ingeniería del absurdo, a alguien se le ocurrió colocar una cinta de seguridad justo detrás del Simpecado (una imbecilidad que hacen cada año, hay que decir), como si estuviéramos en una discoteca con aforo limitado. De este modo, quienes tenían el honor de formar parte del cortejo tras la carreta del Simpecado —sí, cortejo, porque esto no era el desfile de Star Wars— fueron detenidos cual rebaño, con cara de tontos y cara al sol, sin poder acceder a su casa, mientras observaban cómo los que iban delante sí podían pasar para recibir la bendición del obispo. Un espectáculo lamentable, digno de cualquier sitcom eclesiástica.

Lo más desconcertante es que algunos de estos guardianes tienen la sensibilidad de una ameba y la educación de una cabra —permítaseme la literalidad, que a veces es la mejor forma de ser justo—. Su comportamiento recuerda más al de los figurantes de una mala película de acción que al de personas que deben facilitar la vida del creyente, no obstaculizarla con cara de “estás invadiendo mi zona”.

Y claro, como nos conocen tanto, piensan que vamos a deambular por las naves como si quisiéramos robar una columna de mármol o hacer un TikTok con el mihrab de fondo. No entienden que los cofrades y rocieros de Córdoba conocemos cada centímetro del templo, y que no estamos ahí para hacer turismo, sino para rezar. Pero su intelecto de insecto —y no lo digo yo, lo dicen sus actos— no les permite distinguir entre un devoto y un fugitivo.

Y ya que estamos, un pequeño apunte: los músicos y costaleros, en Semana Santa, también reciben un trato infame por parte de estos émulos de Torrente con liturgia. Así que, lo del jueves no fue una excepción, sino una vergonzosa constante.

Con la llegada del nuevo obispo, uno espera que empiece a soplar aire fresco por las naves de la Catedral. No pedimos alfombra roja ni incienso de más, sino simplemente que nos traten como a personas, no como a ganado. Porque no somos ladrones, ni una piara porcina, ni el casting de «La casa de papel rociero». Y si alguien necesita una clase de urbanidad básica, estoy disponible para explicar, al más puro estilo Barrio Sésamo, la diferencia entre “servir” y “estorbar”. Eso sí, lo haré gratis, no como otros que parece que en lugar de hacer su trabajo están haciéndonos un favor.

La Catedral no es del cabildo. Es de todos. De todos los católicos de Córdoba. Incluso de quienes tienen que aguantar desplantes para entrar en su propia casa. Y si hay que vigilar y controlar, hágase, pero con respeto. Con el respeto que merecemos las personas normales que acudimos a nuestra casa a rezar. A ver si nos enteramos de una puñetera vez. Porque, francamente, cada año que pasa más se nos quitan a muchos las ganas de ir a la Catedral. Y eso, señores, debería darles vergüenza.