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Sevilla, ⭐ Portada, 💚 El Rincón de la Memoria

Hermandades que apenas dejaron rastro (III)

Como en anteriores ocasiones, nos proponemos hacer a continuación una breve síntesis de corporaciones que existieron en siglos anteriores y que acabaron desapareciendo. En algunas han llegado a conservarse imágenes, documentos… Otras todavía tienen detrás una historia que duerme desperdigada en archivos aún por descubrir.

Cristo de la Quinta Angustia (Zalamea)

Cristo de la Quinta Angustia en Zalamea de la Serena. Foto: Cabanillas Fotógrafos

En una ermita situada en la actual Antonio Susillo, cerca de la Alameda de Hércules, existió una ermita donde se rendía culto a un crucificado que contó con bastante fama entre el pueblo. Fue fundada esta hermandad por vecinos de Zalamea de la Serena, en Badajoz, por lo que al Cristo también se le conoció como el Cristo de Zalamea. Y es que el crucificado de esta localidad contó con varias corporaciones repartidas por toda España, dada la devoción que despertaba más allá de sus fronteras. Algunas de las que se hallan activas se encuentran en Orihuela o Elche.

Se tiene constancia de que ya existían a principios de 1600 en Sevilla. E incluso la leyenda dice que la imagen que llegó a Zalamea fue encontrada por un anciano en las ruinas de un templo con sede en la ciudad del Guadalquivir. De pequeño tamaño, el crucificado se encontraba acompañado por San Juan y María Magdalena, con una dolorosa a los pies bajo la advocación del Mayor Dolor o de los Dolores, que tenía media luna a sus pies y el corazón con los siete cuchillos. En el interior de la ermita también había un San Hermenegildo y una Santa Bárbara mientras que protegidas por cristaleras se hallaba un Ecce-Homo y una dolorosa. También poseía una cruz con un sudario y un crucifijo de madera. Con importante devoción contaba la imagen que recibía culto en la nave del Evangelio bajo la advocación de Nuestra Señora de los Buenos Temporales. Sobre un sitial, la Virgen sostenía al Divino Infante, de igual modo que la Virgen de los Reyes. Suponemos que ante dicha efigie tuvieron que rezar bastantes hombres del mar para pedir protección en su marcha hacia América.

Tras el hundimiento de su ermita pasó al monasterio de San Basilio, comunicando en 1856 su deseo de trasladarse a la iglesia de Nuestra Señora de Belén. Aunque no realizaba estación de penitencia, según algunos historiadores realizaba el ejercicio del Vía Crucis. En cuanto a la Virgen de los Buenos Temporales, se celebraba en su honor una novena. Mayo era un mes señalado para los hermanos, con cultos en honor a María. La celebración de las misas y el rezo del rosario a diario ofrecen la imagen de una hermandad con un nutrido programa de actos y cultos. Aunque no se conoce la fecha de su desaparición ni documentos que revelen datos sobre etapas difíciles, todo parece indicar que antes de la Revolución de 1868 dejó de existir.

Dulce Nombre de Jesús y San Julián

Una de las más desconocidas y de la que se conservan escasos datos es esta cofradía que fue fundada en Triana, el mismo arrabal que vio desaparecer una corporación que según García de la Concha era propietaria de un hospital bajo la advocación de San Julián. Esta decidió fusionarse con la del Dulce Nombre de Jesús, que nació tras un edicto promulgado por el cardenal Rojas y Sandoval el 15 de enero de 1572, fecha en la que otra de similares características surge al otro lado del río. Justino Matute Gavira recoge que ya sonaba en Sevilla la advocación del Dulce Nombre de Jesús gracias a Teresa Enríquez pero que nada tenía que ver con la que él recoge en su Aparato para escribir la Historia de Triana y su templo parroquial. Nace con la finalidad de «desarraigar de los fieles la mala costumbre que tenían de jurar y maldecir […] con el objeto de que se dedicase a la reforma y corrección de esta ruin costumbre, y desagraviase con sus buenas obras y sacrificios a la divina Majestad de las ofensas, que de esta irreverencia resultaban a su santo nombre».

