El gran acontecimiento de la religiosidad popular andaluza de 2026: la venida de la Virgen del Rocío, liturgia mayor de un pueblo y su memoria

De los múltiples acontecimientos que trufarán el calendario de la religiosidad popular en el año 2026, que está a punto de comenzar, probablemente el más trascendental se producirá en el ámbito rociero, cuando la Virgen del Rocío recorra las tres leguas que separan la aldea que lleva su nombre y el pueblo del que es Reina y Señora: Almonte. Este traslado -la venida-, fijado para el 19 de agosto de 2026, reactiva una tradición que, aun siendo secular en su origen, adquirió su periodicidad septenal en 1949, cuando se estableció que la imagen sería llevada a Almonte cada siete años tras el Rocío Chico, permaneciendo allí nueve meses antes de regresar a su Santuario dos semanas antes de la Romería.

La historia documentada del rito se remonta al año 1607, cuando la Virgen fue trasladada a Almonte por una grave sequía el 21 de abril. Y la memoria colectiva conserva episodios de excepcional intensidad, como el año 1738, en el que la imagen fue llevada al pueblo tres veces, signo elocuente de la profunda relación entre la comunidad almonteña y su devoción mariana. También se sabe que, ante epidemias, guerras, sequías, malas cosechas o hambre, la Virgen era conducida a la parroquia de la villa para recibir cultos y rogativas antes de ser devuelta a la ermita. Cabe recordar, al fin, que la última pandemia que asoló el mundo, coincidió con la estancia de la Virgen en Almonte.

El camino que une la aldea y Almonte —unos 15 kilómetros, equivalentes a las tradicionales tres leguas— discurre por los históricos senderos de Los Llanos y Los Taranjales, por donde los almonteños han portado a hombros la imagen durante generaciones. Al atardecer, tras el esperado salto de la reja, la Virgen inicia su marcha cubierta con un velo o capote que la protege del polvo del camino. La noche entera se convierte en un escenario ritual: hogueras dispersas iluminan el trayecto, el campo se abre como un espacio sagrado previamente determinado, y el itinerario —invariable cada siete años— se transforma en una auténtica geografía devocional.

Hacia las 6:00 de la mañana, la comitiva alcanza el Chaparral, donde la imagen es depositada sobre un gran altar. Allí, en el Alto del Molinillo, se cumple uno de los momentos más cargados de simbolismo: cuando el primer rayo de sol ilumina el rostro de la Virgen, las camaristas retiran el velo y el pañito, mientras cientos de trabucos y escopetas disparan salvas en su honor, como si la luz naciente y el estruendo de la pólvora sellaran la renovación del vínculo entre la imagen y su pueblo.

Tras el amanecer, la procesión se reanuda hacia el núcleo urbano. La llegada suele producirse entre las 10:00 y las 11:00, aunque las horas son aproximadas debido a las paradas nocturnas. La Virgen avanza entre vivas, aclamaciones y muestras de júbilo, acompañada por los adornos florales que, según la tradición, portan las “abuelas almonteñas”, depositarias de una herencia devocional transmitida de generación en generación. Las calles del pueblo, engalanadas con exornos que constituyen auténticas catedrales efímeras de madera y papel —arcos triunfales, templetes, columnas de estilos arquitectónicos diversos—, se convierten en un escenario solemne que subraya la grandeza del acontecimiento.

Una vez en la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, la imagen presidirá un prolongado ciclo de cultos. Durante estos nueve meses, se sucederán las peregrinaciones de las hermandades filiales, el rezo nocturno de la Salve y una novena preparatoria para Pentecostés. La despedida se celebrará con una procesión por las calles del centro del pueblo, donde la Virgen recorrerá el trazado urbano vestida de Reina antes de emprender el camino de regreso a su Santuario.

Y así, en este año 2026, el traslado de la Virgen del Rocío se erige no solo como la actualización de una memoria secular, sino como el acontecimiento que, por su hondura simbólica, su raigambre histórica y su capacidad de convocar a miles de devotos, se perfila como la gran cita de la religiosidad popular andaluza, un hito mayor que volverá a inscribir en el tiempo la alianza entre un pueblo y la imagen que lo acompaña desde hace siglos.