Ya les dije, le comenté que los cambios en los martillos estarían por llegar. No es que se vayan a pasar a nadie por la guillotina del martillo, no, pero hay cosas que son como la misma historia de Caín y Abel.
Los celos, esa enfermedad en las personas que buscan el yoísmo, que no admiten que cada uno tenga su éxito, mayor o menor, pero ya es que también hay que ver, a qué le da cada uno esa catalogación de éxito.
Abel, que siempre cuidó a capa y espada de Caín, que siempre lo presentó como padre, amigo, mentor, no merece tanto ataque ni tanta desmesura de los adláteres de Caín.
Siempre que pueden, lo atacan, y Abel, callando, está a punto de abandonar hasta su Hermandad. Una pena. Es de las cosas que te llegan y te dan rabia, te parecen injustas, pero así son los celos, y así es Caín, y sobre todo, los que tienen que hacerle ver que luchan por él, en una clara pérdida de seguidores válidos, y con cuatro chiquilicuatres al mando.
Repito, que una pena muy grande, ya que conozco muy bien, y quiero y quise a Caín y a Abel.
La historia de Caín y Abel, no se ha dado sin embargo en otro lugar, ya que quien quiso ser Caín, no ha tenido fuerza suficiente para serlo, y Abel, pudiendo convertirse en Caín, ha preferido seguir el camino del trabajo, proyectos, juventud por bandera y buenas maneras que a todos congreguen. A los de un bando, y a los del otro, que esto sería muy aburrido si solamente el mundo de las cofradías fueran misas y sermones.
Caín y Abel, qué relato nos dejó la Biblia y qué ejemplos se encuentran en este mundo.
Qué pena de Caín, aunque más pena me da de Abel, pues no se merece, normalmente, ocupar ese lugar.