Las celebraciones de las cofradías de San Julián y el Dulce Nombre de Jesús pasaron a engrosar la lista de la nueva corporación, donde quedaba marcado en rojo el día de la circuncisión del Señor y la festividad del santo, entre otras fiestas señaladas. Nueva fusión pero en 1586 llega tras la petición de un grupo de hermanos de la cofradía de la Virgen de las Nieves, que pasa a residir en el hospital. Pero con la reducción de los centros asistenciales la cofradía traslada su sede a Santa Ana. La documentación se diluye con el paso del tiempo y tan solo van quedando referencias al Dulce Nombre de Jesús. Nuevamente, García de la Concha arroja luz sobre esta antigua cofradía. En un altar colateral se encontraba el Dulce Nombre, y en 1689 quedan tres imágenes de Niño Jesús: en talla de madera recostado sobre la muerte —probablemente una calavera—, otro de madera en el altar y un tercero propio de dicha hermandad «que es de talla del uso moderno de dos cuerpos». En 1690, Francisco Ventura establece misa cantada cada 15 de enero. En 1709 acaba fusionándose con la sacramental de la parroquia.

Vida de Cristo y Confalón

Cristo del Confalón con la Virgen y San Juan a los pies. Foto: J. Lorite

Con sede en el convento de San Pablo, el Cristo del Confalón se encuentra en una capilla de la nave de la epístola de la parroquia de la Magdalena, concretamente tras la pila bautismal. Se trata de uno de los crucificados más antiguos, realizado por el francés Nicolás de León, que se conservan en Sevilla. Acompañado por la Virgen y San Juan Evangelista, a lo largo de la historia ha ocupado varios espacios del templo donde reside. La hermandad fue fundada por sacerdotes con el objetivo de realizar obras de misericordia. El 21 de noviembre de 1589 fue agregada a la del Cristo del Confalón con sede en la iglesia de Santa Lucía de Gonfalone, en Roma.

Gonfalone, que en italiano significa “estandarte” es la advocación del Cristo. Con este nombre se refiere el papa Urbano II a la bandera que manda para que sea llevada por las tropas de la primera cruzada. Más tarde, en 1267, Clemente IV funda una cofradía con la finalidad de liberar a los reos cristianos que estaban apresados por los musulmanes. Denominada Hermandad del Confalón, su insignia más conocida era un estandarte donde se representaba a la Virgen María. Al igual que la del Cristo de la Quinta Angustia no salía en procesión, celebrando su función principal el día de la Exaltación de la Cruz.

En la localidad de Écija cuenta con una importante veneración el Santísimo Cristo de Confalón, titular de la corporación a la que da nombre. Datada en el siglo XVI, es de autor anónimo, de estilo renacentista con influencias góticas.

Nuestra Señora de Regla y Santa Cruz

Esta corporación sirve como ejemplo para hablar de la devoción que el pueblo de Sevilla tuvo alrededor de los retablos y altares que poblaron la ciudad. En la calle Sierpes existía un retablo con una escultura de bulto redondo bajo la advocación de Nuestra Señora de Regla. En la esquina de Sierpes con Cerrajería se situó la cruz que fue titular de la hermandad y que puede contemplarse en el barrio de Santa Cruz. El origen de la corporación se sitúa en los inicios del siglo XVII, desconociéndose si la devoción fue llevada por chipioneros a la capital o fueron sevillanos que quisieron rendir culto a una imagen con la advocación de la que es patrona del municipio costero.

