El hilo de Ariadna | La honestidad como última forma de decencia

La honestidad constituye una de esas virtudes cuya importancia suele proclamarse con mayor entusiasmo precisamente allí donde más se la vulnera. Desde los tratados morales de la Antigüedad hasta las tribunas contemporáneas, el ser humano ha encontrado en ella una palabra de prestigio, un concepto capaz de ennoblecer cualquier discurso y una credencial con la que revestir de respetabilidad las conductas más dispares. Sin embargo, entre profesar una virtud y ejercerla media un abismo que ninguna retórica puede salvar. La honestidad no consiste en la mera exhibición de una rectitud conveniente, ni en esa pulcritud impostada que se mantiene mientras no compromete intereses, amistades o ambiciones. Consiste, por el contrario, en la fidelidad a unos principios cuando su cumplimiento deja de resultar cómodo; en la capacidad de renunciar a una ventaja cuando obtenerla exige sacrificar aquello que uno afirma defender. Integritas, decían los latinos, para designar esa integridad que no admite componendas con la propia conciencia. Y acaso sea ahí, en ese territorio silencioso donde nadie aplaude y casi nadie mira, donde se distingue verdaderamente al hombre honesto de quien únicamente ha aprendido a representar su papel.

La deshonestidad rara vez se presenta con el rostro inequívoco de la infamia. Su estrategia es bastante más sutil: se disfraza de pragmatismo, se ampara en la excepcionalidad de las circunstancias y encuentra siempre una explicación que convierte la transgresión en una necesidad, cuando no en un acto de inteligencia. Quien quebranta una regla suele reservar para sí mismo una indulgencia que jamás concedería a sus competidores; quien exige lealtad se considera eximido de practicarla cuando aparece una oportunidad más rentable; quien reclama respeto invoca, llegado el momento, una libertad que niega a los demás. Así se construye esa arquitectura de justificaciones en la que la conciencia termina convertida en una oficina de asesoramiento para los intereses particulares. Quod licet Iovi, non licet bovi: lo que se permite a Júpiter no se permite al buey. La vieja sentencia expresa una tentación que atraviesa los siglos: la de establecer dos códigos morales, uno severísimo para juzgar al prójimo y otro extraordinariamente flexible para absolverse a uno mismo. Pero la honestidad no admite semejante privilegio. No puede depender de quién comete la falta, de cuánto poder acumula quien la protagoniza ni de la simpatía que despierte entre quienes contemplan sus consecuencias. Una regla que solo se respeta cuando beneficia a quien la invoca no es un principio: es una herramienta de conveniencia.

En ningún ámbito profesional resulta tan importante comprender esta distinción como en el periodismo, cuya razón de ser descansa sobre una relación delicada entre la verdad, la responsabilidad y la confianza. Las fuentes no son simples depósitos de información a disposición de quien pretende obtener una exclusiva, sino interlocutores que, en muchas ocasiones, facilitan datos, documentos, testimonios o valoraciones bajo unas condiciones concretas, con la expectativa legítima de que sean respetadas. La independencia del periodista no significa que todo compromiso adquirido deba aceptarse sin discernimiento, ni que una fuente pueda imponer una censura arbitraria sobre aquello que merece ser publicado. Significa, más bien, que la libertad informativa ha de ejercerse con responsabilidad y que los acuerdos explícitos, las confidencias y las reglas previamente establecidas no pueden quebrantarse de manera oportunista para obtener una ventaja. Quod licet Iovi, non licet bovi: la máxima latina vuelve a iluminar la tentación de aplicar criterios distintos según quién resulte beneficiado. Traicionar a una fuente, vulnerar deliberadamente las condiciones pactadas o utilizar la confianza ajena como trampolín para el lucimiento propio constituye una conducta difícilmente conciliable con la deontología profesional. Y cuando esa transgresión se comete para adelantarse a otros medios que sí han respetado las reglas, el perjuicio desborda la relación entre dos interlocutores: alcanza a todo un ecosistema informativo que necesita un mínimo de lealtad para funcionar. Οὐκ ἐν τῷ λόγῳ, ἀλλ’ ἐν τῷ ἔργῳ: no en la palabra, sino en la obra. La máxima griega recuerda que la ética no se demuestra mediante declaraciones solemnes sobre el compromiso con la profesión, sino a través de decisiones concretas, especialmente cuando nadie obliga a tomarlas correctamente.

