Este fin de semana, la Capilla del Mayor Dolor, en la plaza de Molviedro, se ha convertido en un lugar donde el tiempo parece detenerse. Allí preside solemne el Altar de Besamanos la titular mariana de la Hermandad de Jesús Despojado, María Santísima de los Dolores y Misericordia, recibiendo a cientos de devotos que, uno tras otro, se acercan con el gesto sencillo de sus labios rozando la mano de la Virgen para depositar en Ella un amor que no conoce límites.
La escena es sobrecogedora. Hombres y mujeres, ancianos y niños, familias enteras han aguardado pacientemente para poder encontrarse frente a frente con la Madre de Dios. Y en ese instante, breve pero eterno, la oración íntima de cada corazón se ha convertido en un caudal de fe compartida. Allí donde las luces acarician su rostro, la Virgen se muestra cercana, acogedora, como quien abre su alma a la multitud y la envuelve en Misericordia.
La talla, realizada en 1962 por Antonio Eslava Rubio, refleja el iconográfico momento en el que María, acompañada por San Juan, recibe la noticia de la condena de su Hijo. Con mirada elevada, los ojos de cristal castaños humedecidos por lágrimas y las manos extendidas portando un pañuelo y una rosa de pasión, la Virgen aparece entregada al misterio de la Sacra Conversación. La fuerza expresiva de su semblante, con rasgos alejados del prototipo clásico de la dolorosa sevillana, la hacen única en la ciudad.
La historia de esta imagen, la tercera que ha tenido la Hermandad, hunde sus raíces en la devoción de un grupo de hermanos. Fue encargada por don Antonio Fernández Rodríguez y bendecida el 2 de septiembre de aquel mismo año, en la parroquia de San Julián, con el deseo de que se convirtiera en titular mariana de la corporación. Desde entonces, su presencia ha acompañado de manera inseparable a la cofradía.
La Virgen mide 1,65 metros, tallada en madera de caoba, con cabeza levemente inclinada a la derecha y cabello recogido en un moño. Sus lágrimas, dispuestas en perfecta simetría sobre las mejillas, brillan intensamente al reflejo de las velas. A sus pies, los devotos contemplan cada detalle: el pañuelo de la mano derecha, la rosa de pasión en la izquierda, los músculos tensos del cuello, el hoyuelo marcado en la barbilla. En todos ellos se descubre la hondura de un dolor que, paradójicamente, se transforma en consuelo.
Este Besamanos es más que un acto de culto externo: es un encuentro íntimo con la Esperanza. La Hermandad de Jesús Despojado lo ha dispuesto con especial delicadeza, ofreciendo a Sevilla la oportunidad de contemplar a su Madre en cercanía, sin el ropaje solemne de la procesión, sino en la desnuda grandeza de la oración compartida.
Y es que, como muestran las imágenes captadas por nuestro compañero Benito Álvarez, lo que allí se ha vivido es un canto silencioso de amor incondicional, un latir común en torno a la Virgen que, bajo la advocación de Dolores y Misericordia, sigue sosteniendo a Sevilla con la misma ternura con que acompañó a Cristo en su camino hacia el Calvario.
























