Miradas bajo el cubrerrostro, 💙 Opinión

El nazareno, protagonista olvidado

Tras la Cruz de Guía, comienzan a salir de la iglesia las filas de nazarenos, portando la Luz, la Cruz o las Insignias de la Cofradía, que componen el discurrir de la procesión. Con su hábito, del color y tejido que sea, pero desde el anonimato que el cubrerrostro proporciona, formamos el cuerpo más numeroso de la Hermandad en la calle. Somos el testimonio de la Fe en Jesucristo y de la Comunidad Cristiana que sigue su Evangelio.

Creo importante proyectar el foco de nuestra atención en ese cuerpo de Nazarenos que acompañan a nuestras Veneradas Imágenes, reflejo de la Pasión de Nuestro Señor y del Dolor de su Madre; pues no siempre advertimos en ellos.

El Nazareno es el símbolo del peregrino que transita por la vida hacia la Jerusalén celeste que nos espera a todos cuando lleguemos a la meta de nuestra estancia en la Tierra. Y en el Nazareno deben reflejarse los rasgos y características de todo buen  cristiano: la humildad, la sencillez, la discreción, e incluso el desprecio de los demás. Quiero que se entienda esto último y nos preguntemos cuántas veces hemos estado viendo un desfile procesional, ignorando a todos los penitentes y sólo esperando que lleguen los pasos, dejando de lado todo el cortejo que los antecede. Cuántas veces vivimos el momento como el único importante al escuchar esa frase tan repetida: “ya se ven los ciriales”. Cuántas veces ponemos cara de desdén al saber que la próxima Cofradía en llegar trae tantos nazarenos…

Como Nazareno he vivido muchas anécdotas en mis más de 30 años bajo un capirote. Algunas quedan en mi recuerdo, como al pasar junto a algún conocido, o ante un grupo de desconocidos, y presenciar conversaciones más o menos subidas de tono, o totalmente indiscretas, o que pretendían quedar en la confidencialidad de quien habla y quien le escucha; pero sin advertir que ese Nazareno sin rostro que pasa a menos de un metro de ellos también tiene oídos y, quién sabe, hasta puede que conozca del tema en cuestión… Pero otras quedarán para siempre en mi corazón como un golpe de dolor que se inflige gratuita e innecesariamente a mis hermanos que, en silencio, bajo su anonimato, con su promesa de abandono a una realidad que transcurre mientras procesionamos, han sufrido las bromas, desprecios o golpes de quien se siente cofrade ejemplar a la espera de la llegada de los pasos procesionales. Situaciones que no he visto con costaleros o miembros de bandas de música. ¿Acaso quien viste una túnica y cubre su rostro no es una persona igual que quien porta bajo un costal a Nuestro Señor o a su Bendita Madre? ¿Acaso quien porta su cirio o su cruz no tiene los mismos sentimientos que quien aporta su grano de arena con su corneta o tambor?

Cuando veamos un desfile procesional, sea cuando sea, pensemos que una procesión sin nazarenos tiene el mismo sinsentido que un desfile sin Imágenes. Que es una manera tan necesaria e importante de acompañar a nuestros Sagrados Titulares como siendo sus pies por las calles, o como siendo sus músicos al desfilar.

Por todo lo anterior, y esperando haber conseguido que pensemos por un momento en esa persona anónima, sin edad, sexo, posición social (porque el hábito nazareno nos iguala a todos), he querido sacar de ese olvido al Nazareno de nuestras Hermandades. Ése a quien esta situación que vivimos desde hace meses ha dejado en el olvido. Ése en quien nadie piensa cuando se habla de suspensión de ensayos de bandas o de sacar los pasos a la calle con ruedas. Ése que vive su Fe y su Devoción en el silencio de su cubrerrostro, y aspira a llegar a la Gloria Eterna vistiendo su túnica. Y así peregrinar en el Cielo como lo hizo en la Tierra.

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