La prensa cofrade tampoco permanece al margen de estas miserias, por mucho que su objeto de atención esté revestido de incienso, solemnidad y referencias permanentes a valores cristianos. En un ámbito donde las relaciones personales son estrechas, las fuentes pertenecen con frecuencia al mismo universo humano sobre el que se informa y la confianza constituye una herramienta esencial de trabajo, la falta de honestidad puede adquirir consecuencias particularmente perniciosas. Resulta censurable que determinados profesionales traicionen a quienes les han facilitado información, incumplan las reglas acordadas o se sirvan de la discreción ajena para publicar aquello que otros medios se comprometieron a reservar, mientras estos últimos quedan expuestos a una desventaja que no nace de su falta de diligencia, sino de haber respetado su palabra. La competencia periodística debe librarse con investigación, rigor, capacidad de análisis y rapidez, no mediante la vulneración de los compromisos que permiten a los demás trabajar en condiciones razonables de confianza. No hay mérito profesional en aprovecharse de la rectitud ajena, del mismo modo que no existe verdadera independencia cuando la exclusiva se obtiene a costa de una promesa deliberadamente incumplida. Y conviene distinguir, con toda la claridad necesaria, entre el ejercicio legítimo de la información —que exige libertad para contrastar, preguntar y publicar— y la conducta de quien convierte esa libertad en una coartada para ignorar las reglas que aceptó voluntariamente. El periodismo cofrade necesita competencia, desde luego, pero también necesita dignidad; necesita medios capaces de ofrecer información propia, pero no a costa de normalizar prácticas que terminan castigando precisamente a quienes se conducen con mayor escrúpulo. Quien perjudica conscientemente a otros profesionales mediante la traición de sus fuentes no solo compromete su propia credibilidad: contribuye a degradar la confianza de la que depende el conjunto de la prensa cofrade.

Y es precisamente en las hermandades donde esta reflexión adquiere una dimensión que trasciende lo meramente profesional para adentrarse en el terreno de la coherencia moral. Las corporaciones penitenciales y letíficas se sostienen sobre un patrimonio espiritual que no pertenece exclusivamente a quienes ocupan sus cargos, sino que se transmite entre generaciones de hermanos y se proyecta sobre una comunidad que reconoce en ellas una forma de devoción, memoria e identidad compartida. Por eso resulta especialmente contradictorio que, en espacios consagrados a la humildad, la caridad y la fraternidad, puedan abrirse paso comportamientos dominados por la ambición, el cálculo, la deslealtad o el deseo de imponerse a cualquier precio. Las medallas no certifican la virtud, los cargos no conceden superioridad moral y la cercanía a una imagen sagrada no garantiza que quien la contempla haya aprendido algo de cuanto representa. Tampoco basta con pronunciar discursos sobre la hermandad cuando, a la hora de la verdad, se anteponen las conveniencias personales al bien común o se reclama para uno mismo una honestidad que se niega a los demás. Noblesse oblige: la posición, el prestigio y la responsabilidad obligan, en lugar de dispensar de las obligaciones. Quizá convendría recordar que la verdadera grandeza de una hermandad no se mide únicamente por la magnificencia de sus cultos, la calidad de su patrimonio o el esplendor de sus estaciones de penitencia, sino también por la conducta de quienes la gobiernan y por la manera en que sus hermanos se relacionan entre sí. Al final, la honestidad no necesita estridencias, ni proclamas, ni una permanente exhibición pública de virtud. Necesita hechos, constancia y una conciencia capaz de resistir la tentación de obtener beneficios a costa de los demás. Porque una cofradía puede custodiar tesoros artísticos de valor incalculable y, sin embargo, empobrecerse moralmente si olvida que la primera obra de caridad consiste en no traicionar la confianza recibida. Y acaso la prueba definitiva de la decencia, dentro y fuera de las hermandades, sea esta: hacer lo correcto incluso cuando incumplirlo reportaría una ventaja, cuando nadie podría demostrar la falta y cuando la única recompensa por mantener la palabra fuera la tranquilidad de saber que uno no ha tenido que vender su conciencia para salir vencedor.