Buscando entre los archivos, los datos encontrados nos llevan a afirmar que la ciudad de Granada fue una de las poblaciones que con mayor fervor defendió la Inmaculada Concepción de María. Varios estudiosos afirman que fue la ciudad nazarí la primera del mundo que reconoció la Inmaculada de María, en el Monasterio de la Concepción, cenobio fundado en 1518 y uno de los más representativos conventos de cuantos existen en la capital del Darro.
También Granada cuenta en su haber con el primer templo que levantó una iglesia en su honor, espacio fundado por los Reyes Católicos incluso antes de la toma de la ciudad, según declara Peral Moyano. Cuando los reyes deciden erigir en Santa Fe un monasterio de frailes jerónimos, este se dedica a Santa Catalina, pero cuando en 1496 deciden trasladarlo a la ciudad, cambia su denominación por el de la Inmaculada Concepción. Y es que Isabel y Fernando impulsaron la defensa de la concepción sin mácula de la Madre de Dios, heredando una tradición que ya estaba presente en reyes castellanos y aragoneses. De hecho, Paracuellos manifiesta que con la reina Isabel comienza la “españolización del misterio”.

Con estos precedentes no es extraño adivinar la posición de la ciudad en torno a un misterio que más tarde sería declarado dogma. Mucho antes, el 20 de noviembre de 1621 el concejo granadino se reúne para acordar la realización de un monumento al Triunfo de la Inmaculada. Su traza fue encargada a Francisco de Potes, maestro de obras en la Alhambra, en 1626, quien trabajaría con los escultores Diego del Rey y Francisco Sánchez Cordobés. Pero finalmente será Alonso de Mena quien realice la escultura principal que representa a la Virgen. Este monumento se ubicó próximo al actual emplazamiento, en la segunda mitad de la década de los años treinta, concretamente en 1638. Y es que la ciudad andaluza fue la primera en España en admitir y defender la verdad teológica de la Inmaculada Concepción de María, hecho que acaeció el 2 de septiembre de 1618, y por este motivo se decide edificar un monumento que esté coronado por la Virgen.
Unas obras que se alargaron en el tiempo debido a varias disputas entre el artista y el concejo, fundamentalmente por cuestiones económicas. Incluso cerca del monumento se instaló en 1670 una lamparilla para que ardiese perpetuamente, en este caso, en acción de gracias por la mejoría que había experimentado el rey Carlos II. Otro dato curioso lo hallamos casi un siglo después. La columna que sostiene a la imagen descansa sobre un pedestal con textos alusivos a la concepción de María, pero en 1777 deciden borrar tres de ellos al contener textos apócrifos o de dudosa procedencia. Por ejemplo, había referencias a los libros plúmbeos del Sacromonte y a las reliquias halladas en este enclave.

Estas placas de mármol están insertadas en un basamento cuadrangular a su vez sostenido por cuatro leones. La base, gallonada, contiene en cada una de sus esquinas a un arcángel luchando contra la serpiente, protegiendo y rodeando un pedestal donde se encuentran relieves de los santos Cecilio y Tesifón, el apóstol Santiago y el escudo de la ciudad en aquella época. En el fuste hallamos un programa iconográfico con treinta y dos óvalos que recogen alegorías y atributos de la letanías lauretanas. Finalmente, el fuste se corona con un capitel sobre el que descansa una segunda base gallonada, en esta ocasión con cuatro ángeles músicos poblando las esquinas. Por último, la representación de la Virgen, en mármol, vestida con manto y saya, manos unidas a la altura del pecho, custodiando un lignum crucis, traído a España por el Cardenal Baronio para los jesuitas. La imagen posee corona imperial sobre sus sienes y su figura está rodeada de rayos.
Las décadas siguientes van a contar con varios Papas que serán contrarios al avance inmaculista: Urbano VIII e Inocencio X. Esto cambiaría con la llegada de Alejandro VII, quien permite que pueda utilizarse la expresión “Concepción Inmaculada”. Además, este pontífice promulga el 8 de diciembre una bula en la que se recoge que María fue preservada del pecado original desde el primer instante de su concepción. Para entonces, las cofradías habían ido sumándose a esta defensa, como la del Silencio, primera hermandad en hacerlo ya en 1615, la de Las Escuelas, en Baeza, en 1618, o la de los Santos Mártires, de Córdoba, que hacen su voto en 1672 según recoge su libro de reglas. Décadas más tarde, contando ya con un nuevo sucesor, el Papa Inocencio XII equiparará esta celebración con otras festividades marianas, como la Natividad de la Virgen y la Asunción. El siglo XVII, que había comenzado con Felipe III haciendo obligatorio el juramento de defender el concepto de la Inmaculada Concepción en 1604 en las universidades, se cerraba con un importante avance en torno a este misterio.
En 1760, bajo el reinado de Carlos III, las Cortes escriben al monarca pidiendo el patronazgo de la Inmaculada Concepción sobre España así como sus posesiones de ultramar. Y el 8 de noviembre de ese mismo año, el Papa Clemente XIII mediante Breve, confirma el patronazgo de María en todos los dominios españoles. Finalmente, este Dogma de la Iglesia católica sería decretado en 1854, bajo el pontificado de Pio IX.
De todos estos acontecimientos ha sido testigo el monumento que se erigiera tiempo atrás en un siglo donde las diferencias entre inmaculistas y maculistas eran más que notables. Franciscanos y jesuitas por un lado frente a dominicos, que defendían una postura opuesta, y que finalmente decantó la balanza hacia el lado de los primeros, con una España al frente donde el motivo de la Inmaculada Concepción fue un importante bastión en aquellos tiempos de Contrarreforma. Hoy, siglos después, la Plaza del Triunfo sigue recordando a granadinos y visitantes un capítulo trascendental en la Historia de España.





