Hace ya bastantes años que los socialistas decidieron cargarse la educación en este país pariendo la LOGSE. Después llegaron los del PP y en sus 13 años de gobierno (8 de Aznar y 5 de Rajoy que ya veremos lo que duran) no fueron capaces de mover un maldito dedo por arreglar semejante despropósito. Desde entonces hasta ahora se han quedado por el camino multitud de conocimientos perdidos en base a la máxima «no es bueno memorizar» y así se llevaron por delante todos los estudios de las humanidades en este país. La filosofía, la historia del arte, el latín y el griego han pasado así a mejor vida. También cayó la profundidad de conceptos que se estudiaban en otras como la historia o la geografía, en pos, eso sí, de que a cambio se iba a profundizar en los idiomas. Ahora nuestros niños saben perfectamente decir «batalla de Lepanto» en inglés pero no tienen ni zorra idea de cuándo tuvo lugar, ni quiénes participaron en la misma ni dónde tuvo lugar (que ya es triste).
Evidentemente todo esto no es casual. Con la excusa de eludir unas cifras de fracaso escolar ciertamente preocupantes nuestros políticos intentaron dar solución a la misma recortando en educación… Ojo, no en el gasto, sino en la cantidad de conocimientos a impartir. Se ha pretendido igualar por abajo y se ha tirado el listón bajo tierra. Claro, esto venía bien porque, de este modo, conseguían una población cada vez más ignorante y, en consecuencia, más manipulable. El problema de todo esto es que luego llega alguien prometiendo que va a hacer a los burros volar y nosotros somos capaces de ir y votarlos encima. Así se explica también las legiones de votantes podemitas que hay en este país.
Aquellos giliprogres que se empeñaron en expulsar de las aulas la religión católica y la historia de las religiones aprovechando la coyuntura antes descrita también nos iba a pasar factura. Todo esto no tiene ninguna gracia. Pero ningún tipo de gracia. El nivel cultural de los españoles es de pena, de vergüenza ajena en grado superlativo. Solamente así se explica que, en en un máster de historia del arte (ojo, en un máster), cuando un profesor comentó que la sesión la iban a dedicar a ver la evolución de la representación de la Anunciación desde el Gótico hasta el Renacimiento, una alumna levantara la mano y preguntara: «¿la Anunciación de qué?». Señores, así nos luce el pelo…
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