Esplendor de oro y llanto

No quise ir a buscarte. Prefería tener el imperante deseo de encontrarte. Así, sin más. Como el que no quiere la cosa para llevarme la gran emoción de la alegría de un encuentro inesperado. Estaba solo en la tarde y Tú adueñabas mi pensamiento. Mi corazón tenía que decirte tantas cosas, que no sabía por dónde empezar. Iba sólo por la calle, despistado, ausente de la realidad y concentrado en todas las cosas que iba a decirte en cuanto te viera. Pero tenía la certeza de que no serviría para nada. Volvería a quedarme mudo una vez más al verte. Sé que ya tengo una edad, pero no he dejado de ser aquel niño enamoradizo, de infancia castigado con noches en vela pensando en Tí.

¡Ay si pudiera mirarte de verdad a los ojos! Con la misma fuerza de las miradas de unos adolescentes que estrenan el primer amor que será eterno. Y si pudiera quitarme el plomo de mi vergüenza, te diría todo lo que me ronda en mi cabeza por derecho. De verdad que si tuviera esa valentía te lanzaría el mejor te quiero. Pero no puedo.

Aquí me tenías de nuevo. Con unos cuantos noviembres por lo alto. Pero siendo el niño eterno en el que nos convertimos al cruzar la ojiva de San Juan de la Palma. Acercándome a Ti lentamente. No quería que te sobresaltaras al escuchar el fuerte y acelerado latido de mi corazón. Ni tampoco que descubrieras la emoción que siento al verte. Sé que eres tan querida que no merezco que yo te quiera más que nadie. Pero no lo pueda remediar. Algo tendrías que ver para que me fijara en Ti, para que los minutos no pasaran sin que pensara en Ti, para que a mis amigos les hablara de Ti. Estaba ya rendido de dedicar mis días a pensarte, y mis noches… a soñarte.

Estábamos los dos frente a frente de nuevo. Paralizado. Sin querer respirar. Todo era tan perfecto que temía que cualquier movimiento deshiciera el sueño que tanto había soñado. Estar frente a frente, teniendo la suerte de disfrutar de tu belleza y no estar condenado a un amor de grandes distancias. Me dispuse a besar tu mano con la delicadeza con la que una madre besa por primera vez a su hijo y romperme por dentro. Se había rasgado el fino papel del sentimiento.

Sabía lo que duelen las despedidas y me marché pronto. Casi sin mirar hacia atrás. Pensando en este momento tan preciado en el que no cabe el aire entre nosotros. Recordándolo una y otra vez, para que quedase eternamente en mi memoria. Como aquella primera vez que te vi. ¡Cómo lo recuerdo! Me dijeron que te llamabas Amargura y todavía no lo comprendo. Si la felicidad al verte me sale de dentro. Porque no hay nada que mueva más que el esplendor de tu belleza y el llanto de tu dulce lamento.