Hemos presenciado la imagen miles de veces en las últimas horas, en ocasiones incompleta, vaya usted a saber por qué -entiéndase la ironía-. Araceli Rosario Hidalgo, interna de la residencia de mayores Los Olmos de Guadalajara, de 96 años de edad, ha sido la primera persona en recibir la vacuna frente a la Covid-19 en España.
Una escena histórica que ha contenido un gesto esencial que no ha pasado en absoluto inadvertido, por el profundo significado que encierra, para quienes profesamos la fe católica. Y es que, pese a estar absolutamente tranquila, Araceli, cuyo nombre significa, nada más y nada menos que «altar del cielo», se ha santiguado en los instantes inmediatamente anteriores a que se le administrase la vacuna, y justo después ha dado gracias a Dios.
Una prueba irrefutable de que, pese a que muchos se empeñen en negarlo, coartarlo o incluso pretendan prohibir su manifestación pública, la fe traspasa todas las barreras imaginables para quienes carecen de la incalculable fortuna de ser creyente, convirtiéndose en elemento fundamental de la vida de miles de personas, por más que haya quienes se empeñen en negar la evidencia. Las palabras de Araceli demuestran que ni tan siquiera la certeza que proporciona la ciencia es capaz de apagar la llama del más profundo sentimiento que puede albergar el alma humana, la confianza en Dios y la búsqueda de su divina protección.
Así la ha entendido el community manager que gestiona la cuenta de twitter de la Hermandad del Carmen, que brillantemente ha difundido el vídeo con un mensaje del Papa Francisco extremadamente elocuente y cargado de profundidad: «La sociedad se enriquece con el diálogo entre ciencia y fe, que abre nuevos horizontes al pensamiento», añadiendo: «Fe en Dios y confianza en la ciencia. Hoy es un día para la esperanza». Una verdad irrefutable para el creyente, un desafío para quien no es afortunado de serlo y una prueba incuestionable de que Dios está siempre presente cuando más se le necesita.





