La vara del pertiguero, Opinión

Entre esferas anda el juego

No sé vosotros, pero yo he sacado ya mi túnica a orearse. Sé también que todavía estamos en enero y que aún falta muchísimo para ponérmela. Es posible que sea un «agonías», pero no puedo evitarlo. Junto con mi tempranero afán conviven otras manías de sano cofrade. Entre ellas destaca la de sondear las opiniones de mis hermanos de fe en las redes sociales. Tampoco pongo reparos a la hora de conocer las postura de mis «medio hermanos» en la no fe, que preferirían ver la Semana Santa y todo lo que huele a religión en lúgubres museos donde el pasado cría polvo. Como de todo quiere el Señor, y pese a ser solo una criatura más, con el mundano defecto de la curiosidad, me aventuro en un campo de minas tan interesante como polémico. Y rastreando entre tantas viejas noticias y artículos de opinión, llego a la antigua queja del laicismo contra el Estado y las instituciones, las reivindicaciones de una sociedad limpia de incienso y sotanas, el demérito que suponen los actos religiosos para el espíritu moderno y otras tantas maravillas en favor de la asepsia espiritual.

Como no puede ser de otro modo, la postura se sostiene mediante la distinción entre esfera pública y esfera privada. Lo público, supuestamente de todos (permitidme que ahogue un conato de risa), se eleva como algo puro, diáfano, semejante a un cristal inmaculado y no consagrado que posibilita reflejar la imagen sutil del hombre moderno, de Estado, común a todos y de todos. Lo privado queda reservado al interior del hogar, aunque con severas limitaciones; pues lo público y estatal ha de velar, desde su trono dorado en el Olimpo de lo burocrático, por la totalidad. En palabras llanas, creerás y harás cosas, pero si te dejo.

Esta postura me parece muy interesante por el cargado nivel de paradojas que la acompañan, ya que el principio de libertad y respeto, no tanto de religión sino de conciencia, se supedita a unas disposiciones que, por definición, vienen impuestas por otros. De modo que en verdad no hay libertad, sino permiso para que puedas creer de una forma determinada. En resumen, ese permiso se limita a ti, a tu conciencia (casi mejor podríamos decir que se limita a tu mente) y a tu grupito de colegas, el cual, mientras no moleste con sus cositas, puede seguir en su iglesia, local o garito hablando de lo suyo. Ahora, lo de la calle… vade retro!

El vetusto argumento de lo público y lo privado, entendiendo que son dos esferas diferentes aunque relacionadas entre sí, es una baza poderosa que siguen jugando las corrientes laicistas actuales. Realmente el uso de dicho argumento se remonta a los orígenes de este movimiento y siempre ha presentado ciertos problemas materiales. En primer lugar, la relación entre ambas esferas pretende ser separada tajantemente, quizás de forma algo agresiva y forzada. Se defiende, pues, la existencia de dos «mundos»: uno donde todo sea pulcro, sin mancha, adornado de los más altos valores de la neutralidad y de lo políticamente correcto; y otro personal, cerrado en sí mismo, como el Minotauro en su laberinto, que no sobrepase los muros del lugar o de la asociación de turno.

Resulta obvio que ese primer «mundo», tan aseado y lavado con blanco nuclear, consiste en un mero brindis al sol sin correlación posible con la realidad. No hay nada en la vida, absolutamente nada, que sea adogmático, que no tenga visos ideológicos o que no se alinee con una determina postura doctrinal, ya sea filosófica, política o social. Como tal esfera neutral es una auténtica fantasía, asumir la existencia de un laicismo real resulta igual de difícil que aceptar un mundo apolítico o una cultura sin ningún tipo de significación partidista. Y esto es así porque la cultura es, sobre todo, una toma de postura ante la vida.

Algunos olvidan que el racionalismo visceral, acompañado de una lógica legalicista tramontana, se yergue en una guía sesgada y poco útil para regir nuestras vidas. Desligar lo sentimental de todo lance del día a día resulta inhumano. Nuestra existencia es un continuum entre la mente y el corazón, por lo que parece imposible abstraerse hacia lo perfecto (intelectualmente hablando) y desechar toda razón personal que, en definitiva, es mucho más colectiva de lo que aparenta. Además, lo público, lo general, lo de todos, no surge en primer término. El origen de esa unidad superior que llamamos Estado es la suma del conjunto de los individuos, que anteriormente conforma una comunidad de familias y que, en su base, tiene al hombre individual como su sostenimiento. Y este hombre individual convive en una comunidad más limitada, con sus costumbres, tradiciones y creencias. Y ese aglomerado de elementos morales y consuetudinarios, que en verdad son su propia cultura, impregnan la totalidad de su mundo, incluidas las instituciones, que deben reflejar esa realidad y no otra proveniente de la invención.

No se puede, pues, distinguir de manera taxativa lo que pertenece a la esfera pública y a la esfera privada, salvo en el plano teórico. Y, evidentemente, dicho plano de conocimiento es muchas veces especulativo y excesivamente sintetizador. Por tanto, razones puramente intelectualistas o relacionadas con estos principios son válidas en un ámbito poco realista. Si ese conjunto de individuos se identifica como cristianos, es normal que exprese públicamente su fe. Es más, si son cristianos, harán patente dicha identificación en todo momento, pues el cristianismo no es una religión de conciencia o de lugares de piedra, sino de vida, de calle, del mundo entero. De ahí que sea católica, es decir, universal. Otra cosa es que se respete a los demás, a quienes creen otras cosas o no creen. Pero el respeto consiste en convivir, no en cohibir, así que tómese nota clara de esto. En resumidas cuentas, no hay razón que impida que una procesión salga a la calle para manifestar la fe cristiana. Salvo una pandemia, claro está. ¿O no?