Durante este fin de semana, la Iglesia de San Ignacio de Loyola ha sido escenario de uno de los momentos más emotivos del calendario devocional del Polígono de San Pablo: el besamanos a Nuestra Señora del Rosario Doloroso, titular mariana de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Cautivo y Rescatado, corporación del Lunes Santo sevillano.
La imagen, obra de Luis Álvarez Duarte (2007), ha vuelto a conmover a los fieles con su inconfundible mirada de ojos verdes, idénticos a los de su Hijo, irradiando esa ternura que caracteriza la mano maestra del recordado imaginero sevillano. Con una altura de 167 centímetros, la Virgen ha presidido su templo rodeada de un exquisito montaje que realzaba su belleza serena y su dulzura maternal, en un ambiente de recogimiento y emoción.
El besamanos ha congregado a cientos de devotos, que se han acercado a besar su mano, a dejar una flor o a susurrar una plegaria en silencio. El equipo de camareras de la Virgen, siempre diligente, ha velado por el decoro, la pulcritud y el esplendor de su ajuar, trabajando junto al vestidor, bajo la supervisión del Prioste primero y del Mayordomo primero, responsables directos del patrimonio de la Hermandad.
Conviene recordar que Nuestra Señora del Rosario Doloroso fue bendecida el 3 de octubre de 2007 por S.E.R. el Cardenal-Arzobispo de Sevilla, Fray Carlos Amigo Vallejo, en una ceremonia inolvidable que tuvo como madrina a la Hermandad de la Esperanza Macarena. En aquel día histórico, la corporación de San Gil regaló la Cruz de la Esperanza, réplica de la que adorna la corona de oro de la propia Macarena, símbolo de unión espiritual entre ambas devociones.
Durante todo el fin de semana, el templo de San Ignacio de Loyola ha sido un río de fe y emoción, testimonio que ha quedado reflejado en las imágenes captadas por nuestro compañero Benito Álvarez, quien ha recogido con su cámara la belleza y el fervor de una cita que cada año toca el corazón de los fieles. Sus fotografías muestran la profundidad de las miradas, las lágrimas discretas y la luz que se posa sobre el rostro de la Virgen, convirtiendo cada instante en una oración hecha imagen.
Así, el besamanos a la Virgen del Rosario Doloroso ha vuelto a dejar grabado en la memoria del barrio ese sentimiento que solo Ella despierta: la certeza de que, en el corazón de San Pablo, la Madre del Cautivo sigue siendo la sonrisa verde de la esperanza, la luz que nunca se apaga en el amor de sus hijos.































