No será difícil, sino más bien todo lo contrario, ver en el expresivo rostro del Cristo que ilustra este artículo evidentes semejanzas con el Santísimo Cristo de la Expiración de la hermandad cordobesa del mismo nombre. Los grandes ojos de mirada elevada al cielo en un último aliento, la boca entreabierta, la barba bífida, la inclinación de la cabeza o el mechón de pelo que descansa, caprichoso, sobre el hombro izquierdo del Señor. Todo eso sin entrar a valorar otra serie de aspectos anatómicos como el tenso encorvamiento de la espalda o la forzada postura del cuello amén de otros detalles como la fisonomía del torso – especialmente en lo relativo al pecho y las costillas – y las de las piernas.
Esta hermosa imagen, de gran dramatismo, no era otra que la conocida bajo la advocación del Santísimo Cristo de la Agonía, realizada en el remoto siglo XVII nada menos que por el insigne imaginero Pedro de Mena, quien también diese forma al célebre Cristo de la Buena Muerte de Málaga, el cual, tristemente, corrió la misma mala suerte que este agonizante crucificado, siendo trágicamente destruido en el año 1931.
De mis palabras, cabe comprender que la sinrazón se cebó también con el Cristo de la Agonía de Alcalá de Henares, escribiendo uno más de los muchos oscuros capítulos que hubo de sufrir la imaginería española. Sin embargo y a pesar de los hechos de los que fue víctima el crucificado de Mena, la documentación ha hecho posible que la comunidad cofrade haya podido llegar a conocer con más o menos profundidad a la bella efigie, realizada en madera policromada y caracterizada en su hechura por el llamativo contraposto así como por los magistrales pormenores de su anatomía que ya mencionaba anteriormente.
La talla del Santo Cristo de la Agonía parecía aunar en su rostro la paz alcanzada tras el martirio sufrido con el dramatismo indiscutible y propio del momento que representa. Se hallaba el crucificado sobre una cruz elaborada con tablones planos de madera, cuya estética se completaba con las cantoneras propias y el tradicional titulum sobre la cabeza del Señor.
Gracias al historiador complutense, Miguel de la Portilla y Esquivel, y a su “Historia del Compluto”, redactada en 1725, se ha podido conocer más datos de la para nosotros desconocida y entonces reciente obra:
Ay en la Iglesia de los Padres una Imagen milagrosa del Santo Christo de la Agonía, que es tradición, la trabaxó el celebrado artífice Mena; y son maravillosos los Sermones que predican estos Religiosos, en los misereres de los Domingos de Quaresma, que se cantan, colocando al devotísimo Crucifixo en el Altar Mayor.
Fue Pedro de Mena el imaginero por excelencia de la famosa escuela granadina, con una gran formación a sus espaldas, obtenida gracias sin duda alguna a las innegables influencias de su padre, el también escultor Alonso de Mena, y de su maestro y mentor Alonso Cano, dejando consigo una valiosa obra de la que se beneficiaron principalmente las ciudades de Madrid, Granada y, cómo no, Málaga.
En el caso concreto de Alcalá de Henares, las diversas teorías en cuanto a la relación del artista con ese escenario, apuntan a un detonante posiblemente producido en 1662, fecha en la que Pedro de Mena se desplazó hasta Madrid para profundizar en el estudio de la producción de Alonso Cano a la vez que aprovechaba la oportunidad para darse a conocer entre la aristocracia más influyente. Propósito que el admirado imaginero debió ver convertido en realidad cuando le fue encargada una imagen de San Francisco de Asís para la monumental Catedral de Toledo.
Esos antecedentes, han sido suficientes para que no pocas personas piensen que el prelado fuese un pilar y vínculo fundamental para que se produjese el definitivo acercamiento con Alcalá de Henares, que daría como fruto no solo al Santísimo Cristo de la Agonía sino también a dos dolorosas, un Ecce Homo y dos altorrelieves que se conservan en el conocido como Convento de las Carmelitas de Afuera.
Según el fragmento extraído de la obra de Miguel de la Portilla y Esquivel, se ha tenido constancia de que los padres a los que se refiere no son otros que los clérigos regulares menores del Colegio-Convento de San José, también conocidos como los Caracciolos. Así, el colegio de Alcalá, quedaría fundado en 1604, cerca del Colegio-Convento de San Cirilo de los Carmelitas Descalzos, trasladándose más tarde a lo que actualmente es la Facultad de Filosofía y Letras. Para cuando Pedro de Mena llegó a Madrid, la iglesia del colegio estaría a punto de concluirse, ya que en 1662 fue cuando se llevó a cabo la apertura al culto del edificio y también el traslado del Santo Cristo de la Agonía.

Tras la llegada del crucificado y a petición de los Padres Caracciolos, se procedería a la fundación de una cofradía de esclavitud ya con la advocación del Cristo de la Agonía, hecho sumado a su fama de milagroso sirvió para que la devoción al Santísimo Cristo se extendiese con asombrosa rapidez por Alcalá de Henares. Tanto fue el fervor que el pueblo alcalaíno profesó a la imagen de Pedro de Mena, que esta se convirtió en la protagonista absoluta de la estación de penitencia realizada en cada Madrugada del Viernes Santo hasta el año de 1762, fecha en la que las desavenencias surgidas entre la cofradía y los religiosos provocaron la interrupción de los desfiles procesionales. Sin embargo, algunos cofrades, que no estaban dispuestos a conformarse con lo sucedido, se pusieron en marcha con los miembros de la Hermandad del Cristo de los Doctrinos para poder llevar a esta imagen a la calle, hecho que se llevó a la práctica tan solo un año después.
Pero la historia del Cristo de Pedro de Mena no había quedado ahí, puesto que en 1791 algunos antiguos hermanos de la Cofradía del Cristo de la Agonía deciden refundar la corporación llegando a un acuerdo con los Padres Caracciollos, logrando que el crucificado volviese a salir en procesión hasta la invasión francesa.
Décadas más tarde, en 1836, la desamortización de Mendizábal supuso la exclaustración de los Caracciolos, lo que a su vez se tradujo en el traslado del Cristo de la Agonía al Convento de Santa Úrsula de Franciscanas Concepcionistas. Una vez allí, la admirable talla volvió a realizar estación de penitencia seguida de la Virgen de los Dolores, iniciando así una costumbre que comenzó a mediados del siglo XIX y tocó a su fin en 1931, momento en que quedaron suspendidas las procesiones propias de Semana Santa.
Aun así, la imagen permaneció en el Convento de Santa Úrsula de Franciscanas Concepcionistas hasta la llegada del trágico 27 de febrero de 1937, fecha en la que unos cuantos milicianos se adentraron en el monasterio con la intención de saquearlo. Una vez allí, descolgaron la imagen, mofándose del crucificado ante las hermanas, para después conducirlo hasta el Cuartel del Carmen, donde fue despedazado y finalmente quemado, acabando así con una obra tan valiosa y representativa de la escuela granadina como fue el Santo Cristo de la Agonía de Pedro de Mena.
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