El cirineo | «¿No quieren hermanos costaleros? Pues toma hermanos costaleros»

Quizá sea un peculiar sentido de la justicia lo que provoca que me meta en los charcos más insospechados, aquellos que nada tienen que ver conmigo. Pero, ¿qué queréis que os diga? Me superan las injusticias, me enervan quienes hacen daño a sus semejantes, me revientan los mentirosos y me repugnan quienes son capaces de vender a su madre con tal de seguir ostentando el poder. Por eso suelo hablar alto y claro cuando me encuentro con situaciones de este calado. Ya sé, a estas alturas, que eso me granjea enemigos. Personajillos que se esconden tras el anonimato de las redes sociales, insultando a quien osa poner en su sitio a quien manda. Como sé que los gritos cobardes siempre hacen más ruido que el silencio de quien comparte tus argumentos y te felicita en privado porque sabe que lo que has dicho es la verdad. Lo sé y me la trae al pairo. Después de tantos años echándome al monte cuando ha tocado me tienen sin cuidado las amenazas y los insultos. Estoy curado de espantos y tengo la suficiente calle como para navegar en la tempestad sin inmutarme. Que le pregunten a antiguos adversarios, perdidos para siempre en el estercolero del ostracismo. Todos ellos pasaron. Y aquí seguimos algunos. Denunciando lo sea menester. De modo que, como he dicho en muchas ocasiones, no se cansen. No van a callarnos. Seguimos luchando contra molinos de viento, le pese a quien le pese y le joda a quien le joda.

Y conste que no me parece ilícito que haya hermandades donde los costaleros quitan y pongan hermanos mayores. No es un fenómeno nuevo, en absoluto, lleva pasando décadas, lamentablemente. Los costaleros, en la medida en que son hermanos tienen todo el derecho a votar, sólo faltaría. Mayor responsabilidad tienen, cuando ocurren episodios como el sucedido este domingo en la Esperanza, quienes pasan de la hermandad y jamás aparecen cuando se celebra un cabildo de elecciones. Siempre he dicho que los nazarenos son más numerosos que los integrantes de las cuadrillas. Si no imponen su «autoridad numérica» es porque, mayoritariamente, a los nazarenos les importa la hermandad menos a aún que a buena parte de las cuadrillas costaleras. Es obvio que muchos costaleros, cuando ejercen su derecho al voto, lo hacen por motivaciones que nada tienen que ver con el bien común de la hermandad sino por defender a su líder o incluso por seguir teniendo un chiringuito al que acudir para tomarse un buen cacharrazo o varios. ¿Que es cuestionable? Puede ser, pero no lo es más que el hecho de obligar a cientos de personas a hacerse hermanos, cuando la hermandad y sus titulares les importan un bledo, para tener una fuente de ingresos adicional cojonuda, en forma de cuota de hermano o papeleta de sitio, o para que soporten el peso de una cruz de mayo o una caseta de feria, que a veces parecen importar más que soportar el peso de la trabajaderas, que es para lo que realmente han venido. La fiebre de hacer crecer exponencialmente las cuadrillas de hermanos costaleros es el polvo del que procede este lodazal en el que nos hallamos.

Los costaleros deben hacerse hermanos exclusivamente cuando lo sientan en lo más hondo de su alma. Cuando amen a sus titulares por encima de a su capataz. Cuando estén dispuestos a ser considerados un hermano más, con los mismos derechos y las mismas obligaciones, ni más ni menos. Sin “peroles después de cada ensayo para que estén contentos y sigan viniendo”. Sin tener preferencia para entrar a ver a los titulares si llueve, porque soy costalero y soy especial, y si no me dejan entrar me quejo en voz muy alta tomándome una copa en el local de la esquina, mientras el resto del cortejo espera pacientemente su turno en el interior de la iglesia. Sin tener la exclusiva de llevar sobre sus hombros al Señor o a la Virgen en un Vía Crucis o un Rosario porque tienen el mismo derecho a hacerlo que cualquier otro hermano (o hermana, ruego disculpas por utilizar, por una vez en mi vida el desdoblamiento del lenguaje, pero quiero que en esto se me entienda a la perfección). Ensayos de preparación aparte, el trabajo del costalero empieza cuando la cofradía sale a la calle y concluye cuando regresa al templo. De lo contrario, estaremos perpetuando una distinción entre hermanos absolutamente injusta. Hermanos de primera y de segunda. Si el costalero quiere ser un hermano más, bienvenido sea. Si no, que se limite a hacer su trabajo y punto. Lo contrario deriva en situaciones patéticas como las vividas en varias hermandades cordobesas en las últimas décadas, no sólo en la Esperanza. Hermandades que cualquier cofrade cordobés, mínimamente metido en este mundillo, conoce a la perfección y puede identificar con escaso margen de error.

