Soñé anoche que, en una imaginaria cofradía, el Consiliario obligó a los miembros de cada uno de los estamentos de la Cofradía a pasar por un ciclo formativo, ciclo específico según cargo. Formación Teológica para la Junta de Gobierno, para que profundicen en la teología cristiana, con inclusión de las distintas asignaturas bíblicas y de diálogo interreligioso. Este mismo curso sería de aplicación para los acólitos, camareras, y demás participantes en los distintos actos de la hermandad.
Para el Hermano Mayor, un curso en ciencias religiosas, enfocado a una visión general de las ciencias de la religión y enfocado a la identidad cristiana y al diálogo interreligioso.
Para los hermanos ordinarios, antes de ser miembros de la nómina de la cofradía, debían recibir su correspondiente curso de Educación Básica Religiosa, solo enfocado a la formación en la fe, oración y, como fondo, conocimiento del calendario eucarístico, y un curso sobre simbología de cada uno de los atributos que forman parte del guion de la estación de penitencia, algo de la imaginería y de la historia de la hermandad.
Para los responsables de cultos y de evangelización, un curso específico sobre el ministerio pastoral, y, incluido en el mismo, una formación espiritual y litúrgica.
Y soñé también, porque ya que uno sueña, sueña entero, que aquello no acababa ahí. Que el Consiliario, en un arrebato de celo pedagógico, decidió que los capataces y sus equipos, incluidos los costaleros que no podrían meterse bajo las trabajaderas sin antes superar un Curso Oficial de Antropometría del Costal, con módulos específicos sobre ergonomía, prevención de lesiones, espiritualidad del esfuerzo compartido y, por supuesto, un seminario obligatorio titulado: “Del silencio al golpe de llamador: teología del paso firme”.
Las mantillas, por su parte, debían asistir a un Curso de Estética Sacra y Porte Devocional, con prácticas de recogimiento interior, historia del luto cristiano y un taller intensivo sobre el equilibrio imposible entre la peina, la mantilla y la dignidad. Y, como colofón, un examen práctico de caminar despacio sin perder la compostura cuando el viento de marzo decide jugar malas pasadas.
Los servidores, pobres míos, eran sometidos a un Curso de Liturgia Aplicada al Ajetreo, donde se les enseñaba a distinguir entre “estar”, “servir” y “estorbar”, que son verbos que en la vida cofrade se confunden más de lo que debieran. Incluía también un módulo de “Gestión emocional ante el hermano que llega tarde” y otro de “Cómo sobrevivir a un triduo sin perder la fe ni la paciencia”.
Y hasta los monaguillos, además de los cursos normales de hermanos, estas criaturas tenían que pasar por un Curso de Introducción al Buen Hacer, con clases de incienso sin mareo, campanillas sin estridencias y golpes suaves de palermo, y un pequeño tratado sobre cómo no perderse en mitad de la procesión.
Todo ello, claro está, con asistencia obligatoria, controles de calidad, rúbricas de evaluación y un sello final que acreditaba que uno era, por fin, “apto para la vida cofrade”.
Y cuando el Consiliario, satisfecho, entregaba los diplomas, yo, en mi sueño, miraba alrededor y veía a la hermandad convertida en una especie de universidad interminable.
Entonces desperté, sudando, con el corazón encogido, y me encontré con la dura realidad, donde cada uno de los hermanos sabe mucho… pero nadie sabe por qué hace lo que hace.
Se me quedó una pregunta clavada en la garganta: ¿Era aquello un sueño… o una pesadilla?
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