La Iglesia del Juramento de San Rafael acogió la solemne Eucaristía en honor al Custodio de Córdoba, presidida por el obispo diocesano, monseñor Jesús Fernández, en una jornada marcada por la devoción, la reflexión espiritual y la participación de autoridades civiles, militares y representantes de colegios profesionales y asociaciones estrechamente vinculadas a la figura del arcángel. La celebración incluyó la tradicional ofrenda floral de la Policía Local, gesto que simboliza el compromiso de la ciudad con su protector celestial.
Durante la homilía, el prelado centró su mensaje en la lucha entre el bien y el mal, advirtiendo del riesgo que supone “banalizar el mal y creer que es bueno lo que en realidad es dañino”. Partiendo de los textos sagrados, recordó que la festividad de San Rafael es también una ocasión para contemplar la misericordia y la compasión de Dios, que se manifiestan a través de sus ángeles, “guías, custodios y curadores” de la humanidad.
Evocando el pasaje evangélico de la piscina cuyas aguas curativas eran agitadas por un ángel, identificado por la tradición con San Rafael, el obispo explicó cómo la indiferencia humana impidió durante décadas que un paralítico pudiera ser sanado, hasta que Cristo mismo, movido por la compasión, lo curó. A través de este relato, monseñor Fernández denunció el egoísmo y la falta de sensibilidad ante el sufrimiento ajeno, recordando que esa indiferencia se reproduce en múltiples formas de mal contemporáneo: “en la enfermedad, en los desastres naturales, pero sobre todo en la envidia, el orgullo y la soberbia que rompen la comunión entre los hombres y con Dios”.
El pastor de la diócesis subrayó que la raíz última del mal es el pecado, “la acción consciente de apartarse de la voluntad divina”, frente a la cual se alza el mensaje de redención de Cristo. “Su sacrificio en la cruz es la cima de la curación del alma humana —recordó—, porque Jesús se ofreció al Padre para sanar el mal mortal que es el pecado”.
En la explicación de la segunda lectura, procedente del Libro del Apocalipsis, monseñor Fernández abordó el episodio de la rebelión de los ángeles caídos contra San Miguel y contra Dios, un relato que, según afirmó, refleja cómo el demonio se resiste a reconocer la grandeza del ser humano, creado a imagen y semejanza del Creador, “capaz de amar, de pensar y de imaginar”. Expulsado del cielo, el maligno —añadió— continúa su combate en la tierra “sirviéndose de sus mejores armas, la seducción y la mentira, para confundir la conciencia y hacernos creer que el mal es bien”.
En la parte final de su homilía, el obispo quiso transmitir un mensaje de esperanza, recordando que “la salvación viene de Dios y de sus ángeles”, como lo demuestra el pasaje bíblico de Tobías, guiado por San Rafael para devolver la vista a su padre. Afirmó que “los ángeles y arcángeles nos protegen frente al demonio y sus secuaces” y que cada persona participa, a diario, de esa batalla interior entre el bien y el mal, cuando “ángeles de luz nos invitan a obrar rectamente mientras el demonio madruga tanto como nosotros para desviarnos del camino”.
Monseñor Fernández concluyó recordando que la misericordia divina no tiene límites, pues “el Señor perdona siempre y acompaña a quienes desean sanar sus heridas y reconducir sus pasos”. La solemnidad de San Rafael —añadió— ofrece a los cordobeses la ocasión de agradecer la protección constante del Custodio, símbolo eterno de fe, caridad y esperanza para toda la ciudad.
Foto: Diócesis de Córdoba





