Una distinción necesaria para reconocer ciertos méritos que hasta ahora permanecían injustamente ignorados
Hay quien sostiene que el mundo de las cofradías vive obsesionado con multiplicar premios, reconocimientos y galardones. Medallas, insignias, menciones honoríficas, nombramientos perpetuos, diplomas con marco dorado y títulos de una solemnidad capaz de hacer palidecer al mismísimo Consejo de Trento. Sin embargo, a pesar de este entusiasmo por premiar lo premiable —y a veces incluso lo impremiable— existe todavía una categoría clamorosamente olvidada.
Me refiero, naturalmente, al “Gilipollas del Año”.
La idea no es mía —aunque confieso que la abrazo con entusiasmo— sino de un amigo que hace unos días acudió a un acto cofrade cualquiera, de esos donde todo el mundo parece conocerse y nadie parece estar contento con nadie. Allí coincidió, según su expresiva definición, con lo que él denominó una auténtica “delegación del tanatorio”: miembros de cierta hermandad, acompañados de los habituales meacolonias, algunos presuntos seres superiores de similar pelaje y un nutrido grupo de perdonavidas tradicionales, especialistas en mirar por encima del hombro incluso cuando están sentados.
A la vista de semejante fauna, mi amigo llegó a una conclusión que me parece de una lucidez incontestable: si existen premios para casi todo, ¿por qué no institucionalizar también el reconocimiento a la estupidez cofrade?
Un premio con varias categorías para cubrir todas las sensibilidades
La propuesta, además, no sería un simple galardón plano y monótono. No. Si algo caracteriza al ecosistema cofrade es su riqueza de matices, de modo que el premio debería contemplar varias modalidades para garantizar la justicia y la representatividad.
Por ejemplo:
- El Inútil del Año, destinado a esa figura imprescindible que, tras meses de trabajo… no ha conseguido absolutamente nada.
- El Torpe del Año, reservado para quien logra estropear en una tarde lo que otros tardaron décadas en construir.
- Y, en su grado más superlativo, el título de Subnormal del Año, pensado para quienes logran alcanzar una altura intelectual tan vertiginosa que ya resulta imposible distinguir si hablan en serio o si se trata de una performance conceptual.
Con semejante abanico de posibilidades, el jurado tendría ante sí un campo de estudio inagotable.
Un reconocimiento que podría instaurarse incluso antes de lo previsto
La propuesta inicial contempla su puesta en marcha a partir del próximo año, aunque siendo realistas —y teniendo en cuenta la abundancia de candidatos— todavía estamos a tiempo de estrenarlo incluso en 2026.
No faltaría material. Al contrario. Bastaría con observar durante unas semanas cualquier ciclo de actos, presentaciones, tertulias, conferencias o convivencias para detectar una cantera extraordinariamente prometedora.
Porque el mundo cofrade, como cualquier otro microcosmos humano, posee esa capacidad maravillosa de producir personajes que combinan con admirable naturalidad la ignorancia, la soberbia y la absoluta convicción de estar siempre en lo cierto.
Una ceremonia de entrega digna del acontecimiento
Imaginen por un momento la gala de entrega. Alfombra morada —por aquello de la penitencia—, música de capilla en directo y un presentador que anuncie solemnemente:
“Y el premio al Gilipollas del Año es para…”
El silencio se haría denso. Algunos mirarían al suelo. Otros mirarían al techo. Un tercero comenzaría a sospechar. Y finalmente, cuando se pronunciara el nombre, media sala asentiría con una serenidad casi litúrgica.
Porque si algo caracteriza a estos personajes es que todo el mundo los reconoce… menos ellos mismos.
Un servicio público para la higiene del ecosistema cofrade
No se trata, conviene aclararlo, de un gesto de crueldad. Al contrario. Sería un servicio público. Una forma de reconocer oficialmente lo que la sabiduría popular lleva años diagnosticando en voz baja.
Además, el premio podría cumplir una función pedagógica: recordarnos que la Semana Santa —ese universo tan solemne, tan lleno de terciopelos, cirios y palabras graves— también necesita una dosis saludable de sentido del humor.
Sobre todo cuando uno descubre que, entre nazarenos, costaleros, capataces, fiscales, priostes y devotos, siempre aparece alguien dispuesto a demostrar que la estupidez humana también tiene vocación procesional.
Y lo peor —o lo mejor, según se mire— es que candidatos nunca faltarán. En realidad, sospecho que el problema será otro: decidir quién no lo merece.





