Algunos empuñan una corneta, otros se aferran a una vara dorada, a veces sin haber entendido jamás lo que significa conducir una hermandad. Unos esconden su soberbia bajo el costal, otros se pasean de negro, con el cuello almidonado y la mirada altiva, como si, en lugar de capataces, fuesen generales de un ejército presuntamente sacro. Y los hay —sí, los hay— que visten alzacuellos y se comportan como Los Soprano, porque también entre quienes supuestamente consagran su vida al Señor se ha colado la gangrena más vergonzosa: la de la mafia eclesial, la del rencor sagrado, la del puñal bendecido.
No es nuevo. Jamás lo fue. Hace ya demasiados años que uno peina canas en este mundillo, y a estas alturas cuesta escandalizarse, pero no asquearse. Porque lo que provoca asco, repulsa, náusea incluso, no es que existan personajes prepotentes, chulescos, miserables, sino que sigan saliendo indemnes, año tras año, mandato tras mandato, bajo el amparo de una estructura —la cofradiera y la eclesial— que muchas veces calla, otorga y premia.
Afortunadamente, la inmensa mayoría de los cofrades y de los sacerdotes no forman parte de esta basura moral. La mayor parte vive con entrega, vocación y autenticidad, consagrando su tiempo y su esfuerzo al bien común, ya sea impulsando el crecimiento espiritual y humano de las hermandades a las que pertenecen o bien tendiendo la mano al necesitado, a imagen y semejanza del mismísimo Jesucristo, al que otros —demasiados— parecen haber olvidado mientras repiten su nombre como consigna vacía. Pero aun siendo minoría, el daño que provocan esos pocos miserables es incalculable. Porque envenenan ambientes, dinamitan ilusiones, desacreditan instituciones y siembran un descrédito que acaba salpicando a todos, incluso a los que sólo saben servir con humildad.
Mentir, sembrar odio, manipular, amenazar, joderle la vida al otro. Esas son las armas de quienes, desde su púlpito de incienso o desde su despacho de mármol, se creen intocables. Lo hacen con naturalidad, como quien besa una medalla o porta una cruz de guía. Algunos amenazan de manera discreta y otros, directamente, creyéndose el mismísimo Capone, sin saber que en algunos de nosotros sólo provocan risa y cachondeo.
Tenemos una suerte que no todos pueden decir: no vivimos de esto. Y por tanto, no nos puede comprar ni el poder ni el sobre cerrado ni el brindis prometido. Esa es la trampa donde caen tantos compañeros de medios y portales, atrapados por el oro del becerro que hoy es más dorado que nunca. Incluso para quienes visten sotana. Cada vez estoy más convencido de que el ateísmo no está fuera de la Iglesia, sino instalado dentro. Hay sacerdotes que no creen en nada, salvo en su carrera y en su nómina. Porque ser cura, para muchos, es sólo un trabajo más.
Y sin embargo, son ellos quienes deberían dar ejemplo. Son ellos quienes deberían ensanchar el alma, no estrecharla. Es insoportable ver cómo se valen de su poder para ejecutar venganzas, sembrar odio, censurar, maldecir con palabras suaves y condenar con silencios atronadores.
Pero es lo que hay. Siempre lo dije y lo mantendré: las cofradías, como la Iglesia, son reflejo de la sociedad. Hay personas buenas, personas regulares, personas malas y, por supuesto, auténticos hijos de puta. Los de toda la vida. Los que viven fustigando, humillando, amenazando y machacando a quien se deja.
Y aun así, seguimos. Porque no nos callarán. Quien quiera seguir imponiendo su censura per saecula saeculorum, que lo haga y llegue hasta donde pueda. Pero que no espere sumisión. Ni reverencias. Ni miedo. Somos los de siempre, las ovejas negras. Quienes vinimos para quedarnos. Aquí no se agacha la cabeza. Aquí se habla claro. Y a quién le duela, que reviente.





