El cirineo | Se lo ruego, don Jesús: necesitamos un obispo para tiempos nuevos, un pastor que realmente huela a oveja

La diócesis de Córdoba ha vivido una jornada profundamente trascendente con la solemne toma de posesión canónica de monseñor Jesús Fernández González como obispo titular de esta milenaria sede episcopal. En el corazón espiritual de la ciudad, la Santa Iglesia Catedral, han resonado los ecos de una liturgia rebosante de simbolismo y promesas, que no solo ha escenificado el inicio de un nuevo ministerio, sino que ha suscitado en no pocos cordobeses la esperanza de que algo verdaderamente nuevo pueda brotar en la Iglesia local.

Ocupar la cátedra de Osio, que siglos atrás restaurara Lope de Fitero no es un mero gesto ceremonial, sino una gravísima responsabilidad pastoral que exige discernimiento, valentía y limpieza de corazón. La diócesis no necesita un gestor de silencios ni un administrador de solemnidades estériles. Córdoba precisa de un pastor que venga a purificar, a ordenar la casa común de los fieles, a mirar de frente las sombras enquistadas y, sobre todo, a abrir puertas allí donde durante demasiado tiempo se han alzado muros de incomprensión, elitismo y desdén.

Le ruego que escuche, especialmente, a quienes le digan lo que otros callan; que no desprecie la crítica honesta ni las voces disonantes

Por ello, como director del humilde medio de comunicación que tengo el privilegio de encabezar —Gente de Paz—, me atrevo a rogarle, con la libertad de quien no debe su voz a los oropeles del incienso ni a las adulaciones vacías, que no permita que lo engañen aquellos que ya hoy le colman de palabras ampulosas y loores impostados. Porque esos mismos, que ahora lo nombran con afectación y se postran entre alabanzas, son quienes lo abandonarán sin rubor cuando sientan que su autoridad puede contrariar sus intereses personales o institucionales. Nada hay más volátil que el incienso del poder, ni más frágil que la lealtad de quienes han hecho de la Iglesia un instrumento de escalada personal.

Le ruego que escuche, especialmente, a quienes le digan lo que otros callan; que no desprecie la crítica honesta ni las voces disonantes, porque solo desde la verdad desnuda podrá construirse una diócesis verdaderamente sinodal, ministerial y misionera, como usted mismo ha esbozado con claridad meridiana en su homilía.

Le pido que no pierda de vista la importancia axial de la religiosidad popular en el entramado espiritual y cultural de Andalucía. Lejos de ser un mero folclore de báculos y ciriales, las Hermandades y Cofradías encarnan una vía auténtica de evangelización, de catequesis viva, de presencia del Evangelio en los márgenes donde muchas veces no alcanza la acción pastoral oficial, anquilosada por una lógica jerárquica desconectada del pueblo

Y si me permite una confidencia: espero que acabe, de una vez por todas, con la injusta censura que nuestro medio lleva padeciendo desde años por parte de quienes se han visto molestos cuando hemos perjudicado el negocio que un día levantaron ungido en el seno eclesial, al que algunos —hoy próximos a usted— aún perpetúan con un silencio tan culpable como ominoso. Pocos han defendido la dignidad de la Iglesia cordobesa como lo ha hecho —con medios humildes y sin más escudo que la verdad— este espacio de libertad llamado Gente de Paz.

Como cofrade, le pido que no pierda de vista la importancia axial de la religiosidad popular en el entramado espiritual y cultural de Andalucía. Lejos de ser un mero folclore de báculos y ciriales, las Hermandades y Cofradías encarnan una vía auténtica de evangelización, de catequesis viva, de presencia del Evangelio en los márgenes donde muchas veces no alcanza la acción pastoral oficial, anquilosada por una lógica jerárquica desconectada del pueblo. No permita que quienes visten hábito pero traman desde la soberbia y el afán de poder sigan destruyendo la credibilidad de la Iglesia. Su misión, si ha de ser fecunda, debe centrarse en iluminar el alma del pueblo, no en utilizarlo como peldaño para el ascenso personal.

Le imploro que no se fíe de los cortesanos, de quienes con tono rimbombante le saludan como «don» entre sahumerios y coros polifónicos, porque esos mismos, sin dudarlo, lo traicionarán a la primera oportunidad, como ya han hecho con su antecesor. Escuche a todos, pero atienda con particular empeño a quienes tienen el coraje de decirle lo que otros se empeñan en silenciar. Haga cuanto esté en su mano para que la Iglesia de Córdoba sea verdaderamente la casa de todos, y no solo de los poderosos, de quienes se postran ante el altar pero adoran al becerro de oro. Que la comunidad eclesial no sea refugio de élites sino escuela de fraternidad, en la que no cuente más el apellido, el cargo o la cercanía a determinados círculos, que la autenticidad del testimonio cristiano.

