En el corazón del barrio de Palmeras, uno de los entornos más complejos y desafiantes de Córdoba, late con tesón y gran dificultad la Hermandad de La Piedad, la corporación más humilde de cuantas integran la Semana Santa cordobesa. Su trayectoria, marcada por décadas de entrega ininterrumpida, constituye un testimonio de sacrificio, devoción y cuidado escrupuloso de un patrimonio espiritual y artístico que representa un auténtico tesoro para la ciudad, aunque despreciado por muchos y olvidado por casi todos.
Sin embargo, los acontecimientos recientes ponen de manifiesto, con una crudeza ineludible, una realidad que muchos conocen pero pocos se atreven a reconocer: la Hermandad de Palmeras incomoda. Molesta en la Santa Iglesia Catedral, molesta a buena parte de las hermandades y suscita reticencias en numerosos cofrades de Córdoba. Esta situación se concretó de manera flagrante en la prohibición de que concluyera su estación de penitencia en el Patio de los Naranjos, ni siquiera en el interior del templo, un gesto que trasciende lo administrativo y se revela como un acto de desprecio, cuyas consecuencias deberían caer en la conciencia de quienes adoptaron esta decisión, si no carecieran de ella.
El doble rasero: de Cañero a Palmeras
La controversia adquiere ribetes aún más escandalosos al contrastarse con la situación de la Hermandad de la Presentación al Pueblo de Cañero. En aquel caso, la Agrupación de Cofradías adujo como una de las razones para impedir su incorporación al Miércoles Santo que daba mala imagen que una cofradía llegara a su templo a las cuatro de la mañana, una argumentación supuestamente orientada a preservar la dignidad de la Semana Santa y de la propia corporación.
Hoy, sin embargo, se observa con asombro que nadie cuestiona que La Piedad deba arribar a su templo a la misma hora, evidenciando un doble rasero que desvela la arbitrariedad con que se trata a esta Hermandad, que no se incorporó hace años a la carrera oficial motu proprio, sino instada por la alta jerarquía eclesiástica –la misma que ahora la ha dejado tirada- y el ayuntamiento porque vestía mucho que una hermandad de un barrio «marginal» se incorporase a la nómina. Porque que quede meridianamente claro, incluso para aquellos que parece que no saben ni leer y rebuznan gilipolleces en redes sociales y foros de similar catadura moral e intelectual: la cuestión no es regresar a casa, una necesidad asumida por todos, incluidos los propios cofrades de la Hermandad de Palmeras, sino que sea la última cofradía en pasar por la carrera oficial el Miércoles Santo, un auténtico disparate si se considera el lugar de procedencia de la cofradía y su lejanía respecto a la Santa Iglesia Catedral. Una vergüenza.
Una dejadez insoportable
En todo este asunto ha quedado patente la absoluta dejadez o inacción por parte de la Agrupación de Cofradías, con los responsables de estación de penitencia a la cabeza, que deberían haberse implicado mucho más en la búsqueda de una solución, así como la incapacidad de algunas de las hermandades del Miércoles Santo para hacer el más mínimo esfuerzo en apoyo a La Piedad, una hermandad que ha sido menospreciada, machacada y humillada. Hubiera sido tan sencillo como que alguna hiciera gala de su advocación cristífera, aceptando dar un pequeño rodeo de un par de calles aunque no «sea su estilo». Lo que debería haber sido colaboración y solidaridad se ha transformado en indiferencia y desprecio, condenando a la Hermandad a una situación de marginación insostenible. Otra vergüenza.
A esta situación se suma el reconocimiento insuficiente del extraordinario esfuerzo que la Hermandad ha realizado, especialmente con la incorporación del nuevo Cristo de la Piedad, obra magna de Antonio Bernal, sin lugar a duda, y le joda a quien le joda, que parece que a bastantes, uno de los crucificados más notables de la Semana Santa cordobesa. Este insigne ejemplo de excelencia artística y devocional debería constituir motivo de orgullo y reverencia, pero, paradójicamente, genera incomodidad y recelos entre cofrades y hermandades, poniendo de relieve cómo la verdadera dedicación y el mérito pueden resultar incómodos para quienes deberían protegerlos y exaltarlos, cuando el esfuerzo proviene de humildes de verdad.
Un futuro amenazado
Lo acaecido no es un mero inconveniente logístico; la Hermandad corre un riesgo tangible de desaparición o, como mínimo, de renuncia a realizar su estación de penitencia en la Santa Iglesia Catedral, para satisfacción de muchos que, en su infinita miseria, se jactan de lo ocurrido, en público y en privado. La indiferencia de la jerarquía eclesiástica y el desdén de buena parte de las hermandades y cofrades constituyen un riesgo real que compromete el futuro de esta corporación humilde pero valiosa.
Si se perpetúa este sinsentido, si no se produce un cambio profundo e inmediato, la Hermandad de La Piedad quedará marcada por la marginación y el abandono, poniendo de relieve que la Semana Santa de Córdoba, a pesar de sus discursos sobre fraternidad y defensa de los más humildes, continúa castigando a quienes más se esfuerzan porque incomodan a la opinión pública, a los repugnantes meacolonias que creen que la Semana Santa es suya, de un reducido grupo de pijos insoportables, culpables, por acción u omisión de uno de los atentados más graves perpetrados en las últimas décadas.
El mensaje es inapelable y cruel: La Piedad molesta, y esa incomodidad podría costarle la supervivencia misma. La indiferencia y la hipocresía de quienes determinan su destino no solo resultan injustas: son moral y éticamente reprobables, dejando al descubierto la vergüenza de una Semana Santa que, en lugar de proteger a los humildes del yugo del poderoso, permite que su esfuerzo y dignidad sean pisoteados sin pudor.