He leído dos comentarios en las últimas horas que han llamado poderosamente mi atención. Uno, con ciertas dosis de humor (un poco negro ruan), que decía: “¿no quieren hermanos costaleros? pues toma hermanos costaleros”. Otro, que afirmaba que “las cuadrillas de hermanos costaleros son el cáncer de las cofradías”. Si les soy sincero, mi «yo» de hoy está bastante de acuerdo con ambos comentarios. Y conste que un día, cuando era joven, inexperto e inocente (más o menos), fui defensor de este modelo. Sin embargo el tiempo me ha hecho cambiar de opinión radicalmente. ¡Qué razón tenía un capataz cordobés que discutió conmigo sobre este particular hace unos años! Tal vez, en un mundo idílico, con cientos (muchos cientos) de hermanos acudiendo en masa a votar porque les duele la hermandad mucho más que lo que les duele no salir de nazareno porque la lluvia hace acto de presencia, el modelo de hermanos costaleros no fuese tan nociva para las hermandades. Pero la realidad es la que es. Y luchar contra los votos de dos cuadrillas de 100 y 60, más sus familias y amigos es pelear contra un gigante prácticamente imbatible, y a las pruebas me remito. Otra cosa será analizar las consecuencias de lo votado, traducidas en el descrédito de la institución a la que dicen defender, que ha dado una imagen lamentable. Y, en ocasiones, una ausencia de gobierno que puede derivar en una junta gestora o algo mucho peor, en un inútil con la vara dorada en la mano. Por eso desde aquí animo al máximo responsable de la movilización a dar el paso al frente. Si no te gustaba la opción que tenías encima de la mesa, lo tienes muy fácil: ¡preséntate tú, chulo, échale lo que hay que tener! Así nadie podrá decir que todo lo movilizado ha sido para seguir apareciendo hecho un pincel dos o tres veces al año y que no te duele la hermandad de verdad. Que no lo has hecho por mantener un puesto sino porque «los nombres asociados de la junta de gobierno que hubiese emanado de las elecciones eran desconocidos». Algo que no se cree nadie, porque ha sido precisamente la difusión de uno de esos nombres lo que ha provocado todo esta tempestad.

Claro que no va a hacer falta, porque ya está el camino perfectamente trazado, candidato alternativo incluido. Y hay que reconocer que ha sido una jugada maestra. Dejamos que la rival se estrelle, nos la quitamos de en medio (y de paso a cualquier otro posible candidato «opositor», que no va a dejar que le partan la cara como se la han partido a la única que ha actuado con valentía en todo este bochornoso maremágnum) y en unos meses presentamos al candidato «amigo», que va a tener un montón de meses para diseñar un proyecto sin el verano de por medio. Un salvador de la patria, esperando en la penumbra para coger las riendas de la hermandad como un campeón. Puestos asegurados y todos contentos. Ni el mejor estratega lo hubiera planificado mejor. Lo triste ha sido la falta de respeto perpetrado contra hermanos de avanzada edad que hicieron un enorme esfuerzo para ir a votar, conscientes de la importancia de unas elecciones lamentablemente convertidas en una timba con las cartas marcadas. Y el daño causado a la corporación. Un daño incalculable que tendrá graves consecuencias en forma de fractura social que se perpetuará muchas años, quizá para siempre, y sé de lo que les hablo, amén del dolor personal infringido a quienes han sido destinatarios de furibundos ataques y despiadadas mentiras, que aman a la hermandad mucho más que buena parte de los peones que acudieron a votar en masa para defender a su capataz. Pero así nos va. Con hermandades despeñándose por el abismo de su autodestrucción mientras algunos seguimos navegando por un mar de nostalgia en el que la palabra hermandad aún significaba algo.


Foto: PacoRoman