Con motivo de la celebración con motivo del nuevo culto a San Fernando en 1671 la corporación contó con varios estrenos. Nueva hornacina para la Virgen de Regla y una ráfaga de plata. La cruz, de madera, fue adornada primorosamente por los hermanos, siendo sustituida en 1692 por una de forja, obra de Sebastián Conde. La misma fue colocada el día 1 de noviembre del mismo año. Matute y Gaviria, en sus Anales, relata que «el Rosario del Sagrario, situado en las Gradas de la Santa Iglesia, la condujo procesionalmente la noche del 1 de noviembre en un carro, con la mayor decencia, al sito en que había de ser colocada, y el 23 de enero del siguiente año de 1693 se corrieron toros en una plaza cerrada que estaba construida detrás del convento del Pópulo, para con su producto dorarla, como se verificó». Comenta además que se trasladó provisionalmente con la imagen de la Virgen a la iglesia de San Miguel para los cultos, al no gozar «en aquel sitio las proporciones convenientes para continuar» llegando después al convento de las Mínimas de Sierpes. A su llegada, la noche del 22 de abril de 1753 se quemaron fuegos artificiales acompañando a la imagen los rosarios de San Miguel y el de Nuestra Señora de los Desamparados, del retablo de la Carpintería. Matute y Gaviria recoge la fiesta que se celebró al día siguiente: «Se celebró gran función […] que ofició la capilla de música del Salvador, en que se arrojaron aleluyas y flores, y copia de pajarillos, que manifestaban el júbilo de los cofrades, que continuó algún tiempo con fervor, dado que en el día está casi extinguida la hermandad».

Cruz de Cerrajería en su emplazamiento actual. Foto: J. Lorite

Entre sus fiestas grandes, el día de la Virgen de Regla, el 8 de septiembre, y el 3 de mayo, día de la Invención de la Santa Cruz. Esta se exornaba con motivo de la festividad, celebrando misa al aire libre, lo que tuvo que ser todo un acontecimiento en la época que hoy nos acabaría sorprendiendo. En el centro de la ciudad, las calles aledañas se adornaban para vivir su día grande.

Tras ser cambiada de ubicación varias veces finalmente se retira en 1847, formando parte de los fondos del actual Museo de Bellas Artes. En 1918 se ubica en su actual emplazamiento, permaneciendo desde entonces en el lugar. Con el estallido de la Gloriosa se suprime el convento de las Mínimas que tenía sede en Sierpes. La Virgen de Regla del retablo y una de vestir que custodiaban las novicias llegarían hasta el convento de la misma Orden que todavía existe en Pagés del Corro. La imagen de vestir, de 1763, se encuentra en la actualidad en el convento de las carmelitas descalzas del Cerro de los Ángeles, en Madrid.

La Cruz de Cerrajería fue restaurada en 1978 con Fernando Marmolejo y José Román al frente. El estado de conservación de algunos elementos fue tal que fueron sustituidos por otros de similares características como las cartelas y las hojarascas que recorrían la cruz. Un año antes fueron sustituidos los faroles que la alumbraban.

Nuestro Padre Jesús de las Caídas y Nuestra Señora del Mayor Dolor y Traspaso

Por muchos es sabido que la Virgen de la Encarnación de San Benito llegó desde Triana al barrio de la Calzada. Pero antes de ser titular de la populosa corporación la imagen formó parte de una cofradía estando ya establecida en la iglesia parroquial de San Benito. Un grupo de jóvenes, en 1894 ve cómo el 2 de abril son aprobadas sus reglas, recogiendo el Miércoles Santo como el día en el que efectuaría su estación de penitencia. Una imagen de Cristo que podía contemplarse desde el exterior a través de una ventana de la parroquia iría en el primero de los pasos. Nuestro Padre Jesús de las Caídas era la advocación del titular cristífero, la misma que habían tenido algunos Nazarenos, como el de las Tres Caídas de la Hermandad Sacramental de la Esperanza de Triana. La dolorosa llevaría la misma advocación que la titular mariana del Gran Poder.

Aunque se desconoce bastantes datos sobre la misma, no tuvo que tener una próspera andadura. Las reglas de la Hermandad de San Benito son aprobadas el 6 de junio de 1921 por el cardenal Almaraz, estableciendo como día de salida el Martes Santo. Para que la “Palomita de Triana” formase parte de esta nueva hermandad, la que mencionamos aquí tuvo que estar varios años sin actividad, siendo recuperada la dolorosa, por lo que suponemos que tuvo corta vida.

Virgen de la Encarnación, de San Benito. Foto: Benito Álvarez
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