Galería | Salud, devoción y vida

Dice el escritor Jorge Bucay que “el tiempo que se disfruta es el verdadero tiempo vivido”, y tiene más razón que un santo. 

Hay momentos que marcan para siempre y permanecen en el lugar más hermoso de la memoria, para volver a disfrutarlo eternamente. 

Y uno de esos instantes lo experimentan cada año a la vuelta de vacaciones los vecinos del barrio León con su Virgen de la Salud. 

La Bendita Imagen, vestida de blanco como la novia del apocalipsis y enjoyada con el oro su corona y el ofir de los besos de sus devotos baja hasta el presbiterio en los albores del nuevo curso. 

Y es que María es, como cordón umbilical que nos conecta con Jesús, el alfa y el omega de nuestra fe, la esperanza de todo comienzo y el fin de cada desvelo en este viaje efímero. 

Y la inmensidad de Nuestra Señora unida a una advocación tan necesaria como evocadora, la Salud, nos transporta irremediablemente la Parroquia de San Gonzalo para rendirle honores, para rezarle, para pedirle y para recompensarla por tantos favores concedidos. 

Mirar a la Virgen de la Salud a los ojos es reflejarse en el rostro del enfermo que agoniza en el hospital, en el médico que le ha operado, en el enfermero que le cambia el suero, en el familiar que le coge de la mano, en el religioso que entona una oración para su mejoría. 

Sin duda será la mejor noticia, aquella que se repite cada final de verano, cuando todo cobra sentido al sentarnos frente a la Virgen para decirle: Madre Mía, no me abandones, dame salud.