Profundamente inquietante. Esa es la irremediable sensación que agita lo más profundo de nuestro ser cuando uno se detiene a observar la imagen que encabeza esta reflexión. Una fotografía tomada hoy mismo, en una de tantas avenidas de Córdoba. Una imagen que refleja lo que hemos vivido en estas semanas de infierno, lo que estamos viviendo todavía, como si el reloj de arena se hubiese quedado sin arena, sin que seamos capaces de ver, por más que lo deseemos, el final del túnel de tragedia, muerte y desolación en cuyo interior penamos desde que se difuminó la primavera de entre nuestros dedos, aunque nos digan que comienza a vislumbrase una tenue luz al fondo de la oscuridad.
«Parece una pesadilla», ha sido uno de los comentarios más reveladores que han acompañado a la difusión de esta fotografía por diversos grupos repartidos en distintas redes sociales. Porque un sentimiento de melancolía, alimentado por la sensación de que nos han sido robadas las ilusiones que hemos ido fraguando paulatinamente a lo largo de doce lunas de prometedora espera, se apodera de nuestros corazones al presenciar, un 5 de mayo que no parece de mayo, el magnífico e impactante cartel que Fernando Vaquero concibió para ilustrar la Semana Santa que nunca existió, expuesto todavía por las calles de la ciudad. Un maravilloso cuadro anunciador presidido, como una perturbadora profecía que solamente ahora somos capaces de llegar a comprender, por la Madre de Dios en sus Tristezas, para anunciar una Semana Santa de inabarcable e inconsolable tristeza por la situación vivida y por las dramáticas consecuencias derivadas de la terrible crisis sanitaria causante de miles de muertes.
Sí, sé que algunos se apresurarán a recordarme, no sin falta de razón, que la Semana Santa sí se ha celebrado, que lo que se suspendieron fueron las salidas procesionales… Pero, ¿qué quieren que les diga? A mí no me consuela en absoluto. Probablemente en la vorágine del día a día nos hayamos ido acostumbrando, sin que duela, al hecho irrefutable de que hemos perdido una Semana Santa de nuestras vidas, de que aquellos instantes únicos, efímeros e irrepetibles que acudimos como niños a degustar en cada rincón, en cada plaza, buscando la mirada de la Madre de Dios, el compás rítmico del fleco de bellota golpeteando contra los varales, la chicotá perfecta, la marcha precisa en el momento exacto, el olor de la cera derretida, la rosa y el azahar…
Aquellos detalles que parecen haberse vivido mil veces, pero que son siempre irremediablemente distintos, y que tendrán siempre una carencia infinita, el erial de los recuerdos arrebatados de la Semana Santa que nunca existió, la que ilustró Fernando Vaquero resucitando magistralmente a Julio Romero de Torres… la que podría haber sido la más hermosa de nuestras vidas y jamás recuperaremos. La Semana Santa del Domingo de Ramos que siempre recordaremos con tristeza, en el que por vez primera en varias generaciones, Córdoba no estrenó la sonrisa que siempre estrena cuando se abren de par en par las puertas de San Lorenzo. La Semana Santa de las voces quebradas, de los sentimientos a flor de piel, de los nudos en la garganta, los abrazos perdidos y las lágrimas recorriendo las mejillas. La de las oraciones en la distancia, la desesperanza, la añoranza y la carencia, la del lamento acallado entre palabras vacías…
Porque podremos vivir otras Semanas Santas, maravillosas, mágicas, irrepetibles e inolvidables… pero jamás la Semana Santa que la maldita peste del siglo XXI nos robó para siempre en los albores de la primavera de 2020. Por eso, he de reconocerles que en el preciso instante en que la escena que encabeza estas líneas golpeó mi alma con toda su crudeza, se me heló la sangre, se me paró el corazón, se me erizó el vello… hiriendo mi memoria adormecida por la extraña cotidianidad en la que nos hallamos navegando… Y experimenté esa extraña sensación de que el tiempo se paró de repente el día en que nuestros sueños se convirtieron en pesadilla… Una pesadilla de la que va a resultar muy complicado despertar.
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