El secretario | Golpe

Hoy me vuelve a golpear la muerte, hoy me vuelve a quitar alguien admirado, alguien querido, hoy gana una de sus hábiles batallas retirando del tablero de la vida una pieza de las importantes, hoy se ha llevado a mi amigo D. Antonio Peligro.

Luchador como pocos, de palabra rápida y hábil, negociador astuto y una espléndida persona, hoy ha ganado la muerte una pieza importante de este juego que es el de la vida. Antonio yo empecé a admirarte en el Pregón del 50 aniversario de Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Paciencia, aún recuerdo algunos párrafos enteros, aún conservo entre mis papeles una copia del mismo, y yo, que en aquella fecha aún era prácticamente un chaval, ahora con la serenidad aportada por mi edad, cada día aprecio más tus palabras y sigo descubriendo el profundo amor que profesaste desde siempre a Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Paciencia.

Antonio, aún recuerdo tu cara de asombro al descubrir que la hermandad no tenía la titularidad de María Santísima de la Paz y Esperanza, y como sin agobios empezaste a buscar entre los fundadores quien era el que conservaba esta preciada propiedad, y como con tu característica habilidad negociaste que fuese donada, esa preciada joya, de forma totalmente altruista, dejando con ello, lo que hasta hoy es nuestro tesoro más valioso, la más preciada alhaja que tenemos en la Hermandad de la Paz, nuestra titular mariana, María Santísima de la Paz y Esperanza, Real por tu gestión y coronada gracias a tus inicios en dicho trámite.

Recordando caras de asombro, la misma que se le quedó a nuestro queridísimo Fray Ricardo de Córdoba, cuando el Prelado de su Santidad, el Reverendísimo D. Lajos Kada, llamó al convento del Santo Ángel, ante tu constante insistencia por correo, para que además del artículo que nos envió y que fue publicado en nuestra incipiente revista, presidiera unos de los cultos, aún recuerdo tu sonrisa al salir del convento,  y de soportar la cariñosa riña que nos dio a ambos, por no haberle contado nada a él. Pero quien podía pensar que el mismísimo Prelado en lugar de llamar a la Cofradía llamaría al Convento del Santo Ángel preguntando por el Consiliario de la Hermandad, y por el Hermano Mayor, aún me sonrío al pensarlo.

Como tu gestión en aquella “revuelta” de cofradías rebeldes, ante la imposición de la Junta Gestora de la Agrupación de Cofradías, ante los cambios obligados en la Carrera Oficial, como en aquellas interminables reuniones, supiste guiar a nuestra cofradía, entre esas revueltas aguas, dejando y asegurando la supremacía sobre muchas otras, aceptando con obediencia los dictados de nuestro Consiliario,  evitando cualquier tipo de acción negativa para la hermandad y sus componentes, ejemplo de serenidad y entereza que me dejó profunda marcas, y mucha enseñanza ante este tipo de situaciones.

Aquellos viajes a Sevilla, al taller del dorador Manuel Calvo, aquel contrato firmado por cinco hermanos, que nos comprometía a saldar el importe total del dorado del paso de misterio, en un corto espacio de tiempo, y que a mí personalmente, me asustó tanto, y que tú con la serena ayuda de D. Fernando Rodríguez, ambos con hielo en las venas en lugar de sangre, nos decías “tranquilos que esto se paga solo” y yo creía que se iba a pagar con mi patrimonio, ¡qué serenidad la tuya y la de Fernando!.

Aquellos años de esfuerzos en la Caseta de Feria, en las Cruces de Mayo, cuanto trabajo, cuantos logros aportados siempre a la Hermandad, que siempre te mantuviste discretamente apartado, sirviendo más que sirviéndote, quizás ese sea el secreto del valor de lo que dejas, yo tengo la certeza de que al menos a mí personalmente, me has dejado más experiencia de la que tenía, más conocimientos, y una insoportable soledad, por la falta de tu tranquila personalidad, en cada culto, en cada acto, en cada uno de los importantes momentos que se viven desde esta nuestra Hermandad de la Paz, que hoy está entristecida por tu involuntaria ausencia, hoy el cielo de Capuchinos estará lleno de amigos, abrazándote, demostrando su personal aprecio por ti, otros como yo, estaremos viviendo en soledad la tristeza de tu ausencia.

Amigo, que la tierra te sea leve, y deseo que estés disfrutando de los parabienes que Dios le tiene reservados a los que en vida le sirvieron, un abrazo como siempre de tu secretario.


El Secretario. (Hoy no puedo ser el viejo costal, entendedlo.)