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Pugnans enim veritatem

La alegría de ver en auge la seriedad

La evolución es el factor que mide la vida, o al menos, así lo creo. El encefalograma plano en la vida de una persona lleva a su muerte, y por tanto el avance en la existencia de un ser supuestamente evolucionado es la base de su camino.

El pasado viernes 22, mientras me dirigía a la Casa Hermandad del Remedio de Ánimas para retirar mi túnica en la que será mi primera estación de penitencia como hermano de luz, pensaba en la alegría que me producía dar el paso de acompañar vestido de negro, sin estridencias, con el único sonido de un rosario o el miserere, a Nuestro Padre que yace muerto en la Cruz para gloria de todos nosotros. Dejaba atrás ese deseo de hacer una revirá al son de notas musicales que producen el aplauso del público que mira el dedo en lugar de la luna, ese espectáculo de camisetas de tirantes y costales multicolores con estampados que no imagino en el Gólgota.

Todo lo anterior es respetable. De hecho, creo que es una fase más en esa evolución de la que hablo. Una especie de error que hay que cometer para palpar y poner en una balanza en el futuro. Pero llegados a este momento, es algo que no comparto.

En mi camino solitario con la obra maestra de Manuel Font de Anta como único acompañamiento, pensaba encontrarme solo en esa Casa Hermandad donde los nuevos Hermanos y los que hacían Estación de Penitencia por primera vez debían recoger sus túnicas, pero nada más lejos de la realidad. El lugar que pisaba por primera vez se encontraba a rebosar de personas que sabían a lo que iban. Caras de ilusión por acompañar en silencio a Jesús, con el único estruendo de la oración y el sobrecogimiento que tantas veces se echa en falta en este mundo cofrade que evoluciona constantemente pasando por encima en muchos casos del verdadero punto neurálgico.

Quizás mi sorpresa era resultado de mi ignorancia durante años atrás, en los que esperaba ansioso la salida del primer cortejo para ver las calles repletas de gente comiendo pipas, para oír las bandas de música, mirar los pies de los costaleros y fijarme ya tarde, en que Jesús o María pasaba por delante. Pero gracias a ello, agarré con fuerza mi evolución y he empezado a disfrutar con el descubrimiento, de que existe alegría en la sobria y maravillosa seriedad.

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