Advertisements
Córdoba, El Cirineo, Opinión, Sevilla

El momento de volver a ser niños

Ya comienza a difuminarse por la lejanía la espalda de Baltasar, como cada año ansían con fruición que ocurra los cofrades más jartibles del mundo mundial y con su regia silueta perdiéndose en la memoria sobrevenida, comienza a dibujarse en el horizonte de nuestros sueños la materialización de todos aquellos anhelos que tantas veces intentamos acariciar con la punta de los dedos, al compás fascinante de cornetas y tambores que se repite hasta el hartazgo en videos de YouTube o en virtud de una revisión casi interminable de las fotos de los años que nos precedieron. Y es que los cofrades somos así, vivimos inmersos en un maravilloso círculo eterno e imperturbable de acontecimientos que se suceden hasta el infinito y que configuran buena parte de la idiosincrasia que hemos ido configurando al son cadencioso que marca el clickeo de un ratón.

En apenas unos días las calles volverán a preñarse del inconfundible sonido del racheo de zapatillas entremezclado con el son enlatado de miles de discos de Cigarreras o de Tres Caídas de Triana, con el que sueña todo joven costalero que se precie y quién más quién menos imaginará que se encuentra bajo las trabajaderas de San Gonzalo o quizá del misterio de la Amargura, entrando en Campana, para gustos los colores. En algún rincón de las casas de hermandad alguien comenzará a preparar la plata para que luzca en toda su plenitud cuando la luna de Nisan gobierne en el impecable firmamento de Andalucía y las madres y las abuelas, que me perdonen las ultrafeministas, volverán a abrir ese armario que se abre cada año exactamente en el mismo instante, que solamente mi amiga Nuria Barrera fue capaz de plasmar en toda su dimensión, y que da sentido a nuestra primavera. 

La pre Cuaresma ha llegado, como siempre, repentinamente… sin que nadie la llame aunque muchos la esperen, para quedarse entre nosotros durante unas interminables semanas en las que las marchas y el incipiente aroma del azahar y del incienso se alternarán con las coplas de carnaval que llegarán desde la Tacita de Plata para encontrar acomodo en un hueco de nuestros suspiros mientras nos preparamos para mirar cara a cara al Hijo de Dios. Así es Andalucía, la auténtica, no la que se empecina en hacernos creer que existe la televisión de los socialistas o las repugnantes series televisivas que continúan ridiculizando nuestra esencia con los típicos tópicos de pandereta, la que ama profundamente sus tradiciones y no se avergüenza del capirote y el esparto, ni huye de su memoria miserablemente acomplejada de quienes odian lo que somos porque jamás fueron capaces de controlar lo que fuimos.

Y se multiplicarán los triduos y los quinarios, los Vía Crucis y los pregones, la presentación de carteles, los estrenos de marchas, los conciertos interminables, los besamanos y las fiestas de regla… y los pasos de palio empezarán a ocupar un lugar de privilegio en los templos mientras el olor a cera derretida se fundirá con los recuerdos de todos aquellos que se fueron. Y los que odian nuestra esencia, volverán a ladrar en las esquinas, como auténticas meretrices, para volver a evidenciar, por si alguien albergaba alguna duda, hasta qué punto nos odian y lo felices que serían si no existiéramos, mientras su voz quedará ahogada como siempre a medida que la bulla vuelva a reconquistar el lugar que le corresponde bajo el cielo de la primavera en que se convertirá este frío inmisericorde que nos mantiene a la expectativa.

Y antes de que nos demos cuenta, la rampla del Salvador volverá a estar donde debe, mientras en su interior cada niño recibe su cirio con la misma ilusión con la que se abren los ojos cuando amanece la mañana de Reyes inundándolo todo de magia. Y los corazones comenzarán a agitarse deshojando las hojas del calendario imaginario que se atesora en nuestras almas y que cada año culmina la mañana en la que Andalucía estrena sonrisa. Y el alma contendrá la respiración en el preciso instante en el que nos levantemos mirando al cielo del Domingo de Ramos, con el corazón encogido, y el deseo inconfesable de que el cielo azul purísima no se vea mancillado con mancha alguna que pueda alterar ni por un instante la felicidad más absoluta.

Será entonces, exactamente entonces, cuando una sonrisa infantil se dibuje en nuestros corazones con la seguridad de que nuestro suelo se ha convertido en el mismísimo paraíso por obra y gracia de nuestras tradiciones imperecederas. Será el momento en el que la magia desterrará durante siete maravillosos días las tribulaciones de la lucha cotidiana y nos abandonaremos a un conmovedor frenesí de sueños cumplidos mientras reflejamos nuestras pupilas en la mirada de nuestra herencia. Será el momento de volver a ser niños, el momento en que se convertirán en realidad los sueños que ahora nos toca soñar.

Advertisements

Suscríbete

Introduce tu correo electrónico para recibir todas las novedades. 


Powered by WordPress Popup

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para más información. ACEPTAR
Aviso de cookies