El cirineo | Carta de un eterno creyente a Sus Majestades, los Reyes Magos de Oriente

Queridos Reyes Magos:

En este umbral del tiempo en que la humanidad suspira entre la incertidumbre y el anhelo, me atrevo a elevar ante ustedes una súplica que no se envuelve en papel ni se ata con lazos. No pido objetos, sino horizontes; no reclamo posesiones, sino virtudes que dignifiquen la existencia.

Les ruego que depositen en los hogares del mundo la semilla de la reconciliación. Que las familias desgarradas por viejas heridas encuentren el valor de reencontrarse, y que los amigos distanciados por silencios o malentendidos hallen el sendero que conduce nuevamente a la fraternidad. Que el perdón, tantas veces postergado, se convierta en un acto cotidiano y valiente.

Y que esta semilla —tan frágil y tan poderosa— germine también en las hermandades que, desde los cuatro puntos cardinales de la geografía cofrade, sostienen con devoción un legado espiritual que trasciende generaciones. Que florezca en sus juntas, en sus cuadrillas, en sus templos y en sus calles. Que la concordia prevalezca sobre la discordia, que el respeto venza a la soberbia, que la fraternidad se imponga a cualquier sombra de rivalidad. Que la unidad, Majestades, sea el estandarte que ondee sobre cada paso, cada insignia y cada corazón nazareno.

Pero hay un tesoro aún más delicado que debemos preservar: la ilusión de nuestros niños. Les suplico que nunca se diluya, que permanezca intacta como un faro que ilumina incluso los días más sombríos. Que sus ojos sigan brillando ante la promesa de un mañana mejor, y que su inocencia —esa forma pura de esperanza— no sea jamás erosionada por la dureza del mundo adulto.

Y junto a esa ilusión, devuélvannos también los gestos que nos humanizan: los abrazos que reconcilian, las sonrisas que desarman, las caricias que consuelan, los besos que sellan la ternura.

Que volvamos a reconocernos en la proximidad del otro, sin miedo, sin reservas, sin la frialdad que tantas veces impone la prisa o la desconfianza. Que el amor —ese amor que no se declama, sino que se ejerce— venza, por fin, la batalla cotidiana contra la indiferencia, la hostilidad y la bajeza moral.

Pido también, Majestades, que el sueño de la paz deje de ser un ideal inalcanzable para convertirse en una realidad palpable. Que los pueblos aprendan a dialogar sin la sombra de la violencia, y que las naciones comprendan que la grandeza no se mide por la fuerza de sus arsenales, sino por la altura moral de sus decisiones.

Les imploro asimismo que extirpen de nuestras sociedades el cáncer de la corrupción, ese mal que corroe instituciones, desfigura la justicia y siembra la desconfianza. Que quienes ostentan poder recuerden que su autoridad es un servicio y no un privilegio, y que la integridad vuelva a ser la norma y no la excepción.

Sé que mis peticiones no son sencillas. Pero si algo nos enseñan estas fechas es que la esperanza, cuando se cultiva con convicción, puede convertirse en una fuerza transformadora. Por ello, Majestades, deposito en sus manos este ruego colectivo, confiando en que, aunque los milagros no siempre lleguen envueltos en magia, sí pueden nacer del compromiso de cada uno de nosotros.

Con ilusión inagotable, emoción desbordada y sueños renovados, me despido de ustedes como su eterno creyente.

El cirineo