Gloria de los nazarenos

No me cabe duda de que la grandeza de la Macarena, del Gran Poder, de la Zamarrilla, de las Angustias granadina o del Abuelo jienense, así como de otras tantas advocaciones desde la Huelva colombina hasta la Almería indálica, más allá de la gracia divina que les confiere el cielo mismo, proviene de sus hermanos cofrades. Como reza el lema de la decana hermandad del Señor del Silencio de Sevilla: «Gloria de los Nazarenos», expresión hermosísima donde las haya y que, sin lugar a dudas, debería ser fundamento de cualquiera de las cofradías que sustentan nuestra tierra andaluza.

Precisamente en estos días, donde tiene lugar el reparto de túnicas y de papeletas de sitio, está verdad se aprecia con muchísima fuerza. La esencia de una hermandad se halla en sus propios hermanos, quienes se reúnen en mística fraternidad siguiendo el principal mandamiento dejado por Cristo: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12). De dicha fraternidad nace toda comunión espiritual posible, que a su vez redunda en una relación especial con Dios. Este legado es el que celebramos cada Semana Santa, donde rememoramos la redención y salvación copiosa que Jesús, Hijo de Dios y Dios verdadero, hizo por todos nosotros, pues «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Como amigos suyos, nosotros continuamos viviendo esa verdad perenne, sintiéndonos especiales no por nuestra propia virtud, sino por su amor inconmensurable.

La hermandad debe ser eso, una comunidad que vive el principio de la fraternidad cristiana que el propio Cristo dejó bien establecido en su Evangelio. Tal fraternidad ha de sentirse durante toda nuestra existencia, pero es inevitable dejarse seducir por ella en cada estación de penitencia. En el silencio y en la soledad del cubrerrostro, donde nuestro yo más íntimo se enfrenta consigo, donde nuestra individualidad se transforma en colectividad de hermanos anónimos, aflora la sinceridad del amor fraterno y de la sencillez de la fe. Pocas veces tenemos ocasión de experimentar algo tan puro. De camino hacia el Calvario del cortejo, con el dolor y el cansancio propio del peregrinar sin descanso, comprendemos lo único que en verdad merece la pena.

«Gloria de los Nazarenos», por Dios, por su hijos hermanados y convivientes en su Amor. Tras dos años de penas y sin sabores, y enfrentados a un futuro desconcertante e inmisericorde, solo queda el Amor divino y la fraternidad verdadera. Solo queda cubrirse un año más de ruan, de túnica nacarada y capa bien planchada, de antifaz aterciopelado o capillo encarnado, ciñendo nuestro torso con fajines o cíngulos de entrega desinteresada por los demás.     Solo queda, pues, vivir como nosotros solo podemos hacerlo, como nos fue enseñado y nuestros ojos vieron, nuestros oídos oyeron y nuestros corazones han degustado desde que tenemos conocimiento. Lo que resta, fuera ya de todo control posible, corresponde solo al de arriba. Y, parafraseando a santa Teresa, con eso solo basta.