Enfoque | Un alcalde debe estar donde debe… y formar parte inexcusable de las más hondas tradiciones de la ciudad que gobierna

Dijo una vez Margaret Thatcher que «La misión de los políticos no es la de gustar a todo el mundo». Es probable que un auténtico animal política como fue la Dama de hierro tuviera razón pero creo sinceramente que una de sus funciones esenciales es estar donde deben estar, sobre todo en el caso de los políticos locales, como los concejales y los alcaldes.

En los últimos años hemos asistido a muchos ejemplos de políticos municipales que han sido incapaces de comprender esto, en Cádiz, donde ha resultado extremadamente complejo contar con la presencia del alcalde chirigotero, que responde al seudónimo de “Kichi”, y que si bien pese a su condición de comunista no ha atacado a las cofradías durante su mandato, se ha escudado sistemáticamente en sus concejales para reducir a la mínima expresión acudir a actos con olor a incienso. O Córdoba donde comunistas y socialistas han dado la espalda sistemáticamente a las hermandades, más allá de hacerse ver en el pregón de Semana Santa.

En cambio, en la ciudad de Sevilla, una ciudad gobernada por alcaldes socialistas, de manera secuencial, esto no ocurre. En Sevilla debe existir una máxima no escrita de obligado cumplimiento que hasta el momento han respetado todos los alcaldes del PSOE: estar donde deben cuando deben. Por eso no resultaba chocante presenciar a Juan Espadas acudiendo a la procesión del Corpus, a actos de la Hiniesta, corporación de la que el alcalde de Sevilla ostenta el cargo de hermano mayor honorario, o a renovar el Voto de Acción de Gracias al Cristo de San Agustín, como manda la tradición, entre otros muchos eventos relacionados con las hermandades que siempre cuentan con la presencia del máximo representante de todos los sevillanos, como resulta habitual que su sucesor, Antonio Muñoz, haga exactamente lo mismo.

Una realidad indiscutible que honra al alcalde, que le hace merecedor del respeto de propios y extraños y que demuestra la inteligencia de quien obra de este modo. Porque, aunque los odiadores recalcitrantes del laicismo militante jamás logren comprenderlo, un alcalde debe estar donde debe, reitero, y formar parte inexcusable de las más hondas tradiciones de la ciudad que gobierna. Por eso, resulta reconfortante que en un mundo actual en el que el sectarismo político, especialmente el perpetrado por la izquierda y la extrema izquierda, que hace que el presidente del gobierno, presuntamente presidente de todos los españoles sea incapaz de felicitar la Navidad o la Cuaresma a los cristianos pero sí el Ramadán a los musulmanes, por ejemplificar, el alcalde de Sevilla acuda a cultos de hermandades y a actos relacionados con las cofradías con independencia de sus sentimientos personales e incluso de sus creencias. Porque acude como representante de toda Sevilla no como católico o cofrade. Y es su obligación hacerlo. De modo que, para todos aquellos que se rasgan las vestiduras, que se lo hagan mirar. Cada vez que hace lo que debe, el alcalde de Sevilla se gana mi respeto. Que aprendan otros en los cuatro puntos cardinales de la geografía española… mejor nos iría a todos.