Las más de las veces, las decisiones de nuestras juntas de gobierno parecen dictadas por una mente con una sola neurona: arriesgadas, ocultas, como si los hermanos no tuvieran derecho a enterarse, o solo lo hicieran bajo la política de hechos consumados. Cuando llega la noticia, ya no hay remedio. Y no hablo de aquellas determinaciones inexplicables (ni de las que otros ya señalaron con explicación fácil y sencilla), sino de las que sorprenden en silencio, sin acuerdo, sin voz ni voto del hermano.
Me refiero a esos casos en que un Titular aparece tocado sin consulta previa. Sabemos que, estatutariamente, quizá no sea necesaria la aprobación del hermano, pero tampoco es justo que se infarte al contemplar modificaciones realizadas sobre la imagen que custodia su fe. No citaré ejemplos conocidos, sino aquellos que todos hemos advertido sin que nadie los nombrara.
Me refiero también a los sobresaltos sufridos cuando una de las piezas más valiosas del ajuar de la hermandad aparece, de improviso, y la ves expuesta en televisión. Expuesta, nunca mejor dicho, al alcance de cualquier mano depravada, vulnerable a cualquier agresión. Y el hermano, con el corazón en vilo, se pregunta: ¿por qué no me avisaron antes?, ¿Qué condiciones de seguridad, seguros, traslados y custodia se han previsto?
Pero la pieza ya está fuera, y la información callada. Muchos creen que así deben ser las cosas, olvidando que esa pieza fue donada a golpe de recibos extras, de trabajo gratuito, de sacrificio y de fe. La auténtica propiedad es de los hermanos, no de la junta de gobierno. Aunque no esté regulado en las reglas, el hermano merece explicación previa, y quizá incluso opinión, sobre el destino de los enseres.
Otro tanto sucede con cientos de determinaciones adoptadas siempre desde el secretismo. Decisiones que deberían someterse, como casi siempre se hizo, a la democracia del cabildo de hermanos. Democracia que fue norma en la historia de nuestras hermandades y que hoy se ve sustituida por afinidades, amistades, pagos en especie o en efectivo, donaciones a cambio de poder. Decisiones caprichosas, sin fundamento, que acaban afectando a la verdadera finalidad de la hermandad.
Decisiones, sí, decisiones. Pero antes de decidir, quien lo haga ha de ser digno de decidir. Nunca es mejor la voluntad de uno, que la voz de todos. Al menos de aquellos que acuden al cabildo, a la consulta, o que reciben información clara de las intenciones. Intenciones que, demasiadas veces, se ocultan por intereses insanos, por falta de formalidad, por un secretismo innecesario que solo favorece a las manos que tiran de las cuerdas desde el fondo del escenario, sin dar nunca la cara.
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