El cirineo | Dios aprieta… y ahoga: el castigo divino que se ceba con las hermandades

Algo hemos hecho. Algo muy grave. Porque si no, no se explica este castigo constante, este azote celestial en forma de chubasco, esta penitencia húmeda y persistente que cae una y otra vez sobre las espaldas de nuestras queridas hermandades. El Todopoderoso —que por algo lo es— parece haber sustituido la zarza ardiendo por la nube rencorosa, y las tablas de la ley por el parte meteorológico de AEMET.

Primero fue la Semana Santa de 2024, que pasará a los anales de la historia no por sus procesiones —que brillaron por su ausencia— sino por su tono épico: suspensiones a diestra y siniestra, en ocasiones con muchas horas de antelación, en medio de un vendaval inmisericorde. Fue un desastre de proporciones bíblicas, sin Moisés que separara las aguas ni paraguas capaces de conjurar al chaparrón.

Pensamos, ingenuos, que 2025 vendría con redención. Que el Señor, en su infinita misericordia, nos permitiría sacar las imágenes a la calle sin necesidad de zodiac. Pero no. ¡Hemos tenido hasta granizo! Porque aunque muchas cofradias hayan podido salir a la calle lo han hecho casi siempre en medio del acojone generalizado. Este año, la cosa ha sido una tragicomedia meteorológica: la locura de la incertidumbre. Capataces que miraban al cielo más que al costalero, juntas de gobierno consultando apps del tiempo como si fueran oráculos y fiscales de paso convertidos en expertos de meteorología de trincheras. Y meteorólogos explicando que no estaba lloviendo a miembros de junta que escuchaban semejantes afirmaciones mientras miraban caer agua del cielo con cara de que les estaban tomando por idiotas. Un auténtico vía crucis climatológico.

Y cuando parecía que ya podíamos respirar, después de una semana de sol… ¡llegan las Cruces de Mayo! Una fiesta luminosa, alegre, florida e imprescindible para las arcas de muchas cofradias cordobesas. ¿Y qué ocurre desde el primer día? Otra vez, la puñetera lluvia. ¡Y alerta amarilla por lluvias para el viernes, hay que joderse! Como si el cielo nos dijera: “No habéis aprendido la lección”. ¿Pero cuál, Señor? ¿Qué hemos hecho? ¿Acaso la última chicotá no fue de tu agrado? ¿La cera no te pareció de suficiente calidad? ¿El repertorio de la banda fue inadecuado? ¿O es por el pregonero? ¿Qué hemos hecho para merecer semejante castigo? Y luego está el imbécil de turno que siempre pregona en voz alta: «la lluvia siempre viene bien, que hace falta y es buena para el campo»… ¡Pues que llueva en el campo!

Dicen algunos teólogos de barra de bar que quizás este castigo es por la guerra de bandas, o por los movimientos de martillos. Otros aseguran que es una señal contra el abuso de incienso de dudosa procedencia. Los más osados piensan que es una advertencia por los bordados de Pakistán. O, en general, por los «excesos», ya me entienden.

Sea como fuere, la evidencia es clara: el Altísimo nos moja, y no es precisamente con agua bendita. Así que, hermanos, creo que para la próxima primavera no estará de más preparar cirios impermeables, cubremantos plastificados, y rezar lo que podamos entre truenos y relámpagos. Porque si esto no es un castigo divino, es que Dios está ensayando el diluvio universal… versión cofrade.