Ahí nos andamos, enredados en una previsible y desbordada agenda. El domingo pasado visité en Besapies a mi titular Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Paciencia, y ya saben todos de la impaciencia de quien se acerca una año más a su titular, esa impaciencia que busca con anhelo la templanza de la misericordia de sus ojos, el pulso impasible de sus manos y la serenidad de quien se enfrenta como común humano a las adversidades del indescifrable, para los mortales, destino.
Así encauce mis pasos a Capuchinos, y a la altura del Cristo de los Desagravios, ese que llaman de los faroles, mirada al cielo, santiguarse, y aprisa verificar que el cielo sigue vistiendo su capa gris de nubes amenazantes de tormenta, tormenta que nunca llega y que tanto esperamos. Vuelta a centrar la mirada en el arco de la austera escalinata que da entrada a ese rincón de silencio y gloria que es el Convento del Santo Ángel, y nada, aún no adivino, ni veo nada, aprieto los parpados en un esfuerzo, por buscar a mi anhelado titular, y no me sirve de nada, pienso para mis adentros: “eres tan mayor que ya la vista se niega a colaborar contigo”, aprieto el paso, y siguen mis ojos luchando con la oscuridad del interior del templo, y nada, adivino más que veo, algo de luz de cera, quizás los brillos del dorado del pan de oro, sobre la base, debe de ser su peana, y del dosel, ¿pero que me está pasando?.
Al llegar a la base de los primeros escalones del convento, entre los fieles que se agolpan en el altozano de la puerta, por fin mis ojos se alivian, al encontrase con los suyos, descanso para mi ansiedad e impaciencia, consuelo para mi alma, y tranquilidad para mi cansado corazón. Ahí estás como siempre, tan Humilde, tan Paciente, y no puedo menos que decirte, de la forma en que nos hemos hablado durante muchos años, cuando con orgullo yo era solamente tus píes durante tu anual salida, decirte: ¡Que no te veía, que no alcanzaba a distinguirte del fondo oscuro del dosel!, ¡Que me desesperaba y esforzaba, pero que no alcanzaba a verte!, ¡que no hay luz suficiente!. Y claro Tú no me dices nada, no hace falta, tú estás ahí y yo desde abajo sé que no tienes culpa de que la túnica que luces sea tan oscura, tan oscura que se funde con la oscuridad de las telas del fondo del dosel, incrementando con ello y haciendo que todo el conjunto quede difuminado en la distancia, mostrando la oscuridad su triunfo sobre la luz.
Nadie tiene culpa de esto, te digo y justifico, bueno a lo mejor aquellos que desde su desconocimiento e ignorancia decían que el blanco inmaculado de tu habitual túnica no era un color litúrgico, cuando el blanco es el color de la ropa del oficiante en las fiestas y solemnidades, pero bueno ni Tú ni yo somos culpables de tanto desconocimiento.
Siempre he de agradecer esa túnica que luces, fue donada por tu cuadrilla de fieles costaleros, con motivo del LXXV aniversario, amor no les faltaba a quien te la donó, pero algo de vista sí les faltó, el oscuro de la tela, a pesar de los profuso del bordado, es insuficiente para llenar de luz y realzar tu imagen sobre el fondo de un oscuro templo y un oscuro dosel.
Con todo esto dándome vueltas en la cabeza, me senté en una de las filas dispuesto a cumplir con mi deber dominical, y, sorpresa, escuchando la lectura del evangelio del día, la Transfiguración de Jesús, Dios que me decía: “su rostro resplandeció como el sol y su ropa se volvió blanca como la luz” y yo sonreía para mis adentros y con tono jocoso me preguntaba ¿esto no será litúrgico? y es que no hay más sordo que el que no quiere oír, ni mayor ciego que el que no quiere ver.
Tu ropa es blanca, solamente blanca, como demostración de la pureza de tu alma, blanco como corresponde a una solemnidad, solemnidad de estar delante de tu presencia, motivo de fiesta más que sobrado, blanco es tu color, blanca tu presencia, blanco, que consigue resaltar y romper las oscuridades de la tierra y señalar al mundo tu humilde presencia, tu paciencia sin límite y tu compañía eterna en nuestros corazones, blanco es tu color, blanco, y solamente blanco.
Foto: Ildefonso Polo





