El viejo costal | De solera

Debo de tener problemas de memoria, ya que mi mente constantemente me viene recordando, a modo de ejercicio, cada vez con más frecuencia, pasajes de lo vivido debajo de las benditas maderas claustrales de los viejos pasos de antaño, de aquellas décadas vamos quedando pocos, algunos ya no están con nosotros, y con ellos se nos ha ido una buena parte de nuestra vida, de nuestra experiencia, del viejo saber del costal y la penitencia, algo que hoy ni está ni se le espera.

Así me vienen recuerdos de un viejo costalero, de esos de postura extremadamente clásica, y a pesar de eso todo un puntal, un pilar inamovible, hombre de bigote clásico, pelo abundante a pesar de la edad, conversación fácil, y conocedor del oficio, sabiendo estar y hacer estar a los que a su alrededor visten la ropa, poco parece, pero distante de lo que en la actualidad se tiene, amigo fácil, colaborador pleno, un caballero con costal, conocido por todos como el “Pantalones”, y es que las cuadrillas son muy dadas a enrasar a todos nombrándoles así, de este modo, lejos de apellidos y cargos, más igualdad imposible, Pantalones, espérame en el cielo del Socorro, ahí donde ahora estás, que cuando yo llegue pueda volverte abrazar y sentir tu cariño en un abrazo fundido de hermano.

Otro que me dejó marca era un hombre maduro, de profesión pastor de ganado, rudo como él solo, poco hablador, serio, quizás con algo de timidez, buen costalero y mejor comedor, no hay quien le gane, ni en lo primero ni en lo segundo, inflexible bajo las maderas, de extraña postura al trabajar, pero era su forma de soportar lo que venga, nada como lo que te encuentras hoy, ni gimnasio ni similar, fuerza bruta de quien se ha ganado todo el pan de su vida con ella, inseparable compañera fiel a sus deseos de lo uno y de lo otro, “Pastor” me gustaría charlar más contigo sin prisas, profundizar en nuestra relación, conocerte más y que me conozcas, deudas que tengo pendientes por ahí, nunca olvidadas, pero ahora más latentes que nunca.

Jesús, tú ibas detrás de mí, durante décadas, escuche tus tranquilas palabras siempre de aliento, siempre serenas, sin prisas, sin miedos, de mucho oficio, y de más sabiduría, y es que has sido siempre un viejo sabio, te gusta todo lo clásico, el flamenco, especialmente, te he escuchado alguna vez incluso cantar, augusto hombre sereno, severo, duro, recuerdo haber bebido algún medio, en los cortos descansos de la madera durante los ensayos, aquellos de las noches del viernes, tu senequismo en los asuntos de la vida y tu firmeza bajo la trabajadera, marcaron en mí una época,  sí señor, me atrevería a decir que eres todo un caballero, como me gustaba año tras año, abrazarte, y aún lo sigo haciendo, a pesar de que hace años que te abandoné, y dejé de notar tu fuerza y ayuda sobre mi cuello, gracias Jesús por lo que  tu lado aprendí, y viví.

Podía estar así durante horas, en mis años de costalero, y de listero, he conocido muchos grandes hombres como lo que a modo de ejemplo he reflejado en estas líneas, conocía a sus esposas, a sus hijos, a sus cuñados, a sus amigos, sus gustos musicales, sus calles favoritas, recé con ellos en infinidad de ocasiones, pedí su ayuda cuando me hizo falta, y me la pidieron cuando la necesitaron ellos.

Podía decir que los quería, y que los apreciaba, mejor aún, como si fuesen familia, algo que hoy en día por la forma de evolución de las cuadrillas es imposible que se repita, quizás por el número de miembros, quizás por la reducción del número de ensayos, pro las excesivas rotaciones y relevos, quizás intuyo que incluso podría ser por la falta de amor hacia el titular que se porta, quizás por exceso de apego hacia el capataz que los dirige, o por cualquier inimaginable causa tan distante como la época de la que hablo.

Hay tantos factores que nos separan de aquellas cuadrillas de solera y encanto, donde uno era verdaderamente hermano de cada uno de sus componentes, y si uno tenía un problema todos tenían ese mismo problema, cosas de esas que ya se van olvidando, cosas del pasado, quizás cosas de viejos, o quizás con viejo sabor a solera, solera de una clase desconocida en la actualidad, pero que se ha quedado grabada en la forma de ser de muchos, que como yo, aprendimos de grandes hombres, siempre bajo las sagradas maderas de las penitentes trabajaderas, casi sin darnos cuenta, se fueron difuminando esos valores, y no hay duda de que otros valores vendrá a sustituir los antiguos, la vida es renovación constante, pero entenderme, mi experiencia con el costal y mi vida, ha sido esa, y creo que mereció la pena.