Cruz de guía, Jaén, 💙 Opinión

Feria, puente y final

Muchos de ustedes habrán escuchado, observado o leído que la primera feria «post-pandémica» está siendo una realidad en nuestra tierra. Sí FERIA. Con todas sus letras y actividades, aunque muchos diarios provincianos se afanen por negar lo evidente. Los botellones, las casetas y el alboroto han llegado para quedarse en una de las ciudades más multitudinarias de Andalucía.

Jaén vive su anunciada y peculiar «No feria», como así la nombraron, en la que los aspectos más inauditos y más cercanos a las medidas que nos aforaban y reprimían hace unas semanas, son las tres únicas macrocasetas que reúnen cada día más de 3.000 personas.

Pues bien, si nos trasladamos a otras dimensiones de nuestra aletargada vida y arribamos en la que más nos interesa en este medio, la Cofrade, vemos como el retorno de nuestras Hermandades a las calles ha sembrado la alegría y el dinamismo en el entramado urbano de nuestras ciudades, algunas sometidas a estrictas medidas de seguridad otras sin apenas rastro de las mismas. No obstante, la incoherencia que se está viviendo en torno a la doble vara de medir que existe en sendos ámbitos de la vida difiere en gran medida en relación a las reglas sanitarias que suscriben algunos personajillos con planes ocultos. Y es que la Feria de Jaén nos ha traído imágenes bulliciosas mucho más cercanas a ediciones de fiestas pre-pandémicas que contrastan totalmente con la pulcritud desmesurada con la que los participantes de los desfiles procesionales tienen que guardar sus distancias y portar mascarillas durante todo el recorrido.

Muchos de los que ya hemos participado en alguna procesión a lo largo de los últimos meses hemos sufrido el látigo amargo de la calidez y la falta de aire en los cortejos, causados por el clima y la obligatoriedad de la mascarilla, en algunos casos a nivel demencial, así como, las continuas advertencias de mantenimiento de la distancia de seguridad que producen verdaderos quebraderos de cabeza a los diputados de tramo. Factores que hacen degenerar en desilusión las mentes atónitas de los cofrades ante la falta de verdad con la que las autoridades, tanto eclesiásticas como civiles, dibujan el camino a seguir mientras que algunos participantes de los cortejos procesionales, como los costaleros, realizan esfuerzos titánicos portando un paso con una mascarilla en la boca en un sitio en el que la ventilación brilla por su ausencia, al igual que ocurre en muchas casetas en las que el único espacio que queda es el que existe entre el camarero y la barra.

Es el resumen de la vida misma, esa en la que muchos se afanan por recoger los privilegios de algunos y se encargan de verterlos en las casas de otros, esa en las que esos otros se matan por recibir un pequeño porcentaje de lo que generan, esa en la que los otros buscan desmesuradamente una explicación a todo esto y solo encuentran la frustración de observar el bullicio de una fotografía y la soledad de la otra. De nosotros depende el seguir perteneciendo al segundo grupo o mudarnos al primero.

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