Garrote y mano dura que es el idioma que entienden

¡Tos por igual valientes!. ¡A esta es!

Hoy vengo con ganas de poca broma, mi arma. La historia de la relación en Sevilla entre hermandades e iglesia ha estado siempre llena de episodios singulares, encontronazos varios y enfrentamientos sin matices, en los que unos y otros han debido plantar sus reales encima de la mesa para dejar claro quién tenía la sartén por el mango. La mayoría de las veces, aunque no siempre, ha prevalecido el criterio de las cofradías, auténticas garantes, le moleste a quien le moleste, de la religiosidad popular en Sevilla. En los últimos tiempos desde la plaza de la Virgen de los Reyes, se ha dado una vuelta de tuerca cuyos motivos aún nadie ha sido capaz de explicar, en forma de decreto, que está provocando no poco malestar en el seno algunas hermandades sevillanas, que no alcanzan a comprender qué motivos puede haber para que no puedan desarrollar sus cultos externos como han hecho toda la vida de Dios y que viven como un capricho sin sentido alguno esta absurda limitación que está provocando ciertos episodios bochornosos como el sufrido por la Hiniesta o el Santo Entierro, que han debido modificar in extremis los itinerarios de sus respectivos Vía Crucis para cumplir una norma absurda que puede tener en origen cierta justificación en algunos excesos pero que llevado al extremo se convierte en una ridiculez y un esperpento imposible de explicar y menos aún de comprender. Tal vez no sea ahora el momento, pero sí pasada la vorágine de la Cuaresma, de que las hermandades se planten, como tradicionalmente han hecho, para defender sus derechos y los de los suyos, y sobre todo sus sagradas tradiciones frente a los designios caprichosos de quienes nada parecen saber de esto y están de paso, que nadie lo olvide, para exigir lo que es suyo. Puede que el continuo ataque de índole económica que vienen sufriendo las cofradías desde Palacio, frente al silencio cobarde de casi todas las hermandades haya ido abonando el terreno para que los del alzacuellos crean que ancha es Castilla. Pues habrá que explicarles que esto no es Castilla sino Sevilla y que aquí quiénes mandan no vienen de fuera, diga lo que diga la norma. Y si hay que suspender masivamente los cultos externos hasta que se entre en razón, hágase. Que algunos no entienden otro idioma.

El último pataleo infantil de la patulea perroflauta que se aglutina bajo las siglas de la residual IU y la que va camino de serlo (al tiempo) Podemos, ha sido la presentación de una moción municipal anticatólica, anticlerical y anticofrade, cuya puesta en escena pública fue la puerta del Palacio Arzobispal. Todo muy coherente, como siempre, dentro de esta política de ataque indiscriminado y de provocación constante hacia todo lo que huela a incienso. Entre las tontás que defienden (exigen, como buenos antidemócratas) se encuentra eliminar del nomenclátor cualquier calle que lleve nombre de virgen o cristo, también la de figuras insustituibles de la historia de Sevilla como Santa Ángela de la Cruz que, como bien recordaba el maestro Burgos, tuvo su calle por obra y gracia de un gobierno municipal republicano y no una franquista (que no fascista, eso es otra cosa). Claro que si la ignorancia no les da para saber lo primero, como para explicarles lo segundo. También exigen prohibir, disfrazando la medida en un no invitar, al arzobispo a acudir a actos públicos, “porque yo lo digo”, despojándole de la condición de autoridad pública, y también prohibir (que es lo que a esta panda le gusta, prohibir, prohibir y más prohibir) a cualquier edil acudir a actos relacionados con las cofradías, empezando por el mismísimo alcalde y su presencia en actos como la procesión del corpus o la de la Hiniesta y mucho menos que pueda jurar su cargo como hermano mayor honorario de la hermandad de San Julián pasándose por el forro las tradiciones de esta ciudad que pretenden arrebatarnos a la mayoría de los sevillanos, en otra clara muestra de su vocación antidemocrática amparándose en que representa a todos los ciudadanos como si eso significase hacer lo que harían cada uno de los sevillanos hasta el último de ellos sin caer en la cuenta de que esto es imposible. Representar al pueblo significa representar la proporción en que este se distribuye. Y las mayorías son las mayorías. Aplicar la misma máxima implicaría que el alcalde no acudiría a nada, porque siempre habrá algún sevillano que no estará de acuerdo con algún acto al que acuda. Por ejemplo, no se le vaya a ocurrir acudir a un evento sobre aeromodelismo, que a mí no me gusta y mi sensibilidad puede verse herida si lo hace. ¿Se pueden decir más imbecilidades? Porque puestos a quitar presencia de las cofradías en la sociedad sevillana, hagámoslo con la bolsa de caridad del Gran Poder o la Macarena, o el Centro de Estimulación Precoz del Buen Fin, o el Centro de Atención infantil de la Esperanza de Triana, por poner sólo unos pocos ejemplos… y luego explíquenles a las familias que serían perjudicadas que eliminan todo esto por el bien de la laicidad de Sevilla si tienen lo que hay que tener. Pero no lo tienen, lo único que tiene es mucho tiempo libre para hacer el ganso delante del Arzobispado, eso sí, con nuestro dinero. Menos mal que el pueblo no es tonto, aunque estos lo crean y a unos les ponen en su sitio elección tras elección y con los otros harán lo mismo… al tiempo.

¡Ahí queó!