Dicen las famosas sevillanas que “algo se muere en el alma cuando un amigo se va” y qué razón tienen en momentos en los que muchos nos hemos visto envueltos desde el Sábado de Pasión en el que, el Señor, decidió hacerte las maletas para llevarse ayer para sí tus risas y alegrías.
Un servidor, que recuerda más que nunca el tacto de esa barba que tantas veces posaste en mi cara para darme esos besos que desde que tengo uso de razón me dabas con la coletilla “¡qué pasa figura!”, tuvo el placer de conocerte incluso fuera del mundo cofrade. Un mundo al que diste tu tiempo, tus chistes y sobre todo tu devoción.
Hoy, siento que una parte más de esas madrugadas mágicas y solitarias de antaño que recuerdo con una tremenda añoranza se va, que ese “primo” que todos llevaremos en el corazón hasta el fin de nuestros días, retumba en nuestros oídos con el tono que sólo tú le dabas, pero también siento la admiración de haberte ido con los deberes hechos. Deberes que culminaste el pasado Miércoles Santo con tu Cristo del Perdón en el que pude verte alegre, como siempre, y el momento en el que, sin saberlo, te despediste dándome la imagen del Señor que inexplicablemente coloqué en lugar privilegiado de mi oratorio. Pero anteriormente, nuestro Lunes Santo, no dejaste de acompañar a Nuestro Cristo de la Coronación, ese al que tantos pasos racheados pusiste y al que no dejaste sólo ni un momento incluso saliendo de debajo de sus trabajaderas. Cambiaste el costal por el capirote y fuiste anunciando su llegada con tu única presencia, y en este momento, estoy seguro que estás allí con Él, con tu sonrisa entrañable e incluso arrancándosela a Él.
Pero si un grupo de personas te estará eternamente agradecido es el de tu Banda de la Coronación de Espinas, esa a la que tanto cariño entregaste y de la que tan orgulloso te sentías. El pasado Miércoles Santo lo demostraste con ese “ole, ole, ole” que gritabas en tu penúltima chicotá bajo el Cristo del Perdón y que quedará aquí, inmortalizada para que muchos aprendan lo que es un verdadero amor.
Te has ido al cielo Antonio, pero dejas en la tierra tu sello inconfundible y tu alegría inigualable.
Descansa en Paz.
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