He de confesarle que en su primera homilía he hallado no solo ecos del Evangelio, sino también signos inequívocos de que algo nuevo puede comenzar a germinar en esta diócesis tantas veces mancillada por la rutina, el clientelismo y la postergación de los últimos. Sus palabras, medidas y serenas, no han sido un mero discurso de bienvenida: en ellas se ha percibido el aliento de lo profético, la voluntad de purificación, el anhelo de comunión verdadera.

Salga a la calle, que le vean los cordobeses, los mayores y los niños, que las hermandades sientan su presencia real y física. Mézclese con su rebaño para oler a oveja. Queremos verle entre nosotros, en nuestros actos, en la calle, con nuestras hermandades… queremos verle, necesitamos tenerle

Cuando afirmó que desea una Iglesia sinodal, no pude evitar sentir una punzada de esperanza. Porque esa sinodalidad que usted proclama no parece, al menos en su formulación, un recurso retórico, sino un principio que puede fecundar estructuras anquilosadas, permitir la escucha de los silenciados y abrir caminos donde antes solo hubo pasillos cerrados. Si realmente quiere impulsarla, sabrá que no será tarea fácil, pero también sabrá que no hay renovación sin riesgo.

Al hablar de una Iglesia ministerial, reconoció que la vida de la comunidad eclesial no se agota en el presbiterio ni en las instancias de gobierno, sino que se enriquece con la diversidad de carismas que el Espíritu suscita. Que dijera —con franqueza— que “el obispo sin sus sacerdotes no será nada”, fue un gesto de humildad. Pero permítame ampliarlo: tampoco será nada sin los catequistas que siembran en lo cotidiano, sin los laicos que cargan con la cruz de cada día, sin los religiosos anónimos que sostienen en la oración lo que el mundo olvida, sin los pobres que, aun sin saberlo, evangelizan con su clamor.

También habló de las Hermandades y Cofradías, y lo hizo con una claridad poco habitual. Las señaló como columna vertebral del catolicismo popular cordobés. Si verdaderamente cree en ese papel vertebrador, sabrá que no basta con enaltecerlas en lo simbólico: hará falta protegerlas de quienes las utilizan como plataforma de poder, de quienes las vacían de Evangelio para llenarlas de ideología o conveniencia. Si quiere que sigan siendo cauce de fe y no caricatura de religiosidad, deberá acompañarlas con exigencia evangélica.

Cuando expresó que la Iglesia no puede encerrarse en sus templos, sentí que tocaba usted una de las llagas más profundas de esta diócesis: el ensimismamiento, el temor al mundo, la pérdida del impulso misionero. Porque hace tiempo que demasiadas comunidades han cambiado el ardor apostólico por una piedad sin horizonte, y los templos han dejado de ser hospital de campaña para convertirse en fortalezas litúrgicas donde se teme al que no encaja. Salga a la calle, que le vean los cordobeses, los mayores y los niños, que las hermandades sientan su presencia real y física. Mézclese con su rebaño para oler a oveja. Queremos verle entre nosotros, en nuestros actos, en la calle, con nuestras hermandades… queremos verle, necesitamos tenerle.

Si verdaderamente desea ser pastor y no gerente, si aspira a levantar una Iglesia más transparente, más pobre y más fraterna, no le faltarán adversarios. Pero tampoco le faltarán corazones dispuestos a secundar ese proyecto

Sus palabras sobre las comunidades contemplativas, los laicos y las nuevas realidades eclesiales no pasaron inadvertidas. Usted dijo que todos debemos ser “levadura de fraternidad en medio de la masa”, y no pude dejar de pensar en cuánto fermento ha sido sofocado en esta Iglesia por estructuras que no saben acoger, por clérigos que no saben escuchar, por agendas que temen la novedad del Espíritu.

Pero fue, sin duda, cuando habló del amor cristiano como fuerza transformadora, cuando más nítidamente percibí que sus palabras no eran retórica sino compromiso. No apeló al amor como simple consigna, sino como exigencia. Un amor que consuela, sí, pero también un amor que incomoda; un amor que abraza, pero también que desenmascara; un amor que no teme expulsar a los mercaderes del templo cuando la casa de Dios se convierte en cueva de intereses.

Si verdaderamente desea ser pastor y no gerente, si aspira a levantar una Iglesia más transparente, más pobre y más fraterna, no le faltarán adversarios. Pero tampoco le faltarán corazones dispuestos a secundar ese proyecto. Porque esta diócesis está sedienta. Porque hay fieles que siguen esperando que alguien, desde el centro, se atreva a mirar a las periferias no como amenaza sino como lugar teológico. Y porque muchos, aun heridos, no hemos dejado de creer que es posible otra manera de ser Iglesia.

Por eso, le doy las gracias. Porque en sus primeras palabras he visto no una solución mágica —eso no existe—, sino una oportunidad. Una posibilidad real de que las piedras griten, de que los ídolos se desplomen, de que vuelva a correr el agua viva por cauces agrietados. A esa posibilidad, que no es ingenuidad sino fe lúcida, me acojo. Y con ella espero.


Foto: Diócesis