Cuesta encontrar un ejemplo más acabado de autodestrucción lenta que el de un capataz que, después de casi 45 años al frente de cuadrillas, acumuló al menos diez -siendo generoso- de absoluta irrelevancia. No fue el tiempo lo que lo desgastó, sino una mezcla corrosiva de vanidad, prepotencia ilimitada y una chulería tan resistente que ha sobrevivido incluso a sus propios errores. Su figura, antaño respetada, ha terminado convertida en una caricatura de sí misma que parece empeñada en demostrar, día tras día, que el prestigio también puede marchitarse por exceso de exposición y una locuacidad que no es osadía sino zafiedad.
Pero, ¿qué otra cosa cabe esperar de quien afirma, en su infinita prepotencia, que no cambiaría nada de lo que ha hecho durante toda su vida? Los errores si se sabe que lo son, no se repiten. Lo contrario es un perfecto ejemplo de imbecilidad profunda. Un tipo decadente y arrogante, pagado de sí mismo, que necesitaba desde hace décadas que alguien le diese una curita de humildad y le ha tocado por casualidad, porque me dio por dedicar un buen rato a escuchar a un capataz de verdad, que ha aportado a todo este mundillo mucho más que él, haciendo gala de una sencillez inversamente proporcional a la megalomanía de nuestro protagonista circunstancial. Y ahí estaba él también.
El emperador del martillo sin trono
A este individuo, henchido de sí mismo hasta extremos difíciles de describir, le gusta comportarse como si fuese una autoridad incuestionable. Se permite incluso dictar lecciones ante capataces con mucho más conocimiento y un bagaje infinitamente superior, aunque pretenda erigirse como un ser superior ante ellos, pavoneándose de manera patética y ridícula, como si su mera presencia bastara para revestir de verdad cualquier ocurrencia, la mayor parte de ellas inventadas. Una costumbre que tiene algo de tragicomedia: quien menos tiene que aportar es precisamente quien más ruido hace. La prueba fehaciente es que muchos de los pasos que dirigió han precisado de la llegada posterior de capataces de verdad para que anden como deben hacerlo.
Un sujeto que hace gala de una chulería grotesca y unos malos modos inabarcables para cualquier persona normal, ejemplificada hace poco tiempo, cuando una cofradía se acercó a una de sus múltiples hermandades para pedir ayuda para una procesión, y respondió con un trato infame, con una falta de respeto monumental, un gesto tan grosero como proporcional a la catadura moral de la que siempre ha hecho gala. La humildad nunca formó parte de su repertorio, y la empatía, menos aún.
La hermandad que lo sostuvo terminaría por derribarlo
La historia se vuelve aún más elocuente cuando se mira hacia su propia hermandad, aquella de la que fue hermano mayor. Años después, los mismos que lo elevaron le arrancaron de la mano el llamador del paso, un acto tan simbólico como devastador. Lo normal habría sido comprender que eso era un punto final.
Pero nuestro super capataz, fiel a su estilo, aceptó un trueque que él mismo consideraba humillante, incapaz de reunir la dignidad mínima para reconocer que le habían mostrado la salida con toda claridad. Y continuó arrastrándose unos añitos más, como se arrastró después al otro lado del río. Lo digno habría sido retirarse a tiempo, pero para eso hay que tener la grandeza de saber cuándo ha llegado el momento de marcharse, antes de que te echen, en lugar de dilatar artificialmente una gloria que ya no existía más que en su imaginación.
Defensa concedida, ingratitud recibida
Y, con todo, en este pequeño rincón de libertad se le defendió en su momento, porque entonces entendimos que la hermandad lo había tratado con una dureza innecesaria, casi con desprecio. El gesto no era obligatorio, pero se hizo por respeto a lo que había sido. ¿La respuesta? Un insulto dirigido a uno de los nuestros, acompañado de una sentencia tan grotesca como reveladora: afirmar que para poder tener sobre qué escribir es necesario hacerlo sobre un capataz que, dicho sea de paso, tiene más conocimiento, más dignidad y más categoría que él.
Como si faltaran asuntos en el mundo o como si hiciera falta pedirle permiso para escribir sobre lo que estimemos oportuno. Llama la atención esta sensibilidad tardía; no la tuvo cuando las defensas lo beneficiaban a él. Pero la coherencia nunca fue su fuerte. Qué paradójico que critique aquello que entonces le benefició -y agradeció- y que ahora le incomoda solo porque ya no ocupa el papel de protagonista y no le viene bien.
La frase que lo retrata sin querer
Groucho Marx dejó una sentencia que parece diseñada a la medida de este super capataz: “Es mejor estar callado y parecer tonto, que hablar y despejar las dudas definitivamente”. A ver si llega el día en que él, al que le sobró al menos la cuarta parte de su fulgurante trayectoria, decide interiorizar este consejo. Sería un acto de lucidez tardía, pero necesario. Porque cada vez que abre la boca, no hace más que confirmar lo que tantos llevan años viendo con absoluta claridad: que su ridículo no es fruto de un mal día, sino de una forma ridícula de estar en el mundo y seguir recibiendo una atención que hace mucho que no merece.





